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Por qué no voy a presumir de curvas este verano

11/08/2017 07:33 CEST | Actualizado 11/08/2017 11:28 CEST

Mis curvas son un reflejo externo de mi estrés interior. Al contrario de cómo les gustaría a los anuncios de Dove que me sintiera, no me gustan mis curvas y, por descontado, me niego a mostrarlas este verano.

Soy consciente de que, en esta época en la que se está dando mayor visibilidad al feminismo, las curvas son un símbolo de mujeres fuertes que no se avergüenzan de su cuerpo. Mi historia no trata sobre la vergüenza, aunque sí que me incomodan el crecimiento de mi cadera y el roce de mis muslos entre sí.

Este aumento de mi talla corporal es una prueba de la creciente presión a la que estoy sometida, mis problemas para lidiar con ella y mi dependencia a comer sin cabeza. Cuidar de mí misma ha pasado a un último plano y lo demuestra la tirantez de mis pantalones cortos.

Recuerdo la primera vez que hice dieta. Fue para prepararme para el baile de fin de curso. Aquella noche poco memorable recuerdo que me zampé una sabrosa hamburguesa doble con queso como una posesa. Primero me puse mi vestido rojo ceñido y luego me di el atracón.

Fue el inicio del juego de adelgazar que iba a jugar durante los siguientes 17 años (y aún sigo). Alcancé mi peso máximo en 2002 cuando estudiaba en Siena, Italia. Me dejé absorber por esa idílica cultura y por sus calóricos platos de pasta y helados.

Cuando volví a los Estados Unidos, me apunté al programa de pérdida de peso de Weight Watchers y llegué a mi peso mínimo. Pero, ya estuviera en mi peso máximo o en mi peso mínimo, mi mente seguía consumida por una obsesión con lo que me llevaba al estómago y cuánto pesaba. La comida se convirtió rápidamente en un sucedáneo de mi bienestar, amor propio y aceptación.

Cuanto más oigo "presume de curvas" y "ama tu cuerpo" este verano, más ganas tengo de quedarme en casa con el aire acondicionado, ponerme mis pantalones de cintura elástica y lamentarme.

Desde aquellos dos momentos extremos de mi vida, he criado a tres bebés en mi interior y recuperado un peso posparto saludable. Actualmente, casi cuatro años después de dar a luz a mi último bebé, mi peso está aumentando y mi actitud hacia mi cuerpo se está desplomando. Tengo ganas de ponerme mis mallas con estampado y mis jerséis gruesos, pero el calor del verano sigue pidiéndome a gritos que vista con camisetas y ropa de playa que deja mucho al descubierto.

Cuanto más oigo "presume de curvas" y "ama tu cuerpo" este verano, más ganas tengo de quedarme en casa con el aire acondicionado, ponerme mis pantalones de cintura elástica y lamentarme. Estoy cayendo en una depresión que va más allá de mis carnes.

Es un problema que muchos padres afrontan: innumerables responsabilidades, obligaciones, tareas y pocas recompensas. Las recompensas son pequeños detalles, como la tierna mano de mis pequeños cuando los protejo al cruzar la calle o cuando mis hijos me miran durante sus clases de gimnasia y me sonríen.

Esas son las recompensas, pero a veces solo son retazos de luz que no consigo percibir cuando me asolan las tormentas de la vida. Cuando te ahogas en el estrés, cuidar de ti mismo suele ser un salvavidas que está fuera de tu alcance.

No estoy escribiendo esto para compadecerme de lo duro que es ser padres o para crear controversia en el tema de los cuerpos. Lo hago para dejar constancia de que no pasa nada por no querer nuestros kilos de más. Sentirnos incómodos es un gran detonador para empezar el cambio. Es un recordatorio de que no estamos cuidando de nosotros mismos y que, en consecuencia, nuestra salud (mental y física) sufre.

Dar prioridad al cuidado de uno mismo es el primer paso. Sucede a menudo que muchos trabajadores sociales, padres de niños pequeños, médicos y enfermeros damos demasiado de nosotros mismos. Antes de convertirme en madre, era trabajadora social. Siempre me ha encantado cuidar de los demás, es algo que me sale natural. Sin embargo, nunca aprendí a cuidar primero de mí misma.

Leí hace poco el libro The Self-Care Solution, de Julie Burton. La autora muestra diferentes formas de conseguir cuidar de uno mismo en todas las facetas de la vida y, en el capítulo en el que habla de dignificar el cuerpo propio, dice:

"El verdadero objetivo del autocuidado debería ir dirigido a cómo te sientes: tu energía, tu carácter y el grado de aceptación personal, amor y aprecio que tienes por tu cuerpo".

Me gustaría sentirme estimulada con la vida y llenarme de amor propio. Ya sé que la comida basura y los atracones no van a mitigar mis abrumadoras responsabilidades ni aliviarán mis sentimientos de tristeza y ansiedad. Comer como consuelo emocional es solo un parche, jamás una solución. Hurgar en una bolsa de M&M's o saltarme el desayuno para después inflarme a patatas fritas no me acerca a mi objetivo de conseguir una vida serena. Seguir una alimentación equilibrada y nutritiva y hacer ejercicio sí que puede servir de ayuda.

Pero también necesito cambiar de forma drástica mi actitud hacia el cuidado personal. Tengo que ser mi prioridad y no sentirme culpable por ello.

La activista corporal, modelo y escritora Ashley Graham está acabando con los estigmas sobre el cuerpo de las mujeres. Graham aconseja que nos dediquemos palabras amables a nosotras mismas sobre nuestros cuerpos. En su artículo para The Edit explica:

"No importa si tienes una talla 36 o una 56 siempre que estés cuidando de tu cuerpo, haciendo ejercicio y diciéndote que te quieres en lugar de centrarte en la negatividad a la que suelen llevar los estándares de belleza".

No sé si empezar a poner más en práctica el amor propio aceptando mi cuerpo o si odiar mis kilos de más por el hecho de que representan mi falta de cuidado. Cuando pienso en los momentos en los que me siento bien conmigo misma, me vienen a la cabeza recuerdos en los que terminé una competición, cuando me lo pasé bien con mi marido y mis hijos o cuando escribo, por poner unos pocos ejemplos. Esos son los momentos en los que me siento fuerte, valiente y orgullosa.

Puede que estuviera rebosante de felicidad cuando alcancé mi peso mínimo y pude meterme en los vaqueros más estrechos que tenía, pero esa felicidad era superficial. No es perder peso lo que me hace sentir feliz, sino crecer espiritualmente. Sentirme realizada por cosechar una relación sana entre mi mente y mi cuerpo. Tengo que conectar conmigo misma haciendo las cosas que me gustan.

Si puedo sacar tiempo para pensar mal de mis crecientes muslos, también puedo sacar tiempo para hacerme una taza de té y meditar. No va a ser fácil. No existen atajos fáciles para convertirme en la mejor versión de mí misma. Dedicaré tiempo a cuidarme y quererme. Y eso implica comer con cabeza, hacer ejercicio regularmente y dejar pasar los pensamientos negativos.

Espero que, en algún momento de este verano, independientemente de lo ajustado u holgado que me vaya el traje de baño, pueda jugar en la piscina con mis hijos y disfrutar del momento. Quizás, con el tiempo, cuando esté escuchando la canción de Ed Sheeran Shape of you, pueda cantar a coro "I'm in love with your body" ("estoy enamorado de tu cuerpo") y creérmelo yo misma.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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