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'¿Qué hacer?'

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Hace unas semanas un buen amigo me regaló un libro (lo que confirma que es un buen amigo).

- No he visto apenas reseñas de este libro pero es una joya escasa en estos tiempos. Un diálogo sosegado acerca de qué debe/puede hacer la izquierda, alejada del ruido del debate táctico- me dijo.

- Esas cosas que solo hacen los franceses- añadió con sorna.

Ante esta invitación me dispuse presuroso a acometer su lectura. En esta España de ruido y furia, de tuit rampante, de opinión partidista de corto plazo, de pensador imberbe mass media, es difícil encontrar esta clase de espacios. He aprovechado pues los tiempos que me permitían los (tantos) viajes de esta precampaña y campaña para leer ¿Qué hacer?, de editorial Edhasa.

Efectivamente, ¿qué podemos hacer en nuestras sociedades democráticas para trascender el bloqueo político, para contraatacar desde la izquierda ante el retroceso frente a un capitalismo financiero globalizado que amenaza nuestro modelo de igualdad y a la propia democracia? ¿Qué podemos hacer para dejar de estar a la defensiva y moldear un proyecto alternativo a la decadencia de nuestro modelo social?

Como decía, no es habitual observar una discusión profunda entre dos representantes de dos modelos intelectuales, alejada del ruido y la furia del tacticismo político inmediato. Marcel Gauchet y Alain Badiou son dos intelectuales franceses que confrontan dos soluciones radicalmente diferentes. El primero representa la salida reformista dentro de nuestro modelo de democracia liberal, un socialista democrático que cree que hay cosas que cambiar pero que es éste el mejor marco para hacerlo. El segundo representa el movimiento neocomunista que ha resucitado en nuestros países bajo diferentes denominaciones. Merece la pena detenerse un instante a pensar, a confrontar reflexiones y modelos.

Alguna de las reflexiones de M. Gauchet nos resultarán familiares:

"Una parte de la izquierda actual me recuerda intensamente a la vanguardia consciente de los partidos revolucionarios que tanto me repugnó en mi juventud. Se presenta como una especie de nobleza ilustrada que se mueve en el cielo puro de las ideas, como una élite de iniciados cuya motivación principal es señalar la distancia soberana que los separa del curso de las cosas. En el plano psicológico esa actitud puede hacerles bien, hacerlos sentirse diferentes, rupturistas. ¡Pero en la práctica no tiene ninguna eficacia! (...) creo que la radicalidad es con frecuencia una pose. No hablo de la radicalidad intelectual auténtica, la que consiste en abordar los problemas de raíz. Hablo de la radicalidad políticamente rentable, la consistente en ver quién se opone más al mundo tal como es. (...) eso permite recoger los beneficios simbólicos de la radicalidad sin tener que pagar por ella bajo la forma de un verdadero trabajo. La pose reemplaza al contenido y se convierte en un fin en sí."

Continúa el "filósofo" francés:

(...) la pose de radicalidad es chic, uno puede sacar pecho en las discusiones públicas, dictar conferencias en salas abarrotadas, pero es vana. (...) A decir verdad, la hipótesis comunista me parece típicamente impregnada por los valores... del capitalismo, del clima mediático mercantil en el que estamos sumidos. Funciona como una marca atractiva, una etiqueta vendedora, una distinción."

Para Badiou, por contra, el modelo democrático liberal está agotado y es inútil por ser incapaz de liberarse de la tenaza de los poderes del capital. Plantea pues recuperar la hipótesis comunista, en lo que es un ejercicio de honestidad intelectual que habría que exigir a quienes en nuestro país también presumen de "antisistema", pero que en lugar de plantear su verdadera agenda se sitúan en una buscada ambigüedad. Es chocante observar afirmaciones, ante el reproche histórico sobre el devenir del modelo comunista, tales como:

"El conteo de los muertos es la dimensión cero de la polémica política. Con respecto a la Revolución Cultural [de la que se declara epígono] se prefiere la indignación a la comprensión". Parece que "Seiscientos cincuenta mil muertos en diez años en la escala de China" es una cifra razonable, porque "¿cómo imaginar que una lucha por una reorientación total del poder (...) puede hacerse sin importantes estragos materiales y humanos?".

Obviamente me sitúo en la onda de Gauchet, en cuanto a que la democracia liberal sigue siendo el ámbito más adecuado para una reformulación de la izquierda respetuosa con los derechos humanos, para la recuperación del subjetivismo político mediante la incorporación de cada vez más ciudadanos/as al proceso de cambio. Ésta y no otra, la activación política del malestar y su vehiculación política adecuada mediante grandes alianzas alejadas del populismo es la fuerza que puede reequilibrar la fuerza del capitalismo financiero. Pero también comparto la sorpresiva conclusión del diálogo, que dejo para quien se tome la molestia y el placer de sumergirse en la lectura de esta maravilla.

No lo dejen de leer.