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Khaleesi, tinta de calamar y la recién creada consejería de Cultura

05/10/2017 07:30 CEST | Actualizado 05/10/2017 07:30 CEST
EFE

En el pasado Debate del Estado de la Región, Cristina Cifuentes esperó a los últimos minutos de su intervención para anunciar grandes cambios en el Gobierno. Después de dos años de "funcionamiento exitoso" de la Oficina de Cultura y Turismo, afirmó, había llegado el momento de elevar sus competencias al rango de Consejería.

La creación de una Consejería propia para abordar los asuntos de la cultura es una buena noticia, pues esta es una demanda tradicional del sector y supone un reconocimiento de la especificidad que entraña la política cultural. En Podemos llevamos reclamando la creación de esa Consejería desde el primer pleno de esta legislatura, en 2015. El Gobierno nos dijo entonces que su omisión no era un gesto arbitrario ni caprichoso, sino que venía obligado por el mandato de su programa electoral que recogía que Cultura dependiera de la Presidenta del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Hoy, sin embargo, Cifuentes cambia de parecer. Nos preguntamos por qué. Tenemos algunas respuestas.

En primer lugar, con esta decisión, Cristina Cifuentes continúa con su estrategia de usar la cultura como complemento de su propia imagen. En sus largos años de gobierno en la Comunidad de Madrid, el Partido Popular ha cosechado un resultado catastrófico en cuanto a sus relaciones con el mundo de la cultura. El desprecio, el maltrato y el ninguneo fueron constantes durante el Gobierno precedente al de la presidenta actual. Consciente de ello, Cristina Cifuentes ha llevado a cabo una inversión tenaz en relaciones públicas para dar la apariencia del restablecimiento de un diálogo entre el Gobierno y el sector. La Consejería de Cultura sería la guinda que viene a coronar ese aparente compromiso del Gobierno con el sector.

Pero no habría que llamarse a engaño, pues los números demuestran la inexistencia de compromisos sólidos y reales por detrás de la fachada publicitaria: el presupuesto de cultura en la Comunidad de Madrid representa tan sólo el 0,6% del presupuesto global. Mientras que, el del Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, alcanza el 3%. El Gobierno de Cristina Cifuentes destina a los seis millones de habitantes de la región una partida cinco veces menor de lo que destina el Gobierno de Carmena a los tres millones de personas que viven en la ciudad de Madrid. Y esta situación se repite en la comparativa con el resto del Estado. La Comunidad de Madrid está a la cola de prácticamente todas las Comunidades Autónomas en inversión en cultura. Lejísimos de Cataluña, Valencia o el País Vasco. En estos dos años no ha habido una traducción material real, a hechos concretos y positivos, de lo que enuncian las fotos y las declaraciones de intenciones de Cifuentes.

En segundo lugar, la siguiente razón del súbito cambio de parecer de Cristina Cifuentes con respecto de la Consejería de Cultura, salta a la vista en cuanto se mira con un poco de atención la panorámica general de los cambios que se han llevado a cabo en el Gobierno. Al tiempo que se crea esta Consejería, salen del Gobierno Jaime González Taboada, consejero de Medio Ambiente, y Jesús Sánchez Martos, consejero de Sanidad. Taboada, hombre señalado por todos, salpicado por los escándalos de la Púnica y Arpegio, y Sánchez Martos, apodado "el telepredicador" y ampliamente conocido por sus ocurrencias, como aquella de recomendar que los alumnos hicieran abanicos de papel para combatir el excesivo calor que padecieron los estudiantes madrileños en las aulas el pasado verano.

Los madrileños y las madrileñas merecen, en definitiva, una política cultural seria, que vaya más allá de dejarse ver en un estreno, salir en un reportaje o hacerse una foto.

En Podemos hemos pedidos en varias ocasiones la dimisión del primero, y hemos llevado a la Asamblea la reprobación del segundo. Nos encontramos ante una crisis de Gobierno y Cifuentes, sin pudor, usa de nuevo la cultura para tapar sus vergüenzas. Es la misma estrategia que la que empleó el día en el que Daniel Ortiz fue imputado en el caso Púnica. Entonces la señora Presidenta decidió presentarse en el hemiciclo vistiendo una camiseta de Khaleesi, con el objetivo de que los titulares hablasen de su elección de indumentaria y no de la dimisión de Ortiz. Se trata de golpe de efecto que sirve como tinta de calamar, para ocultarse en la mancha oscura. Pero la cultura no es un elemento de distracción, sino algo mucho más importante. Sin embargo, una semana después, sabemos que tanto el uno como el otro han encontrado un buen refugio. Taboada es propuesto para ir al Senado y Sánchez Martos ha sido colocado en la Fundación para el Conocimiento Madri+d. La Presidenta, finalmente, no va a ser tan Khaleesi como pretende sino que, como los Lannister, siempre paga sus deudas.

Al tiempo que Cifuentes alardea de elevar la Cultura a rango de Consejería, la mete en un cajón de sastre junto con Turismo, Deportes y Juventud. El hecho de seguir manteniendo a Cultura junto a Turismo revela claramente cuál es el modelo de cultura que tiene en mente el Partido Popular: supeditado a la promoción turística y no a los intereses y disfrute de quienes vivimos en la Comunidad de Madrid. Esto era manifiesto ya en los presupuestos de 2017, en los que el Gobierno se jactaba de haber aumentado el presupuesto de la Oficina de Cultura y Turismo cuando lo que realmente aumentaron, en un 50%, fueron las partidas dedicadas a turismo, en un modelo que entiende la cultura como programación de eventos y actividades de ocio dirigidas a atraer a los turistas a nuestra Comunidad. El propio Álvaro Ballarín, nuevo Viceconsejero de Cultura y Turismo, vinculaba no hace mucho la creación de empleo en el sector cultural al turismo. Mal horizonte asoma para la cultura si esta es su única apuesta para la creación de empleo. La solución no pasa por turismo sino por entender la cultura como sector estratégico en sí mismo.

De momento, la política cultural del Gobierno de Cifuentes no ha presentado ninguna variación con respecto a la que el PP ha venido realizando durante los últimos diez años. Ojalá el futuro alumbre algo distinto, pero no parece muy probable que, si no ha sido así en la primera parte de la legislatura, vaya a comenzar a serlo ahora, pasado ya el ecuador.

En la Comunidad de Madrid, fuegos artificiales aparte, sigue estando todo por hacer: recuperar las enseñanzas artísticas en las escuelas e impulsar las bibliotecas escolares; renovar el Consejo de Cultura para que sea un órgano de participación real; poner a funcionar realmente la Red de Teatros y mejorar la Red de Bibliotecas; recuperar la financiación autonómica para las Escuelas de Música, Danza y otras disciplinas y reforzar los Conservatorios profesionales; poner en marcha un verdadero programa de ayudas a la creación; apostar firmemente por la descentralización con líneas específicas de apoyo a los municipios que fomenten sus tejidos culturales locales; modificar de una vez la Ley de Espectáculos y Actividades Recreativas; incorporar la categoría de cooperativas artísticas a la Ley de Cooperativas; recoger de la subcomisión del Estatuto del Artista aquellas cuestiones de competencias autonómicas; recuperar el 1% cultural; y cuidar realmente el patrimonio cultural de los madrileños. Y, por supuesto, aumentar el presupuesto de cultura más allá de ese miserable 0,6%.

Estas son, entre otras muchas, las tareas que se han dejado de hacer en estos dos años de gobierno de Cifuentes y que merecen que la presidenta se aplique a ellas al menos con tanto empeño como pone en hacerse selfies.

Los madrileños y las madrileñas merecen, en definitiva, una política cultural seria, que vaya más allá de dejarse ver en un estreno, salir en un reportaje o hacerse una foto. Una política cultural que refleje una preocupación real por las necesidades del tejido y por el fomento del acceso de todos los madrileños y madrileñas al disfrute, a la creación y a la práctica cultural. Si el cambio de Consejería no conlleva un cambio en el enfoque de la política la cultura, de nuevo habrá sido puesta al servicio de algo que no es ella misma, en este caso, al servicio de ocultar una crisis de Gobierno.

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