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Las emociones rotas

28/05/2015 07:26 CEST | Actualizado 28/05/2016 11:12 CEST
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Los primeros momentos que se suceden tras una ruptura sentimental son de desesperación y consternación. Todo se nos nubla. No vemos nada claro. Nos sentimos aturdidos y mareados. Físicamente notamos una debilidad y como una especie de golpe en el corazón. La sensación es tremendamente desoladora.

A partir de ahí, lo que debes hacer es entregarte al proceso y rendirte ante él. Deja que las emociones que tienes afloren. Tienes derecho a ello, así que no reprimas tus emociones porque, si lo haces, se esconderán en un cajón de tu interior y se alimentarán de suciedad, envenenando tu vida y estallando con cualquier excusa.

En los primeros momentos de una ruptura, estamos sometidos a una gran tensión y no vemos nada porque las hormonas que recorren nuestro cuerpo nos ciegan. Es muy común que durante los primeros días llamemos a personas cercanas o a familiares en busca de una respuesta que explique y le dé una razón a lo que acaba de ocurrir en nuestra vida. En el fondo vamos buscando aliados que se vengan a nuestro bando con el fin de hacer fuerza y provocar que la otra persona recapacite sobre su decisión y se arrepienta de ella, dando marcha atrás. Tú sabes que esta estrategia no va a funcionar, pero estás convencido de que tienes que intentarlo todo, antes de darte por vencido.

Estos momentos están bañados de mucha exaltación y los solemos vivir desde nuestro lado más exagerado. Pasados esos momentos, esos días, esas horas, debes comprender que acabas de iniciar un proceso de duelo que tienes que atravesar para sanar tu vida y recomponer tu corazón. Éste es un proceso duro en el que van a salir de su madriguera las sensaciones y emociones más extremas. Deja que salgan. Ábreles la puerta. Las dos emociones más fáciles de reconocer son la ira y la tristeza. Si la ira no sale y no se expresa se convierte en rencor y éste nos va a llevar al resentimiento. Si la tristeza no se manifiesta se convierte en desilusión y en desesperanza. Llora y siente. Rabia y siente. Cuando nos lo permitimos evitamos que las emociones hagan costra en nuestro interior, algo muy peligroso, por cierto, porque nos hace escondernos en una armadura. Desde ahí no se disfruta la vida y ni tan siquiera llegamos a rozarla.

¿Qué nos va a pasar en esta fase aguda de duelo?

  • Nos vamos a comparar con los demás.
  • Vamos a mirar con recelo otras relaciones.
  • Podemos llegar a obsesionarnos con nuestra situación.
  • Pensamos que estamos desahuciados.
  • Nos mostramos herméticos y cerrados.
  • Aparece nuestra ironía más áspera.
  • Puede que nuestra frivolidad nos visite para dar sensación de fortaleza.

No te escondas. Muestra tu vulnerabilidad. Tienes derecho a ello. Es un paso muy potente para que nada se quede dentro de ti. Pon tus ojos en lo que quieres y poco a poco deja de mirar las cosas que ya no puedes cambiar. Entra en tu zona de influencia y maneja las actitudes que tienen que ver contigo. Deja de mirar a la zona de preocupación, que es desde donde ves la vida como una estafa, lo que te ha pasado como una catástrofe y a ti mismo como un sufridor de la vida.

La herramienta que te va a ayudar en el primer momento es la respiración. Ésta es la que recomiendo porque es la que nos da la vida, la más sencilla de usar y la más tranquilizadora que tenemos a nuestro alcance. Siéntate en una posición cómoda, cierra los ojos y lleva tu atención hacia ti. Puede que quieras salir huyendo porque la idea de aislarte te genera angustia. Has roto tu relación y estás descompuesto por dentro, por lo tanto esta reacción es normal.

Toma aire tranquilamente. Inhala un poco más de aire del que tomarías normalmente. Alarga un poco el momento siendo consciente de él y exhala serenamente. Éste es un ejercicio que calma a tu organismo y que aplaca los gritos de tu mente. Cuando tomamos aire nos renovamos y cuando lo soltamos dejamos ir a nuestras tensiones. No te preocupes si te acechan pensamientos demoledores. No entres en ellos, obsérvalos como un espectador de una obra de teatro. Estamos trabajando nuestro sistema emocional y lo que queremos es dejar de lado al estrepitoso ruido de nuestra mente.

Concéntrate ahora en tu cuerpo y lleva una mano a aquella parte que está en tensión y conecta con esa sensación. Quédate un momento ahí, sintiendo ese malestar y reconociéndolo a través del tacto.

  • ¿De qué está hecha esa tensión?
  • ¿A qué otra situación de tu vida te recuerda el estado en el que estás ahora?
  • Trae esa situación a la realidad de tu aquí y ahora y piensa en qué se parece el pasado al presente. ¿Cómo puedes relacionar ambas situaciones?
  • ¿Qué mensaje te están dando esas situaciones?

A través de estas preguntas permitimos que emerjan nuestras emociones, sean las que sean, y las abrazamos. Quédate un rato con ellas en un espacio de intimidad. Cuando lo creas conveniente, agradece a tus emociones el que se hayan expresado y vuelve a tomar conciencia de donde estás abriendo poco a poco los ojos. Este ejercicio es un masaje orgánico muy poderoso y una forma de decirle a tus emociones que no tengan miedo a salir y que les permites que se expresen tranquilamente. La expresión es la manifestación viva y exacta de lo que llevamos dentro, sin represiones, huidas o negaciones. La expresión alivia y aclara. Apórtate luz y apártate del automatismo del día a día. Te lo debes.

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