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Las políticas de la clase media y el 26J

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Foto: EFE

En el periodo más reciente de gran expansión de las clases medias, el de los treinta años que siguen a la segunda guerra mundial, cuando se definía a buena parte de las sociedades occidentales como sociedades de clases medias, el debate sobre la relación con el orden social y el cambio social de esta difusa categoría atravesó la sociología. Para unos, como el británico especialista en estructura social John Goldthorpe, las clases medias tendían al conservadurismo político, y eran poco más o menos las guardianes del orden social. Otros, especialmente en la otra orilla del Atlántico -y también en otra orilla ideológica a la de esas afirmaciones-, consideraban que las clases medias eran activas protagonistas del cambio social y base de las ideologías progresistas.

A partir de entonces, las investigaciones han mostrado que no se debe simplificar y que, como suele ocurrir, la realidad es más compleja. Se plantea así que hay que tener en cuenta la propia historia, evolución y dinámica de las estructuras sociales e institucionales de cada sociedad. En una de esas últimas investigaciones, también radicada en Gran Bretaña, Mike Savage y su equipo plantean que la clase media contiene tanto sectores conservadores como radicales, guardianes del orden y propulsores del cambio de sistema social.

Buena parte de la radicalización de la clase obrera se inclina hacia la ultraderecha.

Por un lado, sectores de la clase media de fuentes patrimoniales-empresariales y altos profesionales, con tendencia al orden y a posiciones ideológicas y políticas conservadoras. Por otro lado, nuevos profesionales -tanto por sus campos como por sus edades- con un extendido consumo cultural y, utilizando un concepto arraigado en la sociología reciente, con un amplio capital cultural, en todos los sentidos: tanto formal o con certificado (acumulación de titulaciones), como de consumo estético y de prácticas culturales, siendo los más proclives a ser situados bajo la categoría de omnívoros culturales, en la medida en que tienden a gustar de todos los géneros y estilos. Entre o más allá de estos dos perfiles de la clase media, hay muchos más; pero estos nos sirven para establecer los más inclinados respectivamente al voto conservador y al voto progresista, a políticas fiscales de bajos impuestos y baja inversión pública y a políticas fiscales de expansión de la inversión pública y amplios servicios sociales. Pues bien, es el segundo sector el que, tras pasar por el distanciamiento de la política con comportamientos abstencionistas o con votos bastante distantes o escépticos, se está radicalizando con la crisis económica en muchos países europeos.

Así, tenemos una clase media -especialmente en función de su posición de origen y de sus expectativas también originarias- con una alta formación y un bajo reconocimiento -bajos salarios o, simplemente, sin encontrar empleo- radicalizada preferentemente hacia la izquierda, siendo el principal foco de la crítica indignada. Mientras que buena parte de la radicalización de la clase obrera se inclina hacia la ultraderecha. Una radicalización alimentada por múltiples miedos, que van desde la amenaza del desempleo crónico hasta los crecientes obstáculos encontrados en el acceso a la educación de los hijos y la sanidad, hasta la experiencia cercana del trabajador pobre.

En una situación de regresión de la clase media, tanto numérica, como simbólica e ideológicamente, lo que parece perderse de vista son las posiciones más centradas y moderadas. Se acentúa la defensa del orden e incluso las reclamaciones de un viejo orden, como mejor que un orden actual que se percibe como débil, amenazado y tambaleante; y, al mismo tiempo, aumentan las proclamas de cambio, salida o transformación del sistema político y la sociedad. El espacio para posiciones moderadas, centradas o intermedias, de la gran negociación o gran pacto, que es lo que ha caracterizado a las sociedades de los estados del bienestar, queda ahogado. Es más, quien se sitúa en ese espacio es, a la vez, reclamado y acusado por ambos polos. Creo que tal espacio se encuentra con grandes dificultades de cara a las elecciones del 26-J, y quienes preferentemente lo ocupan, que son los que parece que buscaron con mayor ahínco un acuerdo para formar un Gobierno que evitase una nueva convocatoria electoral, lo hacían porque tienen las de perder en la nueva solicitud para que los ciudadanos voten. Al menos, para que sean votados por una clase media en crisis.