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Oscuros asuntos de familia

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Manuel Díaz 'El Cordobés', a su llegada al juicio/EFE

Triste papel el de Manuel Benítez El Cordobés que, tras negar repetidamente la paternidad del también torero Manuel Díaz, no se ha presentado ante la Audiencia Provincial el día en el que se hacía público el resultado de la prueba de ADN. Triste papel el del popular torero y amarga, muy amarga, la "victoria" ante los tribunales de un hijo que lleva años luchando para ver reconocida su filiación.

No es de extrañar el sostenido empeño de Manuel Díaz ni su empecinamiento en llevar su causa hasta las últimas consecuencias. Además del posible interés patrimonial existe la legítima reclamación del reconocimiento. Algo en nuestra condición más atávica, en nuestro ancestral cerebro reptiliano nos anima a esperar la atención de nuestros padres. Por lo general sin mayor esfuerzo que el de ver la luz acostumbramos a obtener el cariño y los desvelos de nuestros progenitores. La misma imperiosa condición que lleva a los padres a localizar e identificar a sus hijos y a velar por ellos pase lo que pase.

Hijos adoptados que buscan hasta la extenuación a sus padres biológicos, padres y madres que siguen la pista de sus hijos desaparecidos hasta las últimas y, muy a menudo, fatales consecuencias y madres que luchan por encontrar al hijo que les fue arrebatado de la cuna. Para bien o para mal es justo señalar que el vínculo de sangre acompaña a la naturaleza humana. Rescatar del anonimato nuestra verdadera identidad, nuestro parentesco real y obtener el reconocimiento de tu familiar más directo es una necesidad que precisa de una legítima satisfacción. La batalla de Manuel Díaz por conseguir ese reconocimiento, aun a sabiendas de que su supuesto progenitor biológico ni tan siquiera consideraba la posibilidad de ser su padre, ha sido dura para ambas partes y ha acabado de la peor de las maneras, en los tribunales.

Un asunto triste y más propio de tiempos pasados en los que solo resultaba aceptable un modelo de familia: el tradicional.

La perseverancia de Manuel Díaz me ha recordado, aunque en sentido inverso, a la que intenté reflejar en una de mis novelas más recientes, La última llamada. Julián Monteagudo, como muchos otros padres de hijos e hijas que desaparecen sin dejar rastro, convierte su espantosa tragedia en una misión vital: encontrar, viva o muerta, a su hija Noemí. Julián, que no atendió la última llamada de su hija y que se culpabiliza por su desaparición, deja su vida en suspenso para consagrarse a un único propósito. Para ello invierte cuanto posee y no escatima el menor esfuerzo. Policía, investigadores privados, programas de televisión, asociaciones para la localización de desaparecidos... Incluso pide ayuda a una médium que, previo pago, asegura poseer la capacidad de contactar con los muertos y de contribuir eficazmente a rescatar sus restos.

También Manuel Díaz parece dispuesto a todo por señalar a un padre que desapareció de su vida sin haber hecho nunca acto de presencia. Una lucha a la desesperada que se salda a día de hoy con una prueba de ADN que despeja toda incertidumbre y con la dolorosa indiferencia y la escasa dignidad de Manuel Benítez negándose a comparecer.

Un asunto triste y más propio de tiempos pasados en los que solo resultaba aceptable un modelo de familia: el tradicional. Por fortuna hemos dejado atrás días más sombríos y en el presente a la gran mayoría nos basta con el amor mutuo para sentirnos próximos, cercanos, familia.