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Un año como padre

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Desde hace casi un año entero, mi momento favorito de cada día es el instante en el que entro a levantar a mi hija de la cuna. Cuando abro la puerta, ella me mira, sonríe y grita de felicidad. Recuerdo la primera vez que lo hizo, el sentimiento tan distinto a cualquier otra cosa en el mundo. Fue un momento dulcísimo que tengo ocasión de revivir cada mañana, cuando voy a despertarla. Por difíciles que sean mis jornadas, ese instante hace que cada una empiece siendo un gran día.

Mia va a cumplir un año, y he estado reflexionando sobre el año que he pasado desde que me convertí en padre. Mi decisión de crear una familia, teniendo en cuenta que soy gay y estoy soltero, fue seguramente una mezcla entre la teoría de la bendita ignorancia y una auténtica locura, sin más. Tuve a Mia gracias a una madre de alquiler; Kim y yo habíamos comenzado nuestros respectivos procesos con otras personas, pero ambos se interrumpieron antes de lograr nada. Entonces coincidimos, y no sé si en aquel momento lo pensé así, pero ahora estoy convencido de que nuestros caminos se unieron por algo. Kim es fantástica, amable y cariñosa, y su familia es magnífica. Su generosidad y su amor hacen que me sea imposible imaginar haber tenido a Mia sin ellos y no tenerlos ahora en nuestras vidas. Se han convertido en nuestra familia. A pesar de todo lo que constituye tener un hijo de alquiler y todos los preparativos económicos, legales, logísticos y emocionales que entraña, fue un proceso relativamente suave para nosotros, y me siento de lo más afortunado por ello. No empecé a pensar que sabía en qué lío me estaba metiendo hasta después de nacer Mia; como le ocurre a cualquier futuro padre, mi vaga comprensión intelectual solo significaba que no tenía ni idea de lo que se avecinaba. Sin embargo, después de un año de ser el papá de Mia, he aprendido unas cuantas cosas, ninguna de las cuales es como yo pensaba.

Me encanta ser padre. Todavía me resulta extraño decir que lo soy, pero me siento bien. Cada día es mejor que el anterior y cada día me enamoro más de mi niña. Ser padre me ha dado la capacidad de amar con una intensidad sin límites. Yo, que soy un perfeccionista reformado y tiendo a compartimentar (es decir, no me van las emociones desatadas), me encuentro con que mi relación y mi amor hacia mis seres queridos se ha profundizado, y me siento agradecido por su existencia y por los lazos especiales que nos unen.

Me ha sorprendido ver lo complejos que son mis sentimientos sobre mi vida actual. Todo es más. Mia me da más felicidad de la que jamás pensé posible que me diera una persona; la quiero más de lo que jamás pensé que podía querer, y me ha abierto a querer también más a quienes me rodean. Estoy más exhausto y frustrado que nunca, pero también, curiosamente, tengo más energía. Mi vida es más frenética, y antes de Mia estaba convencido de que era una vida de lo más ajetreada; aun así, me las arreglo para salir adelante todos los días. Quererla y criarla es probablemente la parte más fácil de ser padre. Sin embargo, mi manera de abordar la paternidad es lo que me ha hecho cambiar mi visión y mi perspectiva sobre todas las demás cosas y todas las demás personas en mi vida, y eso ha supuesto una gratificante sorpresa, un regalo inesperado del hecho de tener una hija.

Ni yo soy un padre perfecto ni mi hija es perfecta, y la vida sería aburrida si lo fuéramos, pero siento una satisfacción que nunca imaginé y que seguramente nunca supe que necesitaba. Es difícil ser padre soltero, es un equilibrio como el de caminar por la cuerda floja sin red, como sabe cualquier padre. Están los detalles obvios: yo antes era una persona muy puntual y, en el año que llevo de padre, no he conseguido todavía salir con ella por la puerta para llegar a ningún sitio a tiempo (y a tiempo, ahora, quiere decir 15 minutos tarde). Algunas cosas se quedan sin hacer, y a veces se me acaba el tiempo o, sobre todo, las ganas de hacer ciertas cosas. Pero lo que he aprendido es que uno hace lo que puede y con eso basta.

Creo que muchas de las cosas que experimento son universales, tanto para los padres gais como para los heterosexuales. En ocasiones me ha parado gente desconocida para decirme que resulta alentador ver a un padre haciendo las cosas de las que normalmente se ocupa la madre. Suelen ser las mismas personas que me dicen que mi esposa es muy afortunada y que, a continuación, me piden disculpas con total sinceridad cuando les corrijo. No me molestan, porque son errores de buena fe. La verdad -y tal vez es en parte porque tengo la suerte de vivir en una ciudad donde puedo atreverme a soñar- es que no me parece que, para mí, ser padre gay sea muy distinto de lo que es ser padres heterosexuales para mis amigos. Todos queremos a nuestros hijos y tratamos de ser los mejores padres posibles. Y todos estamos agotados.

Ahora bien, lo que más me cuesta, y creo que ahí entra la combinación de ser gay y soltero, es intentar tener una vida social. Sé que nunca voy a tener la misma vida que antes de que naciera Mia, y me parece muy bien, pero he tardado mucho en comprender, durante este primer año, que necesito esforzarme más para encontrar cierto equilibrio. ¿Y salir con alguien? Ya, claro. Eso es sin duda lo más difícil, conocer y enamorarse de alguien con quien compartir el sueño de un futuro común, que quiera ser padre y en quien confiar como futuro padre de Mia. ¿Existe un hombre así? Sí, estoy seguro. ¿Lograré alguna vez compartir mi vida con él? Eso espero. Mi hija me ha abierto la puerta a esa esperanza. Si ocurre, seremos una familia más grande y feliz. Por ahora, nuestra familia somos Mia y yo. Mia es una niña feliz, charlatana, divertida, curiosa, lista, educada y preciosa. Y ser su padre me convierte en el hombre más afortunado del mundo.

Jason Guberman es vicepresidente de asuntos empresariales y legales de ITV Studios. Supervisa todo lo relativo a las series que produce la empresa en sus oficinas de Nueva York. Vive con su hija en Nueva York.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Un día en la vida gay es una serie de blogs que narra las luchas, las alegrías, los triunfos y las derrotas, las esperanzas y los deseos de las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales que viven en uno de los seis países que tienen ediciones nacionales del HuffPost (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, España e Italia). Cada semana, un bloguero distinto de uno de estos países cuenta su historia personal y su punto de vista sobre cómo es la vida donde reside.