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Cuerpos marcados

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Atónita, leo en una noticia de un diario lo siguiente: «Sentencia judicial devastadora contra Silvio Berlusconi. El ex primer ministro y hoy senador italiano ha sido condenado esta tarde a siete años de cárcel por el caso Ruby y a la inhabilitación perpetua para ocupar cargos públicos. El Tribunal de Milán -compuesto por tres mujeres- lo encontró culpable de abuso de poder y de prostitución de menores». Al día siguiente se insistía en ello casi punto por punto en el editorial: «Un tribunal de Milán formado por tres mujeres ha dado por probado que el ex primer ministro y líder del Pueblo de la Libertad (PdL) tenía organizada un red de prostitución en su villa de Arcore, donde se organizaban fiestas con jóvenes que recibían dinero y regalos a cambio de sexo». «¿Devastadora», una sentencia?, ¿o más bien el delito del político? ¿El tribunal ha probado o lo «ha dado por probado»? Detalles, manías quizás, pero que ponen la mosca detrás de la oreja. Así como el modo tan innecesario y curioso --regalos (?) incluidos-- de definir la prostitución (el diario, como tantos otros, al admitir anuncios de prostitución la propicia). Ahora bien, lo que ya no es un detalle ni una manía es esta contravención de una de las divisas del periodismo, me refiero a la ley de economía: ¿por qué narices se desperdician cuatro palabras para especificar el sexo de las juezas?, ¿es relevante?, ¿aporta algún elemento al caso o a la sentencia? ¿Por qué sembrar, como mínimo, la sombra de la duda sobre la actuación de las magistradas por mor de su sexo? (Sin rodeos Berlusconi las quiso insultar tildándolas de feministas y comunistas, epítetos que dan más información sobre él que de ellas; al igual que se retrató quien calificó de lesbiana y borracha a Mari Trini cuando la cantante cometió el crimen de ser la primera de presentarse en la tele en vaqueros.)

Si alguien piensa que es significativo que tres magistradas juzguen los crímenes sexuales de un hombre, que haga la prueba de la inversión y se pregunte si no encontraría rara una redacción que dijese: «El Tribunal de Milán -compuesto por tres hombres- lo encontró culpable de abuso de poder...»; que mire la realidad, haga memoria y piense en los muchos tribunales compuestos sólo por hombres sin que se vea en ello nada extraño o sospechoso. Que recuerde que no fue hasta hace muy poco, poquísimo, que cualquier delito sexuado lo juzgaban (en muchos lugares del mundo todavía es así) únicamente hombres; que los comportamientos sexuales que juzgaban sólo hombres tenían penas diferentes (en muchos países del mundo todavía es así) si los cometía una mujer o un hombre: las penas y condenas eran mucho más severas en el caso de las mujeres; ni que decir tiene que estas parciales y discriminatorias leyes las habían perpetrado exclusivamente hombres (en muchos Estados del mundo aún es así). Sin embargo no es muy frecuente dudar y poner en cuestión la imparcialidad de los hombres. Es insólita una declaración como la de la magistrada del Tribunal Supremo, Celsa Pico, poniendo de manifiesto la doble vara de medir y la doble moral que representa juzgar la manera de vestir cuando se trata de una acusada, cosa que no pasa, en cambio, cuando se juzga a un hombre. Es fácil recordar alguna sentencia estremecedora, cruel e injusta con falda incluida.

Es perfectamente coherente con esta manera de presentar a las profesionales, en este caso a las juezas, por tanto, no es de extrañar, aunque sí muy alarmante (por mucho que la prensa no se rasgue las vestiduras al oírlo), que el acusado José Bretón se permita el lujo de decir: «¿Siete mujeres en el jurado? Ya estoy condenado».