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El tráfico y los riesgos asumidos

13/04/2015 07:22 CEST | Actualizado 13/06/2015 11:12 CEST

Con motivo del dramático y lamentable accidente de los espeleólogos españoles en Marruecos se ha desatado la polémica sobre la responsabilidad en las actividades de riesgo y la obligación del Estado (o del Gobierno, que es un matiz diferencial no siempre tenido en cuenta) de asumir los gastos de los errores y los accidentes. No voy a continuar la polémica sobre este caso concreto ni sobre declaraciones más o menos afortunadas. Pero sí que sirve para reflexionar sobre las responsabilidades personales y colectivas de una de las actividades que siempre están en el candelero de la actualidad; y más aún en estas fechas de los éxodos vacacionales. Me refiero a la conducción de vehículos.

La conducción, como casi todas las actividades humanas, implica un riesgo. Un riesgo bastante menor de lo que la mayoría de los ciudadanos cree y desde luego mucho menor de lo que los medios de información suelen reflejar. En esta Pascua ha habido 30 muertos en la carretera. Una cifra atroz y dolorosísima para el entorno de los afectados, pero desde un punto de vista estadístico, es un valor numérico notablemente bajo.

Las posibilidades de sufrir un accidente cumpliendo con las normas de tráfico son insignificantes; y el porcentaje de accidentes sin infracción previa o sin conductas temerarias o inadecuadas de algunas de las personas implicadas es prácticamente cero. Los accidentes domésticos son mucho más frecuentes que los de tráfico (aunque generalmente con menor gravedad) y las muertes por ahogamiento en playas, ríos y piscinas son (estadísticamente) más que en la carretera, aunque no consideremos al baño como una actividad de riesgo.

Sin la menor duda, esta baja cifra de siniestralidad en nuestras carreteras (una de las más bajas de Europa) obedece a un estricto control por parte del Estado: enseñanza regulada, policía específica para este control y un sistema normativo exhaustivo. En resumen, un control sobre esta actividad que no existe sobre casi ninguna otra que pueda hacer el individuo. Hay más control y más normas sobre la conducción que sobre los alimentos, la atención sanitaria o el manejo de explosivos. Y con buenos resultados, todo hay que decirlo. Probablemente, sin este severo control, el tránsito sí que sería una actividad de alto riesgo.

Por todo ello, en lo que la sociedad tiene que ponerse de acuerdo es en los riesgos que deben ser asumidos de manera colectiva (como vemos que es el tráfico) y los que son responsabilidad individual. Cualquiera puede intentar subir al Aneto con unas alpargatas y un chubasquero, pero que no exija que vaya a rescatarle un equipo de alta montaña. Tampoco nadie puede impedir que un surfista inexperto intente pillar la ola en Colindres en un día de resaca, pero que tampoco exija que Cruz Roja tenga una zodiac con cuatro voluntarios para sacarle del atolladero. Y así podríamos poner ejemplos hasta el infinito.

Para subir al Mont Blanc en los Alpes, hay, primero, que estar federados y con el correspondiente seguro; después, pasar por un breve examen de su experiencia y equipo; y finalmente, señalar la hora estimada de regreso. Si no se cumplen estas normas y se produce un rescate, la Gendarmería francesa pasa la factura al responsable, incluidas las horas de vuelo del helicóptero y las dietas de los miembros del equipo. Somos libres de elegir el nivel de riesgo que queremos asumir, pero nunca de los riesgos que otros tengan que soportar: ni siquiera sus riesgos económicos.

Hace unos años, en UNESPA (la patronal de las compañías aseguradoras) se debatió sobre la posibilidad de que las entidades no abonaran los gastos de los siniestros causados por conductas temerarias, incluidos los originados por conducir bajo la influencia del alcohol o sustancias estupefacientes. Y no está del todo claro si las aseguradoras tienen esa obligación contractual. En el contrato (que hace años que no tiene letras pequeñas) se exime de esta obligación a las compañías, pero no está generalizada esta práctica al menos en las pólizas a todo riesgo. Pero los conductores deben saber que su compañía puede hacerlo.

Nuestro sistema sanitario no contempla la "responsabilidad del daño" y cubre los gastos cualquiera que sea la conducta del accidentado. Somos afortunados, porque no en todos los países de nuestro entorno ocurre así. En EEUU, si conduces borracho y tienes un accidente, los gastos sanitarios de tu hospitalización no los cubre el seguro médico. Y no es el único país en que esto ocurre. Y no sólo por conducir bajo la influencia del alcohol, porque si hay una conducta temeraria por medio, el coste es por cuenta del responsable. Bromas, las justas.

No seré yo quien defienda tal práctica. Pero sí quien pida una reflexión sobre el imprescindible debate de las responsabilidades individuales o colectivas.