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La Europa del silencio

18/04/2017 15:53 CEST | Actualizado 19/04/2017 07:29 CEST
EFE

En el referéndum constitucional celebrado en Turquía no solo ha ganado el sí a la reforma presidencialista, al abrazo de la autarquía que el presidente Erdoğan plantea, sino que también ha ganado el descaro y la hipocresía.

Europa no ha dicho nada... al menos en las horas posteriores a la publicación de los resultados. El silencio que se escuchaba desde el otro lado del Bósforo traía los ecos de aquella Europa que enarbolaba unos derechos humanos, que recogía premios Nobel y que abría sus brazos a los que más necesitaban su ayuda.

Las reacciones que hemos visto por parte de los líderes mundiales dejan clara la realidad en la que nos estamos adentrando. Los jóvenes no podemos más que sentir pesar al ver cómo el miedo guía las decisiones de aquellos que dicen representar un proyecto común. Erdoğan ha utilizado el miedo para conseguir el voto a favor del sí en muchas partes de su país, al igual que se ha servido de otro tipo de miedo, el de perder la posición de privilegio y bienestar, para conseguir el silencio de sus amigos europeos.

La victoria de la reforma constitucional no nos tiene que hacer ver al presidente turco como un monstruo cruel que asfixia a su país. Esta victoria, ese monstruo, es la consecuencia, no la causa. La Unión Europea vive sumida en un caos interno: el brexit, la llegada de Trump al Despacho Oval, los movimientos anti-establishment que recorren el continente, la llegada de refugiados... y ahora esto. No, Europa no está preparada para asumir una Turquía inestable, no puede permitirse el lujo de condenar a un individuo que plantea una reforma estructural del sistema constitucional y democrático. En vez de eso, prefiere callar, permitir que las acusaciones de traición sigan llenando las cárceles turcas, que cada vez más personas tengan que tomar la decisión de abandonar su país. ¿Por qué haces esto, Europa?

Por extraño que pueda parecer, Erdoğan es el mal necesario para Bruselas. Como en toda buena película de gánsteres, siempre hace falta alguien que se manche las manos, ese hombre de paja al que señalar cuando alguien pide explicaciones.

La Unión Europea no se encuentra en su mejor momento. Por todos es sabido que otro referéndum ya puso patas arriba la Unión. El impacto del brexit en la legitimidad del proyecto europeo ha sido devastador, además de poner en jaque a los defensores de la integración frente a aquellos que ven en Reino Unido el mejor ejemplo a seguir. Por otro lado, la presencia internacional de los países miembros es cada vez menos notable. Con una Administración estadounidense que ha dejado de mirar por los intereses ajenos y más por los propios, la UE ha perdido un apoyo muy importante, además de la falta de entendimiento que existe entre los países miembros de la Alianza Atlántica —de la que Turquía y EE. UU. son miembros—.

Si a este panorama le sumamos la presión que supone la llegada de refugiados a las fronteras del Viejo Continente, entenderemos un poco mejor el porqué del silencio tan medido de Europa.

Turquía ha sido durante mucho tiempo un país con el que se ha mantenido una colaboración constante. Desde que se iniciara su proceso de adhesión hasta la actualidad, las relaciones entre Bruselas y Ankara siempre han sido activas. Pese al impulso inicial por acercar posiciones, poco a poco la política e intereses de ambas partes han terminado por guiar esta relación.

Europa es ahora más consciente que nunca de que necesita a Erdoğan a la cabeza de Turquía.

Con su llegada al poder, Erdoğan necesitaba demostrar a su electorado que él era la alternativa, el nuevo modelo de gobierno para Turquía. Una Administración capaz de mezclar la tradición con la modernidad de la mejor manera. Para ello, la entrada como miembro de la Unión Europea era el mejor camino. Así, se dio comienzo a un largo proceso de diálogo y negociación que aún hoy perdura.

Por su lado, Europa también ha tenido un interés claro en mantener sus relaciones con el país del este. En primer lugar, por ser miembro de organizaciones y alianzas muy cercanas a muchos países miembros de la UE, como el Consejo de Europa o la OTAN. Por otra parte, Oriente Próximo pasó a ser el centro de la geopolítica internacional desde la invasión de Irak en 2003, y Turquía tomó posición como intermediador: el puente entre las dos culturas.

Pese a esta colaboración, el tiempo ha avanzado y los acontecimientos no han facilitado la continuación del proyecto común entre ambos. Ante la falta de progreso en las negociaciones, la pérdida de poder en Oriente Próximo y la crisis económica, Erdoğan decidió dejar de lado las sutilezas. A su vez, Europa ha mantenido ese tira y afloja, un juego de palo y zanahoria que ha terminado con la paciencia de Ankara.

Se ha llegado a un punto en el que, si bien de facto, ambos actores han puesto sus cartas sobre la mesa. Cualquier atisbo de romanticismo que pudiera adornar las relaciones entre los dos ha desaparecido. Ya no se puede hablar de una confraternización, de una ilusión por crear un proyecto en conjunto. La realpolitik ha inundado los despachos de Ankara y Bruselas, y el domingo llenó las urnas y ahogó a la esperanza.

Europa es ahora más consciente que nunca de que necesita a Erdoğan a la cabeza de Turquía. Bien es cierto que no debe agradar mucho a los demócratas europeos el aspecto que la política del presidente turco está tomando. Sin embargo, ante la necesidad de que Turquía haga de tapón frente a la ola humana que se cierne sobre Europa, la crisis por la que pasa la Unión y la pérdida de influencia en Oriente Próximo, Bruselas ha optado por mirar a otro lado.

El domingo Europa se ahogó en su propio silencio, el silencio de la necesidad de mantener un orden a expensas de lo que esto provoque más allá de nuestras fronteras. Entonces, ¿qué legitimidad tenemos ninguno para criticar a Erdoğan por lo que hace? ¿No es acaso la Unión Europea —la ganadora del Nobel— representante de unos valores universales? No, el silencio de Europa ante la victoria de la dictadura en Turquía es lo que de verdad ha decidido el sí.

El autor forma parte del grupo El Orden Mundial

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