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Populismo: remedios equivocados a problemas reales

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EFE
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El populismo es frecuentemente considerado por sus detractores como una desviación de la democracia. Parece más apropiado, sin embargo, entenderlo como una patología que afecta de forma recurrente al funcionamiento del gobierno de las mayorías.

Todos los regímenes democráticos funcionan gracias a la combinación de dos principios: el principio de la soberanía popular, o sea, la idea de que el poder de decidir no puede estar en las manos de reyes, papas o propietarios de riquezas, sino en las del pueblo. Y el principio de representación, es decir, la idea de que, siendo imposible interpelar en cada ocasión a la totalidad de los ciudadanos, las decisiones deben ser tomadas en su lugar por un cierto número de representantes. Toda democracia se rige gracias a un delicado equilibrio entre estos dos principios. Un desbalance a favor del uno o del otro implicaría una serie de riesgos que podrían afectar a la naturaleza misma del régimen político. Sin mediaciones institucionales capaces de establecer procedimientos decisionales y límites al ejercicio de poder, la soberanía popular podría degenerar o en una pelea de todos contra todos, el caos, o, al contrario, en formas de autoritarismo. La representación, por su parte, en el caso de distanciarse demasiado de su fuente, la voluntad popular, correría el riesgo de volverse un fin en sí mismo, una oligarquía burocrática; o si es capturada por intereses particulares, de transformarse en un potente instrumento a su servicio.

El populismo es una ideología que surge como reacción a esta segunda desviación, gana consensos ahí donde los ciudadanos no se sienten representados por las instituciones y por las fuerzas políticas de sus países, donde la política deja de atender a sus necesidades y parece centrarse solo en su auto-reproducción. Las soluciones propuestas por los populistas resultan atractivas porque prometen ir al grano, resolver de forme in-mediata (no mediada) y aparentemente simple los problemas de la gente. Castigar a los políticos corruptos y a los banqueros, expulsar a los migrantes y levantar barreras, desvincularse de la Unión Europea y de la austeridad de la BCE, etc. El elemento común es la crítica feroz a las instituciones y la propuesta de redimensionar su papel de manera que se pueda establecer un vínculo directo entre las futuras decisiones políticas y la voluntad del pueblo traicionado.

Detrás de la proliferación de los movimientos políticos populistas, tanto de derecha como de izquierda, de las retóricas anti-inmigrantes, anti-austeridad, anti-casta, anti-Europa, de líderes como Le Pen, Grillo, Tsipras, Farage, Iglesias o Trump en EEUU, está la crisis del principio de representación, que es sin duda la estructura sobre la cual se sostiene toda democracia. Es sobre esto, por tanto, sobre lo que vale la pena reflexionar.

El error del populismo es el de tirar al niño con el agua sucia, el de comprometer a la democracia buscando su refundación.

El problema es doble: el representado pierde confianza en el representante si este deja de responder, si resulta distante, o si sus acciones no obtienen los resultados esperados, si parecen inútiles. Hoy, la política resulta inadecuada desde los dos puntos de vista. Por un lado, los canales de comunicación tradicionales entre ciudadanos y representantes -pensemos en los partidos políticos, pero también en los procedimientos electorales-, encuentran dificultades en su capacidad de estimular la participación y conducir demandas y aspiraciones. Los ciudadanos se sienten poco influyentes, distantes de los lugares y de las modalidades en que se toman las decisiones. Por otro lado, en medio del caos de la sociedad global, la política es cada vez menos eficaz, aparentemente superflua. El destino de todos nosotros parece depender de dinámicas inasequibles que escapan a todo control. Votar por uno o por otro no parece poder cambiar de verdad el curso de las cosas.

Solo actuando en relación a estos dos aspectos será posible reducir la incidencia del populismo. Los ciudadanos deben recuperar su capacidad de condicionar la acción de los políticos con el restablecimiento de una relación de confianza-responsabilidad recíprocas. A la vez, la política debe poder incidir de manera más eficaz en los problemas sociales de modo que pueda responder a las demandas de la gente. Respecto a la primera cuestión, parece fundamental poner en marcha un proceso de restructuración de las instituciones que, partiendo desde el nivel local, llegue hasta el supranacional (la UE, la ONU, etc.). Los mecanismos institucionales deben permitir a los ciudadanos dar un mandato claro y fuerte a los representantes, permitiendo una real identificación de los unos con los otros. De esta manera, una vez terminado el plazo, serán los mismos ciudadanos los que puedan valorar lo realizado y decidir si reelegir o cambiar. Esta exigencia es hoy particularmente importante a nivel de la Unión Europea, donde instituciones que no responden de manera directa a los ciudadanos toman decisiones fundamentales.

Respecto a la segunda cuestión, la complejidad de los desafíos contemporáneos y la fuerza de la que hoy gozan actores no-estatales como las empresas multinacionales o los fondos de inversión, hace que respuestas que estén a la altura puedan ser tomadas solo por instituciones más fuertes tanto a nivel nacional como continental. Una política que no logra decidir, que es permanentemente rehén de lobbies organizados o de minorías con poder de veto, a la larga, se vuelve irrelevante. Así mismo, muchas cuestiones fundamentales -pensamos en el terrorismo o el crecimiento económico, las migraciones o la política internacional-, pueden ser abordadas hoy de manera adecuada solo a nivel supra-nacional. Es ilusorio creer en un retorno al estado-nación. En Europa, solo una Unión más fuerte, pero a la vez más democrática, podrá devolver a la política la fuerza que hoy necesita.

El error del populismo es el de tirar al niño con el agua sucia, el de comprometer a la democracia buscando su refundación. Si bien sus propuestas son a menudo irrealistas y los tonos en las que se expresan repudiables, los problemas señalados son reales y merecen grande atención. Desde este punto de vista, sería irresponsable creer que para enfrentarlo bastan indignación o esnobismo. El desafío es hacer funcionar nuevamente las instituciones de manera que puedan responder realmente a las necesidades de la gente. Solo llevando a cabo un programa de reformas audaces que sean capaces de renovar nuestras democracias será posible redimensionar al populismo. Se trata de un desafío complejo que requiere de líderes capaces de mirar más allá de su interés personal, de las pequeñas diferencias o de la eterna imperfección de las cosas. Para la izquierda, en particular, se trata de un deber añadido, que se suma al otro, histórico, de hacer a la sociedad más justa.