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Vanidad 2.0

29/05/2013 08:34 CEST | Actualizado 28/07/2013 11:12 CEST

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad"

Qohelet, siglo IV AC

La historia, real, ha ocurrido ya con diferentes variantes a lo largo de los años. En este caso, un profesor universitario americano de reconocido prestigio, posible candidato al premio Nobel, sucumbe a los encantos de una bella modelo de cierta popularidad. Virtualmente. A tanto llega el embelesamiento que acuerdan encontrarse, en Bolivia. La modelo nunca llega y vuelven a citarse, en Bruselas vía Buenos Aires. Le envía un billete de avión para Bruselas y le pide que traiga consigo una de sus maletas, extraviada por alguna razón en Bolivia. A día de hoy el profesor cumple condena por tráfico de drogas en Argentina mientras se defiende de sus acusaciones sin mucha esperanza. Puestos a buscar estúpidos deberían, sin duda, darle el Nobel.

Pero por detrás de esta vivencia (y otras muchas, no es una excepción) hay un buen número de reflexiones. Una, cómo la vanidad mal administrada es el motor de nuestras más estúpidas acciones. Otra, hasta qué punto las cada vez más superficiales herramientas online sirven para alimentar el ego y construir personalidades artificiales. Cuando comenzó el auge de los medios sociales surgieron de la noche a la mañana miles de expertos en la materia con sus cuentas de Twitter recién estrenadas. Basta darse una vuelta sobre muchos "perfiles" online para darse cuenta de hasta qué punto la confusión entre la esencia y la apariencia ha calado en las redes. Muchos profesionales coleccionan contactos en LinkedIn, gentes que ni conocen ni tienen el más mínimo interés en contactar, pero que agrandan su número de contactos. Otros coleccionan seguidores en Twitter con sistemas puramente tecnológicos, sin preocuparse de que las cosas que dicen sean o no relevantes o interesantes. El post ha sido sustituido por el tuit. El análisis, por el retuit. Y a veces uno se queda con la vaga sensación de que la conversación, que algunos (los que estamos aquí desde antes de antesdeayer, digo) tanto hemos defendido durante muchos años desde Cluetrain, está hipertrofiada y es cada vez más banal.

Decía Seth Godin que el mundo 2.0 se asemejaba al permanente concurso de popularidad que es el instituto. Que poco menos que todos vivimos en un permanente High School de popularidad. Y no le falta razón, hemos abrazado la permanente adolescencia por la expeditiva vía del ingenio pasajero en 140 caracteres, todo para alimentar nuestra vanidad y darnos visibilidad en un mercado en el que las apariencias cuentan mucho.

El problema de las apariencias es que son pasajeras. Y el problema de la popularidad del instituto es que el chico que ganaba todos los concursos de popularidad suele acabar sirviendo hamburguesas en el McDonalds de turno. Como muy bien se encarga de recordar de vez en cuando Andrés Pérez Ortega, las marcas se componen de valores, principios y coherencia y no de nuestra visibilidad en las herramientas de turno. Podemos alimentar nuestra vanidad por pura diversión, pero si aspiramos a construir una imagen duradera, relaciones sustanciales y credibilidad (que es lo que más escasea hoy día) las plataformas son un complemento. Lo que diferencia a un charlatán de un genio no es lo que dice, sino sobre todo lo que hace. El problema de entregarnos en exceso a herramientas, plataformas y relaciones virtuales es que, ciegos al no saber distinguir virtualidad de realidad, acabemos en nuestra particular cárcel de Buenos Aires, engañados porque creímos ser muy especiales... durante 15 minutos.