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Expertos: profetas del mal

28/10/2013 07:23 CET | Actualizado 27/12/2013 11:12 CET

La inteligencia tiende al pesimismo. Como decía Gramsci, hay que anudarla con el optimismo de la voluntad para evitar caer en la inacción o en la acción negativa, de retroceso, de retirada. Ahora esa inteligencia -inteligencia colectiva y especializada encarnada en los expertos- se ha especializado en redactar informes para preparar lo peor.

La relación de los expertos con el futuro es, tal vez hoy más que nunca, complicada. Por un lado, su función principal está en adelantar -incluso predecir- el futuro. Su conocimiento de un campo se pone al servicio de la exposición de las consecuencias -futuras- que tendrá tal o cual acción. Pero, entre su saber experto, se encuentra el principio de incertidumbre o lo difícil que es predecir el futuro, ya que en todo campo actúan distintos elementos, procesos y actores. Así, se encuentra en la posición de tener que certificar el futuro, basándose en los profundos conocimientos que tiene del pasado y del presente, con un enorme principio de precaución y esa tendencia al pesimismo. El resultado es que la mayor parte de los vaticinios son negativos.

Como bien saben ellos mismos, en sus informes tienen que simplificar la compleja realidad. Seleccionar unos criterios sobre otros, unas variables sobre otras, para construir esos escenarios de futuro. Por eso suelen diferir las conclusiones entre expertos del mismo campo cuando se enfrentan a igual objeto de análisis. Seleccionan distintos criterios a tener en cuenta, o ponderan su relevancia de distinta forma. ¿Y qué es lo que lleva a unos a dar prioridad a unos criterios; mientras que otros expertos se lo dan a otros? Escuelas, corrientes, ideologías, tradiciones, experiencias, pueden explicar tales diferencias. A veces, decisiones encerradas en una caja negra, que solo se abrirá en caso de accidente catastrófico. Es decir, cuando el error nos haya afectado a todos, cuando se trata de informes destinados a apoyar medidas con gran repercusión en la sociedad.

En cualquier caso, se acude al experto porque domina un campo. Cuando quien reclama su actuación es el poder político -el Gobierno, por ejemplo- lo del dominio del campo adquiere, al menos, un doble sentido. Como conocimiento de ese campo y como ocupación de una posición dominante en el mismo. Casi siempre, ambos aspectos van unidos, por lo que se da preferencia a lo segundo sobre lo primero. ¿Qué significa que ocupa una posición dominante? Que tiene cierta capacidad de control sobre ese ámbito profesional, en forma de ocupación de posiciones en colegios profesionales, asociaciones profesionales, institutos de investigación, observatorios, corporaciones, centros, etc. relevantes y reconocidos dentro de ese ámbito de actividad. Por lo tanto, a su carácter de experto se suele unir cierto grado de institucionalización y de representatividad. De alguna forma es como si el poder llamase al poder, en una especie de ejercicio de horizontalidad. El poder político llama al poder profesional.

Pues bien, el Gobierno del PP, que se ufana en decir que es el que más reformas ha llevado a cabo en nuestra democracia (de Guindos, 14 de julio de 2013), ha hecho un extenso uso de los expertos, de los grupos de expertos para llevar a cabo tales reformas-contrarreformas. Sorprende tal inclinación al uso de expertos, frente a la escasa comunicación con los distintos agentes sociales y representantes institucionalmente reconocidos de los sectores que podrían verse afectados por tales reformas. Lo hemos visto con las reformas en pensiones, en la Ley de Costas, en educación. Se inclina más por el informe que por el pacto; por presentar conclusiones encargadas, que por la negociación. El problema es que los expertos no se presentan a las elecciones. Al menos, hasta ahora no lo han hecho. Aun cuando si siguen teniendo tanta influencia sobre las decisiones, como quieren presentárnoslo, tal vez lo más interesante es que se presenten directamente ellos con sus respectivos currículos. Las elecciones se convertirían en selecciones de personal. Viendo cómo está la clase política y la alta legitimidad y enorme reconocimiento que tiene la ciencia, pues los expertos se presentan como científicos...

Este nuevo Gobierno de los sabios vicarios parece especialmente pertinente cuando se trata de justificar medidas que penalizan a la sociedad. Es como si se intentara una transferencia de culpabilidad. Un mecanismo que funciona con los siguientes pasos: a) los gobernantes ya tienen decidido tomar unas medidas que podrían afectarles negativamente en sus aspiraciones electorales por mantenerse; b) se forma un grupo de expertos suficientemente sensibles a las expectativas gubernamentales, pues es posible que hasta hayan hecho público su discurso al respecto con anterioridad; c) el grupo realiza un informe con las recomendaciones que, entre otras cosas, llevan a la decisión previamente tomada; d) los gobernantes, iluminados por el conocimiento vertido en el informe e inflados de responsabilidad, redactan medidas basadas en ese informe.

Los expertos adquieren así una importante inyección simbólica a relativo bajo coste. Si se hace lo que se dice en los informes, pero sale mal, será culpa de quienes no supieron llevar a cabo correctamente las recomendaciones. Si sale bien, se llenarán de medallas. Hay que tener en cuenta que el papel del experto no es de la acción, sino el de apoyar ideológicamente con sus dictámenes las decisiones de quienes tienen que tomarlas. La responsabilidad del experto es baja. Su responsabilidad democrática, prácticamente nula.