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Lo que he aprendido al vender casi todas mis pertenencias

26/01/2017 07:22 CET | Actualizado 26/01/2017 07:22 CET
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Ya sea por necesidad o por decisión, está claro que el minimalismo es una tendencia en auge. Cada día aparecen blogs nuevos sobre el tema, se escriben libros a un ritmo frenético e incluso Netflix ha sacado un documental al respecto. El minimalismo es la idea de que vivir con menos posesiones puede ayudarnos a sentirnos libres. Libres del miedo. Libres de las preocupaciones. Libres de las trampas de la cultura consumista en torno a la que hemos construido nuestras vidas. Antes de descartarlo como si de una secta comunista se tratara, ten paciencia y sigue leyendo.

Hoy en día diría que me considero minimalista. Pero es verdad que no siempre he sido así. De hecho, más bien he sido lo contrario. Hace un año y medio, era una consumidora en serie. Tenía estanterías y estanterías llenas de zapatos y zapatillas de deporte. Mi armario estaba tan lleno que no cabían más camisetas ni más pantalones vaqueros, y la mitad de las prendas que tenía no me las había puesto nunca. Recuerdo que un día salí a comprarme un abrigo y volví a casa con tres, todos de diseño. Echo la vista atrás y pienso que era absolutamente excesivo. ¡¿Pero qué me pasaba?! Y no me sucedía solo con la ropa. También me pasaba con las vajillas, las sábanas, los utensilios de cocina... ¿Quién necesita diez sartenes cuando vive sola en un apartamento de un dormitorio en Londres? Echo la vista atrás y pienso que me creía eso de que comprar más cosas no solo me haría más feliz, sino que también me serviría para dejar claro a los demás lo bien que me iba todo. Está claro que me preocupaba demasiado lo que pensaran los demás de mí.

El año pasado me di cuenta de que la vida es demasiado corta como para pasarla sin hacer las cosas que te apasionan y por eso dejé mi prometedora carrera profesional como capitalista de riesgo para mudarme a Uganda (África). En vez de llevarme todas mis pertenencias y gastarme una fortuna en transporte y almacenaje, decidí venderlo todo. Bueno, casi todo. Todavía conservo una maleta llena de ropa, un par de cajas y algunos muebles, pero me despedí del 95% de mis pertenencias. La mayoría de las personas que me conocen pensaron que estaba atravesando la crisis de los cuarenta, pero resultó ser una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Al ver la repercusión que ha tenido en mi vida, que ha sido totalmente inesperada, recomiendo encarecidamente que se adopte un estilo de vida más minimalista. Esto es lo que he aprendido:

1. Cuanto más tienes, más quieres

Es la pescadilla que se muerde la cola. Nunca es suficiente. Siempre se quiere más. De la misma manera, cuanto menos tienes, menos quieres.

2. Menos posesiones = menos decisiones

Hoy en día tenemos más opciones que nunca: en cuanto a la comida, la ropa, la televisión... Después de vivir en Uganda, soy de la opinión de que tener muchas opciones entre las que decidir no tiene por qué ser algo bueno. Tener tres camisetas para elegir por la mañana en vez de treinta hace que la vida sea mucho más fácil y simple y, lo que es más importante, te deja espacio en la cabeza para las cosas importantes. Me gusta llevar una vida sencilla.

3. Valoras más lo que tienes

Al tener menos posesiones, las valoras más. Antes si se me rompía algo, lo tiraba y me compraba algo nuevo. Ahora hay cosas tan baratas que lo habitual es tirarlas y reemplazarlas con cosas nuevas sin pararse a pensar en el impacto. Ahora siempre intento reparar lo que se rompe (soy consciente de que parece que he vivido una posguerra).

4. Te olvidas de las cosas de las que te deshaces

Una de las razones por las que antes solía acumular cosas era porque pensaba: "Algún día lo necesitaré". En realidad, te olvidas de las cosas de las que te deshaces. Aprendes a centrarte en lo que tienes en vez de en lo que no tienes.

5. Te depuras

Pensé que me arrepentiría de haber vendido ciertas cosas, pero podría decirse que me sucedió lo contrario. Me sentía como si me hubieran quitado un peso de encima; fue mucho más reparador que un masaje y una sesión de yoga.

6. Te centras más en las experiencias que en los objetos

Creí que sentiría envidia cuando viera que los demás se compraban cosas nuevas. Una vez más, me pasó lo contrario y pensaba: "Menos mal que no tengo todas esas cosas". La consecuencia fue que empecé a centrarme más en las experiencias que en las cosas y aunque es posible que vea un producto determinado, lo valore y piense que me gusta, no siento el deseo de comprarlo en absoluto.

A veces miro a mi alrededor y pienso que nuestros niveles de consumo deben haber aumentado; por la comida que comemos, la ropa que compramos y los coches que llevamos. Aumenta el índice de obesidad, las ventas al por menor crecen cada año y el nivel del mar está subiendo como nunca. Parece que los niveles de consumo no pueden ir a peor, pero las estadísticas y el bombo que le dan a las rebajas sugieren lo contrario. Otras veces me da la sensación de que las cosas están cambiando, que nos alejamos del consumismo, que nos centramos en invertir en experiencias y que las experiencias son la nueva forma de medir la riqueza. Es verdad que esta última es una perspectiva reservada a la clase media, pero esperemos que sea cierta. Al fin y al cabo, menos es más.

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Este post fue publicado originalmente en la edición británica de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.