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¿Evitar o impedir?

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Foto de Niza después del atentado/EFE

Con frecuencia escucho a periodistas, comentaristas, políticos, etc., usar las palabras evitar e impedir con poco cuidado, solaparlas, confundirlas, intercambiarlas, como si significaran lo mismo, pero, como veremos, no es así.

Evitar viene del latín evitare, que significa huir, escapar o sustraerse de algo. Es una palabra compuesta por el prefijo e-/ex- y el verbo vitare. De acuerdo con los sabios diccionario etimológicos, la formación del verbo vitare tiene varias raíces, pero la más plausible es la que lo considera un frecuentativo de viere, que en origen significaba doblar, torcer, retorcer y especialmente trenzar el mimbre, ya que tiene la misma raíz indoeuropea que la palabra vimen (mimbre).

Quedémonos pues con esta idea: evitar es saber esquivar ágilmente las situaciones incomodas, arriesgadas o inconvenientes de la vida. Pero también es saber flexibilizar y adaptar los pensamientos y acciones, y, paradigmáticamente, doblar el mimbre con paciencia y buena mano para hacer buenos cestos.

Impedir, sin embargo, viene del latín impedire, que significa hacer entrar en grilletes, trabar los pies, y que está formada por el prefijo in- que equivale a sin o privación, y pedes o pedicae, que son los grilletes que se ponen en los pies de los prisioneros. De impedire derivan también otras palabras restrictivas, como impedancia (resistencia eléctrica), o impedimento (obstáculo).

Luego parece claro, evitar es un concepto positivo e impedir es negativo. Evitar es conseguir un objetivo con habilidad, sacando lo bueno de algo o de alguien; pero impedir es inhibir, obstaculizar, e implica hacerlo con fuerza, con restricción, contra algo o alguien.

Pero si traigo a colación estas farragosas cuestiones etimológicas no es con ánimo de corregir errores lingüísticos de nadie, pues no tengo autoridad para ello, sino para reflexionar sobre el significado de ambas palabras en relación con los actos de violencia terrorista que venimos sufriendo en los últimos años.

Veamos, las medidas de los estados en materia de seguridad, las actuaciones judiciales, policiales, militares, etc., se basan en el modelo representado por la palabra impedir, y, como se puede constatar, son poco o nada útiles cuando se enfrentan a personas, grupos o actos fanáticos, irracionales o imprevisibles. No digo que no sean necesarias, que no sean eficaces en ciertos momentos y contra ciertas acciones, pero en general no dan muy buen resultado, y si lo hacen, es a corto plazo y es difícilmente apreciable por la población y sostenible por los estados.

¿Si evitásemos la fanatización de las personas más débiles, vulnerables y manipulables, impediríamos que cometiesen actos violentos?

Sin embargo, cuando los métodos impeditivos se combinan con métodos evitativos, la cosa funciona mucho mejor. Tómense como ejemplos los casos del IRA, las FARC, o incluso la ETA, en los cuales junto a las medidas judiciales y policiales, se han adoptado decisiones políticas y sociales, con acciones proactivas para cambiar las condiciones de vida de las personas, para negociar y flexibilizar las posiciones enfrentadas, haciéndolo desde la habilidad y la constancia, con más tenacidad que fuerza, conformando estados de opinión y estilos de vida más democráticos. Pero esto ni se hace, ni se intenta, y quizá ni se pueda, con el terrorismo islámico.

Luego parece claro. Contra las conductas violentas, imprevisibles, absurdas, fanáticas, irracionales... del terrorismo yihadista o similares, poco sirven los métodos impeditivos. Por muy buenos grilletes que pongamos a muchos, siempre habrá otros con los pies y las manos libres para cometer tropelías y barbaridades. Si los países democráticos, civilizados y modernos no aplican medidas evitativas no podrán impedir atrocidades como las de Paris, Bruselas o Niza.

Ya sé que lo que expresó es muy teórico, quizá demasiado ingenuo, pero no por ello es menos cierto. Por eso quiero acabar este escrito con algunas reflexiones finales, al estilo de los textos científicos que frecuento.

Veamos, el contenido de este texto se podría resumir en un dilema: ¿Si evitásemos la fanatización de las personas más débiles, vulnerables y manipulables, impediríamos que cometiesen actos violentos?

Si este dilema se resuelve positivamente se generaría un lema: "Si sabemos evitar, no tendremos que impedir".

Este lema es acorde con algunos de los grandes principios inspiradores de las democracias modernas, que, idealmente, se formulan en trilemas geniales sustentadores de la civilización, como el conocido "Libertad, igualdad y fraternidad", que los terroristas se empeñan en destruir.

Quizá ellos prefieran otros más del tipo "Dios, patria y justicia"; un dios intolerante y terrible, claro; y una patria extenuada y sangrienta, por supuesto; y una justicia... ¿qué justicia? O quizá lo que sucede es que ni siquiera tienen lemas, ni dilemas, ni trilemas, pues otros se lo dan todo pensado, dicho y hecho.

Así pues la conclusión es clara: cultivemos flexibles mimbres, abonémoslos con cultura, trabajo y seguridad, curvémoslos con las hábiles manos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, y haremos buenos cestos para el pan, donde ahora solo hacemos ataúdes para la muerte.