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Ser más que los demás o de cómo entender mal la universidad

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Nadie tiene la menor idea de por qué es preciso
ascender a cualquier precio ni cuál es el sentido
de esa elevación incesante e implacable.
(José Luis Pardo)

No me gusta el concepto de «carrera académica» cuando implica una lucha por subir puesto a puesto acumulando trabajos en revistas importantes, conferencias plenarias, libros en grandes editoriales... para conseguir llegar a ser catedrático.

Me decía hace años un compañero ya mayor que los grandes profesores e investigadores que había conocido jamás llegaron a catedráticos. No tengo la misma experiencia, puesto que conozco a muchos catedráticos a los que admiro e incluso, en algún caso, respeto.

No obstante, entiendo a qué se refería: a muchos profesionales que no politiquearon en pasillos y despachos, que se alejaron del ruido de la cafetería y de las reuniones para investigar un dialecto en la misma aldea perdida donde se hablaba, para ir a un pequeño congreso sin impacto académico porque allí se trataba algo interesante, para dedicar semanas y semanas a preparar bien las clases y a atender a los estudiantes como es debido. Muchos de ellos trabajaron muchas más horas que las que exigían sus contratos, pero nunca llegaron a catedráticos porque no eligieron ese camino.

Por el contrario, a mi generación se nos ha impuesto este agobio de la escalada en la carrera académica, bajo la excusa (con una base a menudo firme) de que nuestros antecesores solo habían calentado el asiento. Sin embargo, tras diez o quince años de encadenar contrato temporal con contrato temporal, puedes llegar en la universidad pública a un contrato laboral indefinido sin necesidad de ser funcionario y mucho menos de ser catedrático. Ese simple contrato laboral estable fue mi meta desde siempre, meta que tras nueve años de profesor en la universidad y seis de tesis doctoral (montada mientras trabajaba en dos centros concertados simultáneamente) aún no he conseguido.

Mis compañeros me preguntan: ¿por qué no te esfuerzas más en tu carrera académica con lo mucho que investigas, publicas y te preparas las clases?

«Esforzarse más» significa aquí: «publicar en sitios excelsos». Si fuera por tiempo de trabajo, no creo que pueda esforzarme más.

Porque a algunos no nos interesa el agobio del ascenso a la excelencia. Con una pequeña seguridad económica y cierta estabilidad nos es suficiente. Cuando escribimos un artículo, no pensamos qué revista nos dará más puntos, sino en qué revista nos parece más apropiado publicarlo por el tema, el formato, el estilo. Algunos de mis propios trabajos han acabado incluso en blogs de amigos, porque era el mejor sitio para su difusión, o como capítulos de libros divulgativos, así que he tenido que quitar las citas y la bibliografía, y relajar el estilo. Algún otro ha crecido desde el mero apunte divertido hasta el artículo científico y ha llegado a ser traducido a otra lengua. Hace ilusión.

No critico la búsqueda de la propia superación, del desafío para aprender más sobre el mundo y sobre uno mismo. Hablo de la obsesión por superar a los demás, de ganar un título que eleve por encima de los mortales.

Algunos vamos a los congresos que nos interesan y a donde consideramos que asisten personas realmente interesadas en lo que decimos. Quizás solo debería irse una vez cada dos o tres años a exponer resultados a congresos, con conclusiones serias, cerradas, bien trabajadas. Y a alguno más para ponerse al día en directo y charlar con compañeros. Pero, como en España no hay congresos sobre la mayor parte de los temas (y mucho menos que sean serios), toca apuntarse a bostezar a donde haya que ir. Se necesitan los puntos para no ser despedido, aunque a menudo no valga para nada más.

Con todo, muchos lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido y no creo que nos hubiéramos esforzado más por un tema menor para una revista más importante. En mi propio caso, a menudo, cuando he tenido que publicar para dejar de cobrar 400 euros al mes, mis artículos han sido horrorosos. Por favor, no los leáis. Me daban puntos por ellos, los mismos que por los buenos. Da igual. Todos hemos hecho esas cosas en la universidad; no nos ha quedado otra.

En la cita que acompaña este texto, José Luis Pardo -compañero de Filosofía- habla de rascacielos, pero los compara con la fiebre del something big, del made yourself estadounidense. Y la considero completamente aplicable.

¡Cuidado! No critico la búsqueda de la propia superación, del desafío para aprender más sobre el mundo y sobre uno mismo. Hablo de la obsesión por superar a los demás, de ganar un título que eleve por encima de los mortales, de acumular sexenios solo para aumentar los lujos.

Hablo de sacrificar a personas, estudiantes, conocimientos, difusión... Por escalar en los rankings, por el perverso disfrute de ser más que los demás. Por esa fiebre ebria del éxito ciego.

Sin embargo, ¿cómo conseguir que la gente haga bien su trabajo sin exigirles cuatro artículos científicos al año, cuatro congresos y tres capítulos de libro además de dirigir trabajos de fin de grado, de fin de máster, tesis doctorales, hacer gestión en comisiones de coordinación, de calidad, económicas, de espacios e impartir clases bien preparadas y actualizadas...? A veces nos echan en cara los currículos de quienes han tenido contratos de investigación exclusivos; entonces dan ganas de llorar, porque después de haber entregado el alma a la universidad te recriminan que un año en que impartiste tres asignaturas nuevas y tuviste un problema familiar solo publicaste dos artículos en revistas menores.

Me declaro completamente en contra de una competición entre compañeros, entre universidades, entre personas que se dedican a la búsqueda y difusión del conocimiento.

No les importa a los obsesos de la escalada sin sentido. Ellos lo hacen; sacrifican vida personal, aficiones extra-académicas, rendimiento, atención a estudiantes... Y si tú no lo haces es que no eres buen profesional, porque en la universidad solo se quiere a los obsesivos.

¿Dónde encontrar el equilibrio? ¿Cómo supervisar sin caer en la locura?

Ante todo, debemos cambiar la mentalidad y difundir dicho cambio: la negación a la fiebre de la publicación, de los congresos, de los rankings. Debemos valorar lo que se hace, no la cantidad que se hace. Dicha supervisión debe hacerse desde el conocimiento que se adquiere con la investigación, desde el valor del propio trabajo.

¿Difícil? Nos toca hacerlo.

Hay que escribir artículos bien documentados, bien expuestos y enriquecedores; preparar exhaustivamente las clases; atender a los estudiantes con respeto y cariño. Sí, hay que hacerlo. Porque es nuestro trabajo porque hemos firmado un contrato, porque nuestros conciudadanos pagan con impuestos nuestros sueldos para que lo hagamos bien y, por encima de todo, porque hemos entrado en esto por vocación; no por conseguir puntos para cambiar la línea que hay bajo nuestro nombre en la tarjeta de visita.

Por eso me declaro completamente en contra de una competición entre compañeros, entre universidades, entre personas que se dedican a la búsqueda y difusión del conocimiento.