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Extranjera III

25/10/2017 07:24 CEST | Actualizado 25/10/2017 07:24 CEST
Getty Images/Panoramic Images
Hondarribia.

Hay cosas que nunca cambian. En EEUU huele a target, a comida rápida y a prisas; muchas prisas por alcanzar algo que aún hoy, cinco años después de haberme mudado a la loca ciudad de Nueva York, no he descubierto qué es. En Hondarribia, mi pueblo, huele a mar, y al fresco que se te mete en los huesos al atardecer, y a habladurías.

Con el tiempo me he vuelto más crítica del país que me acogió hace más de media década, y más benevolente con el que dejé atrás. Voy de visita al pueblo, y parezco adorar todo, incluso lo que mi yo adolescente solía aborrecer. El "aquí las cosas no cambian", que tanto aburrimiento solía producirme, tiene hoy un atractivo especial. La falta de cambio, el saber que una puede regresar al pueblo y encontrar muchas de las cosas y gentes casi como las dejó, se ha convertido extrañamente en una fuente de confort; en un refugio familiar al que volver.

Hay cosas que nunca cambian. El picar puntual de las campanas; el olor del obrador de Santa María Magdalena por las mañanas; la luz en la tienda del zapatero que trabaja sin descanso hasta altas horas de la noche en la Parte Vieja; las cafeterías a rebosar de jubilados leyendo el periódico (de papel) mientras engullen el café con leche y el cruasán mañanero; los adolescentes cargando bolsas de plástico llenas de alcohol un sábado más.

Hay cosas que nunca cambian. Los pueblos, mi pueblo, ofrecen comunidad, pertenencia, apoyo. Pero no a costa de nada.

Hay cosas que nunca cambian. En Nueva York las sirenas y bocinazos hacen de campanas desordenadas. No hay zapatero en la ciudad que supere a Daniel, el extremeño que con 14 años se vino a Hondarribia como aprendiz. Las cafeterías parecen reservadas para gente sin canas ni tiempo para leer el periódico. Y las copas... ésas cuestan 12 dólares cada una.

Hay cosas que nunca cambian. Los pueblos, mi pueblo, ofrecen comunidad, pertenencia, apoyo. Pero no a costa de nada. Los pueblos, mi pueblo, son como un microcosmos también con sus propias reglas, sus secretos y orgullo compartidos. En los pueblos, mi pueblo, todo ejercicio de autodescubrimiento es de facto un ejercicio público, y por tanto sometido al escrutinio de todo vecino. Y si no, que se lo digan a menganito, cuya recientemente descubierta sexualidad llegó hasta mis oídos; a mí, que me importa un pimiento.

Hay cosas que nunca cambian. Como el estrés o inquietud que subyace en lo profundo del habitante de pueblo. Estrés por encajar con lo que se espera de uno, con el rol que a uno le ha tocado jugar. Estrés que viene de regreso cuando una va de visita; porque se quiera o no, una nunca deja de ser de pueblo. Ay.

Puedes leer aquí la primera y la segunda entrega de la serie Extranjera, de Irene Pedruelo.