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Lo que puedes aprender sobre tu identidad profesional del carpintero que revolucionó la navegación

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2016-07-04-1467645145-8502017-carpintero.jpgComo dijo la protagonista de La Joven del Agua, a nadie le dicen quién es cuando nace. ¿Sabes tú quién eres? No me refiero a cómo te llamas, o a tu profesión, o a si eres padre, madre o hermano. Tampoco me refiero a aquello en lo que crees, sino a lo que constituye tu auténtica esencia, tu identidad más profunda.

Una de las más grandes historias que jamás ha llegado a mis oídos sobre la identidad profesional es la de un humilde carpintero que invirtió toda su vida para descubrir que, en realidad, estaba destinado a ser uno de los grandes hombres de su tiempo.

Yo pienso, como dicen que dijo George Bernard Shaw, que la vida no consiste en encontrarse a uno mismo, sino en construirse a uno mismo. Y que nos construimos con las cosas que hacemos, y también que al construirnos aprendemos quiénes somos.

Y de eso va esta historia.

Seguramente sabrás que hay gente que se dedica a buscar barcos hundidos. Lo que poca gente imagina es por qué hay tantos. Uno de los motivos es tan simple como sobrecogedor: en los comienzos de la navegación transoceánica, los barcos se hundían porque no sabían dónde estaban, y acababan defenestrados colisionando contra rocas inesperadas, o siendo destrozados por arrecifes que, en teoría, no deberían estar allí donde los encontraban. Esto era debido a que, a diferencia de la latitud, no se conocía un método para calcular la longitud de manera precisa. El problema era tan grande que en 1714 se publicó el Decreto de la Longitud, que prometía una recompensa equivalente a dos millones y medio de euros a día de hoy a quien encontrara una solución.

Y aquí es donde aparece John Harrison.

Aquel carpintero pensaba que la dimensión que finalmente solucionaría el problema no era la distancia, sino el tiempo. De modo muy simple, el planteamiento era este: si se podía llevar a bordo un reloj suficientemente preciso que siempre marcara la hora del lugar de partida, al mediodía, cuando el sol estuviera lo más alto en el horizonte, se podría leer en el reloj la hora, y comprobar el desfase horario. Como la tierra realiza una vuelta completa (360º) en 24 horas, cada hora correspondería a 15º de longitud.

Harrison invirtió treinta años, toda una vida, en fabricar diferentes modelos de cronómetros marinos que demostraran su teoría. El Decreto exigía que un reloj utilizado para resolver el problema de la Longitud no debía desfasar más de 3 segundos por día. En el primer viaje que hizo el último modelo de Harrison cruzando el océano se verificó una desviación de tan solo cinco segundos en casi tres meses de navegación.

Esta historia siempre me ha fascinado, primero porque en sí es fabulosa, y segundo porque creo que se pueden extraer de ella enseñanzas importantes:

• Averiguar tu auténtica misión en este mundo, puede ser algo que te lleve toda la vida. Plantéate, por tanto, que aquello a lo que te dedicas hoy puede que forme parte de algo más grande en el futuro. Todos nuestros actos pueden tener efectos acumulativos, y no serías la primera persona que un día descubre que todo lo que ha hecho a lo largo de su vida, en realidad, no era sino una preparación para algo realmente grande.

• Cuando una persona verdaderamente cree en algo, se empeña en ello, y persevera día a día y año a año, puede llegar a lograr hazañas impensables, como por ejemplo resolver uno de los problemas más importantes de su tiempo.

Las personas que han logrado cosas increíbles no tenían una genética esencialmente diferente a la tuya o a la mía. La gran diferencia siempre está en la actitud y en las habilidades, que se desarrollan con esfuerzo y tiempo. Por eso siempre merece la pena asomarse a estas historias, porque nos inspiran y nos ayudan a comprender el camino hacia el éxito.