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La buena muerte

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Shutterstock.

Circula el llamado Canon de la muerte ideal, elaborado por Marga Marí-Klose y Jesús M. de Miguel propuesto para la ciudadanía española en el año 2000 y que viene a sintetizarse en los siguientes puntos:

  • Morir sin dolor.
  • Morir durmiendo o inconsciente.
  • Morir rápida y súbitamente aunque no joven.
  • Morir a edad avanzada aunque en buenas condiciones físicas y mentales.
  • Morir rodeado de lo seres queridos.
  • Morir en tu propia casa.

La primera pregunta que uno puede hacerse es si es posible, en rigor, establecer un canon ideal sobre la muerte que sea extensible para una aceptación mayoritaria de la población. Un canon indiscutible, que no exija matices. Soy yo así de peculiar o lo que es verdaderamente peculiar es la idea de muerte que tiene cada uno. Ese canon, más allá de la bondad de sus puntos, pone de relieve la manera en cómo entendemos nuestra vida y nuestra muerte.

El primero de los puntos es claro: no queremos dolor. Queremos una muerte higiénica y analgésica, del mismo modo que queremos una vida así. Es posible evitar en gran medida el dolor físico, estamos capacitados para ello y es estúpido prolongar una vida cargada de dolor y sin esperanza alguna de superación de esa situación en algún momento, cuando esto no se desea y es posible evitarlo. De hecho es mayor el miedo al dolor que a la propia muerte. Ese primer punto creo que resulta indiscutible para todos, el problema radica no en cómo idealizamos nuestra muerte sino en cómo pretendemos también idealizar nuestra vida, convirtiéndola también en algo higiénico y analgésico.

El dolor forma parte de la vida y es por lo tanto inevitable. Nos encontraremos en algunos momentos y periodos con ese dolor físico que se podrá paliar, a veces pero no siempre, y sufriremos también el dolor psicológico y será inevitable que nos enfrentemos a él. Hemos construido una sociedad formada por unas personas que no saben cómo gestionar el dolor, que lo intentan apartar, cerrar los ojos ante él, ignorarlo, nos asusta. El enfrentamiento con ese dolor nos deja a menudo muy tocados, perturbados, incluso, por nuestro afán obsesivo e inútil de evitarlo, un afán que nos lleva a construir una sociedad que se empeña en alzar muros que impidan el acceso del dolor ajeno. Está bien pretender una muerte sin dolor pero no podemos evitar la vivencia del dolor a nuestro alrededor. El afán curativo y analgésico ha de ir más allá de nuestra persona y nuestra familia. Lo que yo he hecho hasta el momento final justifica o no, en gran medida, mi deseo de vivir sin ese dolor.

La muerte forma parte de la vida pero no queremos vivirla. Comprendo la sorpresa que en algún momento produje al decir que deseaba saborear la muerte.

El segundo de los puntos del canon es morir durmiendo o inconsciente. Se trata de morir sin saber que se va a morir. Dormir y no despertar. Completamente contradictorio con el deseo de morir rodeado por los seres queridos. Pretendemos una muerte no vivida, renunciamos a ser actores en ella, deseamos hacer mutis por el foro sin ser conscientes de ello pero ante nuestros espectadores queridos con un aplauso y un llanto final. Queremos morir sin saber que morimos, con una larga vida detrás, conscientes de la cercanía de ese momento pero deseando que al mismo tiempo nos atrape por sorpresa.

La muerte forma parte de la vida pero no queremos vivirla. Comprendo la sorpresa que en algún momento produje al decir que deseaba saborear la muerte. Dicho así puede parecer un acto de masoquismo o incluso de cierto sadismo al pretender que mis seres queridos contemplen esa prolongación. Puede ser que llegado ese momento me atrape el terror pero no me gustaría que fuese así, desearía poder despedirme y poder besar, pedir perdón y dar la gracias, vivirlo con equilibrio y serenidad, poder contagiar paz y no transmitir miedo.

Vivir el momento previo a la muerte, que no tiene por qué ser el instante inmediatamente anterior. Me gustaría poder elegir ese momento si mi situación es un dolor permanente para mí y para los otros, saber que cuando me duerma, me duerman, ya no despertaré. Tener tiempo en esa idealización para volver a ver a las personas que fueron algo en mi vida, poder despedirme de ellas y decirles aquello que me faltó por decir. Aquí introduzco necesariamente un término demasiado denostado y rechazado: la eutanasia. Todo esto es incompatible con una muerte inconsciente y rápida.

El momento ideal para la muerte es aquel en el que la prolongación de la vida es puramente artificial. Con la finalización no asistimos a una muerte artificial sino al final de una vida artificial.

Este es el tercero de los puntos de ese canon: una muerte rápida pero no joven, coherente con el cuarto, una muerte a edad avanzada. ¿Cómo puedo establecer ya el momento ideal para mi muerte? El momento ideal para mi muerte ha de ser aquel en el que la vida ya carezca de sentido para mí, aquel en el que solo transmito dolor. Desearía que ese momento me llegara a edad avanzada pero nunca se sabe a ciencia cierta cuándo llegará y menos cuándo se padece una enfermedad neurológica de progresivo deterioro. Eso sí, desearía que ese momento me llegara con los deberes hechos, creo que para todos es así, especialmente cuando se deja una familia detrás.

El momento ideal para la muerte es aquel en el que la prolongación de la vida es puramente artificial. Con la finalización no asistimos a una muerte artificial sino al final de una vida artificial. Es ese momento a los 30, 40, 50, 60 u 80 años en el que quizá deseemos morir, toda la vida que se nos prolongue más allá de él, empeñados en una lucha contra la propia vida, es un esfuerzo insensato. En muchas ocasiones yo seré consciente de que la muerte se me acerca y podré participar en la decisión de que ésta llegue ya y en la forma en la que deseo que llegue. Ser protagonista hasta el último momento en el que pueda forma parte de mi muerte ideal.

Claro está que quisiera morir rodeado de mis seres queridos, pero no para que ellos me vean fallecer sino para poder realizar una despedida, para poder besar y ser besado, para poder llorar en calma con ellos si es necesario o para poder decir alguna broma si es posible y recibirla con las manos entrelazadas. Quisiera estar rodeado de mis seres queridos pero no necesariamente en el momento de mi muerte clínica sino en aquellos últimos minutos en los que yo pueda ser señor de mi consciencia. A partir de entonces sólo queda la ida que bien puede ser instantes después o prolongarse más tiempo. No me gustaría morir solo aunque no sé si en ese momento seré capaz de percibir la compañía. Si así fuese, claro que me gustaría sentir el roce de una caricia o la música de unas palabras de cariño si en verdad me hubiera ganado esto.

Por último no me importa tanto el lugar del momento exacto de mi muerte sino todo lo anterior. El lugar viene de alguna manera determinado por el modo de vida en el que nos encontramos, por la dispersión de los miembros de la familia que hace que los ancianos, los abuelos, difícilmente formen parte del núcleo doméstico. Cada vez más todas estas palabras son una idealización de la muerte pues podremos morir solos de la misma manera en que seguramente viviremos solos y cada vez más moriremos lejos de nuestro hogar en la medida que ya no tendremos hogar, las residencias parece que serán nuestro destino, los "morideros" como dice Luis Montes.

El hablar paradójico de una buena muerte puede llamar la atención pues la muerte siempre será dura pero es posible aspirar a que nos quede de ella un sabor agridulce y esto es posible.

Un periodo demasiado extenso de nuestra vida en el que descendemos hacia esa muerte y en el que difícilmente podemos contar con la presencia que nuestros familiares durante todo ese tiempo. Es todo este tiempo final en el que la muerte no está presente el que realmente me da miedo y el que me gustaría evitar, anticipándola si fuese necesario. Es todo lo anterior lo que es verdaderamente importante, sin mis seres queridos no habrá hogar y éste se encontrará allá donde se encuentren ellos.

Tanta vida que queremos cumplir sin tratar apenas esta cuestión, tanto tiempo desaprovechado en el que creemos que ésta no llegará en la medida en que la ignoramos. Seguramente nuestra muerte nunca será plenamente ideal pero hablar sobre ella y tomar decisiones sobre ella, cuando aún estamos a tiempo, podrá servir para que aquellos que nos rodeen de verdad entonces intenten hacer que ésta se aproxime de algún modo a ese ideal. Hablar es espantar, de alguna manera, su fantasma y es aprender a vivirla aunque sea desde la ficción con el intento de ofrecer un testimonio sobre ella, sean cuales sean las condiciones en las que la vivamos.

El hablar paradójico de una buena muerte puede llamar la atención pues la muerte siempre será dura pero es posible aspirar a que nos quede de ella un sabor agridulce y esto es posible. La despedida siempre nos producirá llanto pero también es posible que tiempo después, no mucho después, nos arranque una sonrisa. Esto dependerá de las circunstancias en las que ésta se produzca, pero también de cómo nosotros, los que acabamos el ciclo vital, la vivamos y no está mal que empecemos a hacerlo desde ya, cuando la muerte para nosotros no deja de ser una idealización.