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Matar a negros como pasatiempo

25/06/2015 07:03 CEST | Actualizado 24/06/2016 11:12 CEST

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Don't shoot.

Imagen: Mike Licht

Lo ocurrido el pasado 17 de junio en el estado norteamericano de Carolina del Sur no es sino el resultado de la hipocresía y la falta de voluntad política en los Estados Unidos para crear igualdad social. Es el fruto de la sobrevaloración estéril de las leyes para resolver problemas sociales tan complejos como el racismo. El tema ya cansa dado que, lejos de tratarse de un acto aislado, viene precedido por un largo historial de violencia policial que se ha cobrado ya, de forma descarada, numerosas vidas en este colectivo. Todo ello sin que se produzca una respuesta contundente por parte tanto de la sociedad civil, así como de las altas instituciones del Estado.

En estos siniestros, no solo las víctimas tienen nombres y apellidos; también los tienen quienes no hacen nada para poner coto a estas injusticias. La idea de que la familia es irrelevante para el desarrollo de ciudadanos con sentido de la justicia, según Susan Okins, no era plausible aun cuando solo los hombres eran y podían ser ciudadanos: John Stuart Mill, en The Subjection of Women, advierte de que la familia tiene capacidad tanto para alimentar el sentido de la justicia como para pervertirlo. En este sentido, los primeros responsables de hechos como el acaecido la semana pasada en Carolina del Sur son las familias. Cuando no luchan de forma activa contra los estereotipos que carcomen la sociedad y enferman los espíritus más jóvenes, y cuando no condenan de forma expresa, firme y sin dejar lugar a dudas el racismo en todos los ámbitos y en todas sus manifestaciones, son culpables. Las familias tienen el deber indiscutible de educar en la diversidad y en el respeto. Si algo hay que dejar claro es que, en pleno siglo XXI, no hay lugar para la dominación o la opresión de determinados colectivos. Una opresión que se traduce en el funcionamiento injusto de las instituciones, en las prácticas diarias, en las convenciones y en los estereotipos que minan la igualdad, la autonomía y la libertad para con la sociedad.

Si bien es cierto que la regulación de las armas en los Estados Unidos, en parte, contribuye a estos acontecimientos, no lo es menos que este hecho resulta claramente insuficiente para explicar tales actos execrables. El problema es, sobre todo, el racismo institucionalizado que lleva a apretar el gatillo con una facilidad inaceptable cuando el blanco es negro. La indiferencia de las familias al educar a sus hijos sobre problemáticas tan serias como la neoopresión de colectivos constituye un yugo. Como dice Marion Iris Young, «los agentes de opresión ni siquiera lo saben y su vida está cimentada en la opresión diaria de colectivos». Hay que reconocer que, si bien existe una solución a la gravedad del problema, hoy en día parece utópica por cómo el sistema estadounidense está diseñado, trazado, esbozado y delineado. Todo ello a pesar de la presión política externa a la que se pueda ver sometido.

En cuanto a Obama..., al igual que la sociedad estadounidense, es cómplice de estas atrocidades. Frente a la injusticia hay que alzar la voz no solo para condenarla, sino también para exigir su cese inmediato. Urge actuar de forma decidida para acabar con ella atajando el mal de raíz, que no es otro que un pensamiento segregacionista heredado y transmitido generación tras generación. Sin olvidar que el deber que incumbe a las familias en este sentido recae también sobre el sistema educativo. Porque esto de matar a negros, la mayor parte del tiempo impunemente, parece que ya se ha vuelto cosa de broma. Y que el activismo social en contra no sea mayor solo puede darnos vergüenza.

Este artículo ha sido escrito por Isabel Ruano y Eli Dimitry Zetrenne.

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