Jesús Martínez Álvarez

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Cuando la mamá es el ogro

Publicado: 05/03/2013 08:02

Vivimos, leemos y disfrutamos de una gran explosión blogosférica y en las redes sociales sobre maternidad. Los blogs de madres, afortunadamente inundan cualquier publicación digital. Nunca la lactancia y crianza tomó tanto protagonismo social y mediático.

Que una diva de la canción decida tener a su bebé por cesárea puede suponer toda una convulsión en las redes sociales, por lo de mal ejemplo que supone para los interesados en el embarazo, parto y lactancia natural. Muchas portadas, artículos y debates se pueden ver a diario donde la lactancia y crianza están pasando a un primer plano. El amor materno filial y el buen hacer con los hijos lo inunda todo hasta el fanatismo. Términos como colecho, porteo, lactivismo, amor maternal y dedicación absoluta son trending topic en cualquier búsqueda en la red. Una voz disonante o un método excesivamente conductista puede provocar un amargo debate donde haya que dilucidar si se es mejor madre por hacer esto o lo otro o si eres un pediatra cavernícola por avalar la tesis.

Como pediatra -no podría ser de otra forma- estoy muy a favor de la lactancia materna y de su promoción. También de dar la mayor autonomía a los pequeños y me gusta hacerlos grandes cuanto antes sacándolos de debajo de las faldas de su madre. Jamás se me ocurriría culpar a una madre por tomar una decisión libremente a favor de una u otra actitud. Puedo hablar de lo que hicimos en mi casa con mis hijos, nada más.

Pero no es ese el tema que me trae hoy aquí. Sirva solo de introducción para fijar posiciones y recordar que la realidad es diferente. A veces tanto amor de madre nos embelesa y al llegar a consulta nos arroja a la cara la brutal realidad del día a día. Un mar de maternidades estresadas por el trabajo multihorario, por la poca o nula conciliación laboral existente en nuestro país, por las todavía escasas aportaciones paternas a la faena, nos lleva a la conclusión de que desgraciadamente la feliz blogosfera maternal a día de hoy es una honrosa excepción. La generalidad se mueve en un querer y no poder, en un sentimiento de malestar por desear dar una felicidad que se le resiste a sí misma.

Y para irnos al otro lado de la balanza nos topamos con el llamado bebé no deseado. No entro en el maltrato punible, sino en la situación cotidiana de no amar a tu hijo o hija. Una situación que se detecta en consulta por la palabra, pero sobre todo por el lenguaje no verbal con los chicos, desprecios, medicalización porque no se soporta la situación, desatenciones, pequeños accidentes, castigos a destiempo, etc. No conforman a un maltratador sino a un progenitor al que le cayó mal el regalo o no tenía el instinto tan repartido como pudiera parecer.

A propósito de un caso, el que me hace reflexionar estas cosas, es el de una paciente que se podría catalogar de alterada, pero no psiquiátrica, porque todavía no ha pasado la línea roja. Aparentemente su vida es normal: vive en un barrio residencial de Madrid en un chalet adosado, trabaja, lleva su casa con decoro, sus vecinos hablan muy bien de ella, pareja poco implicada pero es que trabaja muchas horas, tres niños, el primero lo tuvo muy joven con otra pareja de la que nunca más se supo. Este, el mayor de los tres, es un niño enfermizo; siempre está malo, con sus 6 años ha pasado más de 15 veces por urgencias desde que nació el hermano pequeño, hace 5 meses. Tres neumonías no muy claras, siempre está con diarrea, ha perdido mucho peso, no come, un esguince de tobillo y una brecha en la ceja. De sus múltiples visitas al centro de salud y sobre todo a urgencias ha cosechado un arsenal de medicinas que asegura tomar religiosamente. Múltiples análisis, radiografías, ingresos hospitalarios y pruebas de todo tipo llevan al mismo diagnóstico, al niño no le pasa nada.

Ha cambiado de médico varias veces y visitado todos los hospitales de la zona. Nadie da con lo que le pasa al niño. Ha buscado en Internet, consultado on-line y gastado dinero en médicos privados. Cada uno aporta sus remedios que aumentan el armario de las medicinas y pruebas diagnósticas pero nadie consigue dar con la solución. Es una madre al borde de la locura.

Pero algo no cuadra. Todo empezó cuando nació la benjamina deseada. El mayor que apareció de penalti es un estorbo y será eliminado si la psiquiatría no lo impide. Es un cuadro que llamamos síndrome de Munchausen: la madre se ha convertido en el ogro. El peor enemigo de su hijo vive en casa.

Sé que es un caso extremo, pero, ¿no os trae a la memoria esa madre que visteis el otro día? ¿Esos síntomas que no sois capaces de explicaros en aquel niño? A diario podemos apreciar distorsiones de lo que debiera ser.

Yo en cuanto cierro la consulta me voy a las redes sociales. Es una realidad que me gusta más.

 

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