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El PSOE se quema a lo bonzo

Publicado: Actualizado:
PEDRO SANCHEZ
EFE
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133 votos en contra, 107 a favor y Pedro Sánchez dimitió. Antes, ardió Ferraz porque el PSOE decidió quemarse a lo bonzo a ojos de media España mientras la otra media bostezaba. Doce horas de desgarro, fractura, tensión... Y, al final, para votar lo que no se quería: la fecha de unas primarias y un congreso extraordinario propuestos por una Ejecutiva que se consideraba disuelta.

Para llegar donde se llegó no hubieran sido necesarias 13 horas de esperpéntica discusión ni cuatro días de destrozo en un partido centenario con más de dos décadas de gobierno a sus espaldas. Como más allá de Orión, se vieron cosas que no creeríais antes de que llegara el inevitable final.

Gritos de "fascistas", "golpistas", "tejeros", forcejeos e insultos en la calle. Llantos, bramidos de "sinvergüenzas" y "caraduras" y decenas de socialistas desgarrados. Todo en un Comité Federal dividido, con un secretario general atrincherado y un sector crítico al que no vendría mal volver a Primero de Estrategia Política.

Para llegar donde se llegó no hubieran sido necesarias 13 horas de esperpéntica discusión

La intrahistoria se contará algún día, pero quédense con que desde las 8 de la mañana hasta las nueve de la noche, 253 personas discutieron, primero con cordialidad y luego acaloradamente, sobre quién tenía la autoridad, qué había que votar, quienes podían ejercer el derecho al voto... La zapatiesta llegó tan lejos que José Blanco llegó a sugerir como salida poner rumbo a Plaza de Castilla y que un juez dictara medidas cautelares.

Como en el PSOE nada es inédito, cuando Rodolfo Ares -el cerebro de la resistencia numantina de Sánchez- arrebató a la sevillana Verónica Pérez el micrófono para pedir que se votara lo que la dirección fantasma quería, los más viejos del lugar se acordaron de que Alfonso Guerra hizo lo propio en Suresnes con un viejo socialista del exilio para controlar él desarrollo de aquel histórico congreso.

A punto estuvieron los derrotados del "sanchismo" de llevar al extremo la técnica medieval de agotar al ejército sitiador. Y esto fue cuando por las bravas sacaron tres urnas para imponer el voto secreto. El primero en introducir la papeleta en la raqueta fue el propio Sánchez. Y entonces empezaron los gritos en la sala, los llantos por los pasillos, las llamadas al orden y las intervenciones de José Borrell, José Blanco y Cipriá Ciscar para que parara el ardiz. Ahí acabó la paciencia de una Susana Díaz, que más contenida que nunca, subió al atril para llamar a la calma, invocar la historia del partido y pedir que aquello no se planteara como un pulso entre Sánchez o ella porque lo que había en juego era mucho más que una batalla nominalista.

A punto estuvieron los derrotados del "sanchismo" de llevar al extremo la técnica medieval de agotar al ejército sitiador

Dicen que su intervención sumó algunos votos más para los críticos que, entre la noche del viernes y la del sábado, hicieron hasta cinco recuentos, por lo que se sabían ganadores de antemano. Sánchez no atendió a razones y se dirigió al Comité para plantear una oferta inaceptable de readmisión de los dimisionarios de su dirección. Su objetivo no era otro más que dinamitar el Comité Federal para ganar tiempo, una semana o dos, lo justo para presentar un acuerdo con Podemos y los independentistas que le llevara a La Moncloa o para que fueran disueltas las Cortes y proclamarse candidato a nuevas elecciones.

Fue cuando el sector crítico incurrió en la contradicción de recoger firmas para impulsar una moción de censura a una Ejecutiva que no reconocía. Sumó mucho más del necesario 20% de los nombres Comité, pero no fueron admitido a trámite porque la reprobación no estaba en el orden del día.

Sánchez deja un partido "podemizado" y con una profunda brecha entre la militancia y sus cuadros

"Votemos lo que quieras, pero votemos ya", imploró Díaz. Y entonces llegó el recuento y, después, la dimisión de un Sánchez que, en lugar de declararse derrotado en su propuesta de congreso extraordinario, dijo que lo que se había enterrado era su bandera del "no" a Rajoy.

No fue eso y no está escrito que así vaya a ser. Entre los críticos, hubo discrepancias por el procedimiento impulsado para derrocar a Sánchez y las hay sobre la investidura a un gobierno de derechas. Será la siguiente fractura y la siguiente discusión en un partido que Sánchez deja "podemizado" y con una profunda brecha entre la militancia y sus cuadros.

La decisión no es baladí. Si el PSOE acuerda una abstención a Rajoy o al PP dejará el campo abierto de la oposición a Pablo Iglesias. Y si no es así, unas terceras elecciones pueden dejarle más herido de lo que ya está.

El foco de las próximas semanas estará ahí. Y el relato lo tendrá que escribir la gestora que presidirá el referente político y moral indiscutible de este PSOE, el asturiano Javier Fernández, y en la que estarán los andaluces Mario Jimenez, Asunción Godoy el extremeño Rafael Lemus. Elena Valenciano se resistía, pero había presiones para que entrara, puesto que como vicesecretaria general durante el mandato de Rubalcaba fue una de las personas que mejor y más cosió entre las distintas sensibilidades.

Patxi López rechazó la oferta para formar parte de la solución, pero habrá tanto una representación de Euskadi como del PSC, que no decidirá quién le representara hasta que pase su congreso el próximo día 15.

Todos estos momentos, como los de los Rayos-C de de la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser, se perderán también en el tiempo, como las lágrimas no en la lluvia, sino las derramadas por tantos socialistas que presagian el final del PSOE conocido sin posibilidad de escribir un nuevo relato ni coser todas las heridas que ha dejado abiertas el equipo de Pedro Sánchez.