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El capitalismo se ha ido... y no nos hemos enterado

25/02/2016 06:58 CET | Actualizado 24/02/2017 11:12 CET

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Foto: ISTOCK

Vaya por delante que no soy economista; pero, como otros muchos ciudadanos de mi entorno, tengo la sensación de que lo que llamamos capitalismo ya no existe. Al menos, no existe como creíamos que era. Vamos, que es un poco raro lo que vemos a nuestro alrededor. Se trata de sensaciones, más o menos racionalizadas. Muy lejos de una llamada a la lucha final. El capitalismo se está muriendo desangrado de sí mismo. Y no nos estamos enterando. Seguramente no nos queremos enterar porque, al fin y al cabo, estamos hechos de capitalismo. Conforma nuestro sentido más común, aun cuando muchas de sus acciones y consecuencias estén lejos de garantizarnos siquiera la supervivencia. Veremos algunas pruebas de su inexistencia, que me parece que van bastante más allá de la crisis económica general que estamos viviendo.

Uno de los aspectos más llamativos es el coste de las cosas: ¿cómo algo producido en un lugar del mundo puede llegar a costar veinte veces menos que la misma cosa producida en otro lugar del mundo? Las diferencias en coste de la mano de obra no parecen explicar tales distancias en el coste. Hay que tener en cuenta, además, cómo ciertas mercancías -como ropa o incluso productos electrónicos- llegan a costar la quinta parte del salario mínimo por hora de un país desarrollado. Ustedes mismos se lo habrán preguntado cuando ven los precios en uno de esos bazares, que aquí denominamos los chinos debido al origen de la mayor parte de sus regentadores. Por ejemplo, cómo se explica que una camisa se ofrezca al público al precio de dos euros, teniendo en cuenta que exige producción de las materias primas, elaboración, empaquetado y transporte. Tengo la sensación de que, además de la posible existencia de una profunda explotación de la mano de obra, hay algo más. Lejos de ser la camisa del hombre feliz, como en el cuento, deviene la camisa siniestra.

Veamos ahora el caso de lo que se paga por un billete de avión. El precio de un asiento puede llegar a ser treinta veces el del asiento de al lado, en el mismo trayecto. Por mucho que me lo quieran explicar por la relación entre oferta y demanda, o porque desde el mágico análisis a través de big data se conoce mejor las motivaciones -y se explotan mejor- del consumidor, no lo entiendo. ¿Cómo asimilar utilidad marginal y precio con tales diferencias? Cuando me explicaban en clase de economía los precios como resultado del cruce de las curvas de oferta y demanda, el eje de los precios tenía un rango que podríamos calificar de asequible, de manera que el precio mayor posible jamás pasaba del triple del precio menor posible. A partir de ese rango, por arriba o por abajo, cabía sospechar algo.

Más extraño es escuchar que alguien puede llegar a pagar intereses negativos por la compra de títulos de deuda estatales: compran deuda, con lo que financian a ciertos estados, y además pagan por tenerla. Seguro que no es así, pero así parece. Es más, lo que parece que se llevan allí es el dinero para guardarlo, como si tales estados hiciesen de caja fuerte. Pero tal funcionamiento dista de ser lo que habíamos entendido por capitalismo y por mercado.

El capitalismo no es ese monstruo que frecuentemente se dibuja desde la izquierda. Tampoco es un tigre de papel. Es un zombi.

Por otro lado, cada vez hay más transacciones, trabajos, esfuerzos y, en general, prácticas que se hacen fuera del mercado. Desde los movimientos Open hasta las colaboraciones en red, pasando por los cientos de redes sociales en los que se produce, para beneficio general, sin que exista mediación monetaria. Software libre o información, sin mediar publicidad ni intercambio monetario.

Las situaciones descritas son bastante comunes y conducen a la afirmación de que los mercados están, como poco, raros. Si no, vean las últimas evoluciones de los precios de las materias primas o la montaña rusa en la bolsa. Echarle la culpa a China me parece demasiado fácil. Mi sensación, porque sigo hablando sólo de sensaciones, es que los mercados no funcionan. Y tal vez lo peor es que el mercado no tiene solución para los grandes desafíos. Así lo apunta Paul Mason en su Poscapitalismo. No tiene solución para el calentamiento global, el envejecimiento de la población o los movimientos migratorios. El FMI o el Banco Mundial seguirán asesorando para que todos esos problemas se regulen desde el mercado o, al menos, para que dejen vivo al mercado. Pero instituciones como éstas ya parecen tener poca credibilidad. Sobre todo, de cara a sus predicciones. De manera que si dicen que esos problemas han de resolverse desde el mercado es porque no pueden resolverse desde el mercado.

En sus estertores finales, el capitalismo se lanza a mercantilizar lo que antes estaba fuera del mercado. Mercantiliza el uso de uso de nuestras casas en Airbn, de nuestros coches y tiempo con Uber o una infinita sucesión de plataformas para que pongamos a la venta los espacios y tiempos que antes considerábamos privados y privativos. Pero no parecen sino últimos coletazos para atarnos a un capitalismo que es incapaz de cuidarse por sí solo.

Cuando un sistema no tiene solución para los grandes problemas, es porque tal vez esté agotado. Y con esto no quiero decir que estemos asistiendo al alumbramiento de un nuevo sistema. A lo peor, los sistemas no nacen, sino que simplemente terminan por agotarse o caerse los anteriores. Tampoco estoy diciendo que el que esté naciendo por incomparecencia del saliente sea mejor que éste. Tal vez porque no queramos ver lo que pueda venir o estemos ya acostumbrados a nuestro viejo cuerpo capitalista -incluyendo su explotación y la riqueza generada- no vemos que ya estamos en otro sistema. El capitalismo no es ese monstruo que frecuentemente se dibuja desde la izquierda. Tampoco es un tigre de papel. Es un zombi.