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El veneno de la serpiente china

05/03/2013 08:17 CET | Actualizado 04/05/2013 11:12 CEST

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La noche del 9 de Febrero, el pequeño pueblo de Xitang, en la provincia de Zhejiang, se prepara para arder junto con el resto del país. Los niños juegan a cualquier cosa para engañar a la impaciencia, los adolescentes corren por las estrechas calles con pesadas bolsas cargadas de material altamente inflamable, las señoras llevan horas ya distraídas en las cocinas, apilando ollas y sartenes, los hombres matan el tiempo jugando Shuangkou con las cartas o visitando a familiares. El año del dragón, el mejor valorado de todos los animales del Sheng Xiao (zodiaco chino), da paso al de la serpiente, el dragón mentiroso y camuflado, hoy uno de los más denostados en la sabiduría popular, ayer fuertemente ligado al surgimiento de la civilización china.

Según la rica mitología taoísta, al principio de los tiempos, antes de que la primera dinastía Xià se hiciese con las riendas del incipiente imperio y que el contador de la historia se pusiese a cero, en la bruma de la civilización, una casta de superhombres sentó las bases de lo que es la china moderna.

Los Tres Augustos y Cinco Emperadores eran venerables sabios con estatus de semidios que enseñaron a los hombres que poblaban las llanuras y cuencas del Yangtze y el Río Amarillo a pescar, hacer fuego, escribir, construir refugios, unirse en matrimonio, sanarse utilizando las herramientas del entorno y reglar la embrionaria vida en sociedad. Dos de los Tres Augustos, Fu Xi y su mujer y hermana Nû Wa, tenían cola de serpiente y cuerpo de homínido. Crearon la raza humana a partir de muñecos de arcilla a los que dieron vida con sus poderes divinos y reinaron sobre ellos doscientos años. Se puede decir que la serpiente, por tanto, está tan ligada a la parafernalia taoísta como lo está a la cristiana, tentando a Eva a comerse la manzana.

Serpientes de fuego surcan los aires cuando las manijas del reloj apuntan las doce. Serpientes humanas corren por las calles gritando y riendo, tirando petardos. Todo arde en rojos, naranjas y amarillos, tintando el agua de los canales y la nieve que reposa en los tejados de colores escarlata. También los mercados entran en ignición. El dinero en circulación aumenta cada año nuevo chino un 20% para hacer frente a los faustos y llenar los hongbaos, sobres rojos que se llenan de dinero y se dan como regalo en estas fechas. Las marcas de relojes, coches, ropa, vinos o zapatos, tradicionalmente, incrementan sus ventas durante esta temporada, de media, en torno a un 10 y un 20% respecto a un mes normal.

Cuando los petardos dejan de tronar, las estaciones de tren, de autobús y aeropuertos vuelven a su estado normal de caos regulado, los lineales de los supermercados cesan de invadir los pasillos y abalanzarse sobre las cestas de la compra y las avenidas se vuelven a llenar de paraguas, cláxones y luces en ámbar, la inflación se abre paso como molesta resaca post fiesta. Los precios han aumentado un 2% en Enero del 2013 con respecto al año anterior. Los de los alimentos un 2,9%. La moderada inflación, a pesar de los efectos nocivos que un invierno inusitadamente frío ha tenido sobre la producción alimenticia, puede explicarse en gran parte porque las mediciones del IPC del año 2012 se encuentran distorsionadas por su coincidencia con el Año Nuevo Lunar, lo que en jerga económica es conocido como "efecto base" (base effect).

Las entidades reguladoras se mueven nerviosas en sus sillas. Un 2% de inflación en el mes de enero, a expensas de los números que arroje el festivo mes de febrero, no es un mal dato per se, pero según las previsiones, la economía se calentará a medida que los indicadores económicos vayan repuntando. Se espera que en febrero la inflación alcance un 2,7%, y de ahí, empiece una escalada que podría culminar a final del año rondando el 4%. Algunos comentaristas económicos defienden aplicar restricciones en el crédito a modo de eferalgán contra los excesos festivos para liberar la presión inflacionista, arma de doble filo, ya que coartaría el crecimiento de una economía falta de estímulos. Pero la inflación es un elemento desencadenante de tensiones sociales, un riesgo que el gobierno no está por la labor de correr. A este nudo gordiano se enfrentan los dirigentes cada año desde que la economía empezó a tambalearse por la floja demanda externa y caída de la inversión, especialmente en el sector inmobiliario. Este es, en definitiva, el veneno de la serpiente