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Otro 18 de julio y sin novedad en el frente

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Ochenta años. Otro 18 de julio, otro silencio cansino y denso solo roto por los ocasionales reproches. Sin embargo, la Guerra Civil, la odiosa, maldita, ciega, criminal guerra que nos enfrentó con nosotros mismos durante mil días interminables continúa emponzoñando nuestra convivencia de la misma manera que el cadáver de una rata infecta el agua de un pozo.

Ochenta años, cinco generaciones pasadas y muchos siguen en su trinchera, impasible el ademán o con el "no pasarán" tatuado en el pecho. La excusa es la que todos conocemos: "A mi abuelo lo fusilaron los fascistas" o "a mi tío los rojos le dieron el paseíllo". Pocos quieren ver que en todos los bandos, en todas las guerras, hay historias similares. Porque en un conflicto civil es difícil distinguir los buenos de los malos, porque una vez que se desata la violencia a los sensatos y moderados los barren los disparos de ambos lados. En todas las guerras hay culpables, y esta no es una excepción, pero nadie, ni los unos ni los otros pueden presentar una hoja de servicios que no esté manchada de sangre.

Ochenta años ¿y seguimos igual? Qué lejos nos encontramos del ambiente de reconciliación y fraternidad que creó la transición. Las negociaciones para formar gobierno, la vergonzosa falta de voluntad política para llegar a acuerdos, delata que muchos todavía no han superado la barrera psicológica de la Guerra Civil.

No creo que en esta generación de políticos haya la generosidad y la valentía necesaria para romper los prejuicios, para trabajar juntos contra los nubarrones que se agolpan en el horizonte internacional.

A pesar de haber quedado muy lejos de la mayoría absoluta, una parte del Partido Popular solo quiere ver como, cautivo y desarmado, el PSOE le entrega el gobierno sin condiciones ni molestas imposiciones. El vello de muchos socialistas se eriza como alambre de espino ante la sola idea de cooperar, no con los causantes de la actual situación de desigualdad, sino con los presuntos herederos del general Franco y sus secuaces. Mientras tanto, Pablo Iglesias a lo suyo, regalando a Obama un libro sobre la guerra incivil, recordando al mundo que los españoles somos capaces de morir, y matar, por nuestros ideales.

Ochenta años. Y quizás piensen que escribo este artículo para defender la idea de que la única forma de acabar con esas diferencias que anidan debajo de la piel, que se enroscan en nuestro subconsciente, es que socialistas y populares compartan responsabilidad de gobierno en la tan sobada "gran coalición". No aspiro a tanto, hace tiempo que dejé de creer en las utopías y de pedir peras a los olmos. No creo que en esta generación de políticos haya la generosidad y la valentía necesaria para romper los prejuicios, para trabajar juntos contra los nubarrones que se agolpan en el horizonte internacional y presagian una nueva tormenta económica.

Simplemente me conformaría con que un año de estos, dentro de uno, cinco, o quizás para el centenario de esta efemérides, en ese lejanísimo 2036, se celebrara un acto en las Cortes en el que nuestros líderes se dieran la mano y delante de todos nosotros se comprometieran, olvidando viejas afrentas, a que nunca más los hermanos se matarán por sus ideas, a que nunca más levantaremos la mano contra el adversario, a que defenderemos siempre el derecho a pensar distinto de los demás. Sin adornos, sin grandes palabras, dejando de reprocharnos quién hizo qué y recordando que nada justifica la violencia. Ochenta años. ¿Acaso vamos a necesitar otros cien más para dar por concluida la dichosa Guerra Civil?