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Un grito insoportable

05/02/2014 07:49 CET | Actualizado 06/04/2014 11:12 CEST
El día en que podamos decir "la crisis

se ha acabado" está muy lejos. Ese día

habrá llegado cuando no se oiga más

el insoportable grito que sale de la

garganta de millones de personas que

han perdido su trabajo, sus ingresos,

sus ahorros, sus empresas, la confianza

en sí mismos, la confianza en los

demás, la confianza en las instituciones

que debían velar por sus intereses

o la confianza en un sistema de asignación

de recursos al que contribuían

honestamente cada mañana con su esfuerzo

y sus impuestos aspirando a

cambio a un entorno estable y predecible

en el que prosperar.

Porque, de esta crisis, debería salirse

como se sale de una forja moral.

Renovados, fortalecidos y dispuestos a

no volver a cometer, al menos durante

una generación, los errores del pasado.

Admitiendo, de paso, que

nuestra estulticia y negligencia,

cuando no nuestra avaricia, ha batido

todos los records. Pero no. En los próximos

meses, se vocearán los primeros

indicadores netamente positivos

de que estamos dejando atrás la crisis.

Lo cual estará muy bien a falta de

nada mejor. Es más, nos apresuraremos

a colocarnos medallas cada vez

que un indicador nos dé una pequeña

alegría, sin reparar en la enorme distancia

que todavía nos separa de las

referencias de pre crisis, muchas de

las cuales no deberían ser las de 2007,

en cualquier caso.

No hemos dejado de hacer cosas,

sin embargo, durante todos estos años

problemáticos, más o menos en plazo

o con la intensidad deseable. A lo largo

de esta crisis habremos acumulado,

incluso, una montaña de normas sobre

reformas estructurales, leyes de

transparencia y anticorrupción, pactos

para el crecimiento y el empleo,

guías de buenas prácticas en materia

de innovación y emprendimiento, etc.

También habremos acumulado toneladas

de papel conteniendo los incontables

sumarios por casos de corrupción

y mala praxis dolosa y culposa. Sumarios,

más insultantes y dolorosos para

quienes lo han perdido todo actuando

de buena fe, cuanto más profundo

ahonda la crisis.

Saldremos técnicamente de la crisis,

claro que sí. Pero, al morlaco de

las reservas morales, desde las que

esta crisis nos interpela a todos, le daremos la larga cambiada y la estocada baja con la

que los toreros de postín despachan a los animales

que no se dejan torear. Seguiremos insensibles a

las increíbles lecciones que se desprenden de lo

que nos viene sucediendo desde que, borrachos de

dinero barato, con los graneros fiscales a rebosar,

bajando todas las guardias en los sucesivos anillos

defensivos de nuestro sistema de asignación de recursos,

empezamos a asignar el talento empresarial,

el crédito, los presupuestos y la fuerza

laboral a los objetivos equivocados. La crisis empezó

hace casi tres lustros, no nos engañemos, cuando

plantamos las bombas de relojería

inmobiliarias, financieras, de gasto público estructural

innecesario que estallaron con devastadoras

consecuencias en 2008.

No hay forma de zafarse, pues, de la sensación

de que nuestra acción individual y colectiva (política,

social, comunitaria) debería orientarse de

muy otra manera para salir, de verdad, de la crisis

y, especialmente, para definir las reglas del juego

social y económico de esta primera mitad del S.

XXI. Con una primera década perdida, construyendo

un decorado de cartón piedra que se ha venido

abajo, mucho me temo que volveremos a

perder la segunda en curso tratando de levantarlo

de nuevo al tiempo que extendemos el certificado

de defunción de los siete años de vacas flacas. Ojalá

que ese grito insoportable de quienes han perdido

todo nos acompañe, para nuestro escarnio,

mientras no seamos capaces de diseñar un sistema

de normas individuales y colectivas más eficiente,

sensato y, por añadidura, justo.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Empresa Global, de Analistas Financieros Internacionales.