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La doctora Victòria Bertran, asesinada

28/12/2016 07:19 CET | Actualizado 28/12/2016 07:20 CET

Este artículo también está disponible en catalán

Días antes de Navidad, la doctora Victòria Bertran fue asesinada por su ex marido. Descanse en paz lejos del asedio de violencia y de agresiones de un depredador y un abusador perfectamente reconocido al que nadie osó parar los pies en una carrera criminal adoquinada de víctimas a lo largo de toda su vida.

Una vez has podido reaccionar al batacazo, a la tristeza, a la desesperación que provoca otro caso en esta hemorragia sobre la que las autoridades no hacen nada para restañar y que parece no tener fin, vale la pena analizar el caso. Sobre todo porque es de manual y porque dinamita tópicos.

1. Las maltratadas, las abusadas, las violadas, las agredidas, las violentadas, no necesariamente son mujeres sin recursos económicos, culturales o de otro orden. El machismo es transversal e insidioso: cualquier mujer puede ser (es) víctima de agresiones. (Como ha podido comprobar también estos días otra mujer llena de recursos, la diputada de Podemos Teresa Rodríguez, pero este es otro artículo.)

2. La doctora Victòria Bertran, excelente y estimadísima profesional, se separó (al precio que fuera, sólo ella lo sabía) de su agresor. En un gesto eminentemente femenino, volvió a su lado para cuidarlo cuando lo tuvieron que operar de una enfermedad grave. Ojalá este fuera el último caso que tuviera que alertar de que no se debe volver nunca, nunca, al lado de un violento, de un machista. Por débiles que parezcan, por pena que den, siguen agrediendo y matando.

3. Se deberá ir un poco más lejos y alguien tendrá que explicar a las niñas, a las chicas (a las mujeres) que un violento, un machista, un agresor, un controlador, no cambia nunca (y en todo caso, no es responsabilidad de ellas). Alguien les deberá explicar el enorme peligro que corren si siguen manteniendo una relación con la esperanza (engañadas por los ejemplos que proporcionan películas, novelas, anuncios...) de que las novias deben quedarse al lado de brutos y de violentos porque el amor -ellas- acabarán por hacerles cambiar. En esto deberían aprender de los chicos: si hay algo que no les gusta, exigen cambios al contado a las chicas para continuar a su lado, y no cambios en un lejano remoto que nunca llegará dado que se basa en un presente lleno de aceptación.

4. Todavía un poco más lejos: se deberá decir que en los colegios, en los institutos, no se enseña a las chicas a detectar la violencia, a prevenirla; no se les da ninguna herramienta para combatirla, no se les dice que las agresiones suelen venir de conocidos. Tampoco se enseña a los chicos a no ejercerla, por el contrario, se naturalizan agresiones no por habituales ni cotidianas menos graves y que están en la base de las más brutales. Se deberá decir que las futuras y futuros maestros no reciben ningún tipo de formación inicial que les permita educar en este campo. Se tendrá decir a los medios de comunicación que en general creen que los centros escolares se hace prevención que esto no es así, que no es verdad.

5. Los asesinos, los criminales, los violentos, no son necesariamente ni hombres sin recursos, ni borrachos, ni drogadictos, ni miembros de familias desestructuradas (suponiendo que haya alguna estructurada), ni están en el paro, ni son extranjeros. El caso demuestra, una vez más, que un catalán, que un español, que para el caso es lo mismo, puede serlo. Un fantasma recorre a una gran parte de hombres: creerse amos y señores de las mujeres.

6. Los artículos y las informaciones de colegas del ex marido de la doctora muestran cómo la tolerancia y el corporativismo en los casos de machistas, de agresores, de depredadores, son casi absolutos: todo el mundo sabía cómo y cuánto agredía en el trabajo pero nadie movió un dedo para solucionarlo o denunciarlo.

7. Cuando la noticia salió a la luz, los medios se centraron en él, en el asesino, en el escorpión-suicida. Lo nombraron por su nombre y apellido, por su profesión, explicaron quién era, operación de corazón incluida, incluso hubo quien dijo que esto no cuestionaba su trayectoria y currículum. Por el contrario, presentaron a la doctora Bertran, a veces sin ni mencionar su profesión, por la relación de ex parentesco con él, como un apéndice de él (por no hablar de las secciones de los diarios donde colocaron la noticia). El caso es tan flagrante que ha habido reacciones contra esta forma de proceder.

Sea, pues, bienvenido un altavoz como las declaraciones de la alcaldesa Ada Colau, aunque ya hace muchos años que el feminismo, especialmente el que tiene intersecciones con la lengua, se desgañita para poner a las mujeres en el centro de las noticias; para que sean sus protagonistas (y no por su relación con un hombre, no como apéndices de nadie); para no dejarlas en el anonimato sino presentarlas con nombres y apellidos (y no sólo por el nombre, o por el diminutivo, o con el insulto añadido a veces de la palabra «señorita»); para citar la profesión y resaltar cualidades como la valentía y el coraje que muestran, en definitiva, para presentar a cada mujer como un ser de identidad múltiple, como un ser activo y con entidad propia compuesto de diversas capas -por contradictorias que sean a veces- y no sólo como un trozo de carne, como una mera víctima unidimensional siempre pasiva, siempre lista para recibir.