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Capítulo XVI: La otra vaca

17/07/2013 07:38 CEST | Actualizado 15/09/2013 11:12 CEST

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Nos encontramos en Marketinia, una ciudad habitada exclusivamente por logotipos publicitarios y personajes de los anuncios. Nuestra historia comienza el día en que la policía encuentra el cadáver de Mimosín, el osito del suavizante. Parece haber sido asesinado. Y de forma no demasiado suave. El Capitán Pescanova, un exmarino reciclado a poli, es el oficial a cargo del caso. Sus primeras indagaciones no son muy prometedoras. Tras descartar de momento al desconsolado novio del peluche, Mister proper, y a su aparentemente aún más desconsolado ex, el Gigante verde, el Capitán habla con el forense que realiza la autopsia, el mayordomo de Tenn, que le da una pista interesante: en el cuerpo de Mimosín había restos de leche condensada. Ahora, Pescanova viaja hacia el norte de Marketinia para investigar esa pista.

En el océano, el Capitán Pescanova habría encontrado el camino con los ojos cerrados, pero en estas carreteras de montaña asturianas era absolutamente incapaz de orientarse. La persistente lluvia y la niebla, cada vez más espesa, no ayudaban demasiado. Hacía un buen rato ya que conducía a ciegas, tanto, que, sin darse cuenta, se había salido del asfalto y estaba circulando campo a través. De pronto, delante de él, le pareció ver la sombra de algo que obstaculizaba el paso. Frenó lo más rápidamente que pudo, pero no consiguió evitar la colisión. Afortunadamente, no iba muy deprisa y no fue más que un pequeño golpe. Se desabrochó el cinturón de seguridad lo más rápido que pudo, apagó el motor y bajó del coche. Nada más descender, escuchó una voz femenina, grave y profunda con marcado acento germánico.

- Joderrrr, tío, ya podías mirrrrrrar porrrr dónde vas...

- ¡Dios mío! -exclamó el capitán- ¿Habré atropellado a Angela Merkel?

Pero no. Tras acercarse a ella, comprobó que su víctima no era una oronda canciller alemana, sino... ¡una enorme vaca de color morado! Pescanova se frotó los ojos enérgicamente.

- Mierda, ¿estaré viendo visiones?... Lo sabía, no tenía que haberme tomado ese segundo pacharán después de comer.

- ¡Qué visiones ni que niño muerto, imbécil!, ¿es que no me rrrreconoce?- le espetó el animal.

El Capitán Pescanova se acercó aún más.

- ¡Por Neptuno, pero si eres Milka!

La Vaca de Milka. El Capitán la había conocido unos años atrás investigando una fuga de capitales a Suiza.

- Caramba, chica, siento lo del golpe, pero es que con esta niebla no hay quien conduzca...

- ¿Niebla? ¿qué niebla? -contestó el rumiante violáceo.

- Pues la... ¿niebla? -Pescanova alzó la vista. La verdad es que no había niebla de ningún tipo- rayos y truenos, sí que se ha despejado...

-¡Que despejado ni que despejado! Aquí no hay niebla, lo que pasa es que se pone usted a fumarrrrrrrrrrr esa pipa suya dentro del coche y monta una humarrrrrrrreda que...

- Anda, pues es verdad -reconoció avergonzado el Capitán contemplando la especie de bruma negruzca que aún envolvía el interior de su vehículo-. Bueno, dime, ¿estás bien?

- Sí, crrrrrrreo que no me ha rrrrrrroto nada. Perrrroo segurrrrro que me queda un buen moratón.

- Bueno, si de verdad es un "moratón", entonces no se te notará mucho...

- ¡Ja!, usted siempre tan diverrrrrtido...

- Pero oye -replicó Pescanova- ¿se puede saber qué haces tú tan lejos de los Alpes?

- Me jubilé hace unos meses y he prrrrrreferrrrrrido venirme aquí. Aunque ahorra parezca mentirrrrrrrra, por lo generrrrrrral, el clima es más agradable. ¿Y usted? ¿Se puede saberrrrrr qué se le ha perrrrrdido en medio de este prrrrrrrrado?

- Me temo que lo que se ha perdido soy yo mismo. Estaba buscando la casa de la abuela.

- ¿La casa de la abuela? Haberrrrrlo dicho antes. No queda muy lejos. Ande, sígame, le llevarrrrrrré de vuelta a la carrrrrrrrrrreterrrrrrrra. Una vez allí, le darrrrrrrrrrré instrucciones. Si consigue no volverrrrrrrrr a salirse de la pista, la encontrarrrrrrrrá fácilmente.

- Caramba, pues te lo agradezco de veras, Milka. Ha sido una suerte chocar contigo.

- Calle y conduzca. Y si me pierrrrrrde de vista, aguce el oído y siga al cencerrrrrrrrrro.

Pescanova volvió a subir al vehículo y condujo detrás de la vaca, preguntándose cómo iba a explicar en la comisaría lo de aquel tremendo bollo color violeta en el parachoques delantero.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.