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Borges, autor del 'Quijote'

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Foto: EFE

Cuando comenzó uno de los poemas de Elogio de la sombra con aquello de "que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído", Borges se refería también a la amistad. En 1968, el autor más renombrado de la literatura argentina viajó a los EEUU para brindar una conferencia sobre Don Quijote de la Mancha en la Universidad de Texas. Lo esperaban aquellos alumnos a los que más tarde recordaría con cariño, "gigantes, respetuosos y un poco inalcanzables". Durante la disertación, explicó: "Hay ciertos personajes, y esos son, creo, los más altos de la ficción, a los que con seguridad y humildemente podemos llamar amigos. Pienso en Huckleberry Finn, en Mr. Pickwick, en Peer Gynt, y en no muchos más". En seguida, con la vista ya débil, extraviada en algún ángulo superior del auditorio, había murmurado el nombre de Don Quijote de la Mancha: "Un personaje que existe más allá del mundo que lo creó".

Aquella lectura fraterna de la que hablaba Borges seguramente habrá sido también, a pesar de la parodia o justamente por ella, valorada por Cervantes. Embelesado por las novelas de caballería, Don Quijote parte desde la dorada geografía de la Mancha sobre el lomo de Rocinante. Lo secunda un labrador regordete, Sancho, quien oficiará de escudero. En medio de los sucesivos desvaríos del protagonista, esta amistad representa uno de los únicos elementos realmente ciertos de la novela.

Borges leyó el Quijote durante su infancia y en seguida quedó prendado de aquel autor que se había propuesto narrar aventuras en una lengua vigorosa y auténtica, que había escrito con hondura humana, lejos de la sensiblería. Acaso Don Quijote le sugirió la idea de la literatura como una novedad nunca caduca, un diálogo antiguo y futuro. Dice en el poema Sueña Alonso Quijano:

El hidalgo fue un sueño de Cervantes
y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
está pasando que pasó mucho antes.

Quijano duerme y sueña. Una batalla:
los mares de Lepanto y la metralla.


En más de una veintena de textos menciona el de Buenos Aires al de Alcalá de Henares, y subraya una y otra vez la universalidad del Quijote al tiempo que lo defiende de una mera lectura alegórica. Si el escenario por donde Alonso Quijano perfiló su hidalguía fue el mundo entero, se debió más al acierto con el que fue tramado que al artificio de la abstracción. En la Nota preliminar de las Novelas ejemplares, Borges explicaba que antes de Don Quijote, "los héroes creados por el arte eran personajes propuestos a la piedad o a la admiración de los hombres", mientras que Don Quijote "es el primero que merece y que gana su amistad".

Justamente, aquella vital lucha del Quijote, entre enajenación y realidad, vencida finalmente a la hora de la muerte, para Borges era también "la aventura contemplativa y extática de los santos". Esta disputa interior lo hermana con otros personajes de la literatura, como es el caso del Príncipe Myshkin de la novela El idiota, de Fiodor Dostoyevski, publicada en 1868. El autor mismo sugiere esta conexión cuando Aglaya, una de las protagonistas, busca apresuradamente un libro donde esconder la ridícula pero no menos genuina carta que le había enviado Myshkin y no puede contener la risa al encontrar el grueso volumen de Don Quijote de la Mancha.

Uno de los mayores tributos de Borges a la obra más significativa de nuestra lengua es el cuento Pierre Menard, autor del Quijote, incluido en Ficciones, donde el argentino imagina un escritor cuyo propósito es redactar exactamente la misma novela que Cervantes. Pletórico de enumeraciones y curiosas notas, el cuento narra el quijotesco método de Menard: su técnica consiste en nada menos que ser él mismo Miguel de Cervantes. El empeño sugiere la feliz imposibilidad de un lector contemporáneo para acceder a un texto del siglo XVII sin antes apropiarse del él.

La conmemoración de los 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra y casualmente, también de la de William Shakespeare, es una oportunidad para celebrar la literatura como una continuidad que supera meras individualidades: una ocasión para reconocernos en la memoria de los viejos amigos y proyectar un futuro donde seguiremos conversando.