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¿Están los candidatos capacitados para gobernar?

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Foto: EFE

La fiesta de la democracia y la libertad es el día de las elecciones. Ese día realizamos un acto tan importante como el de elegir a quienes van a gobernarnos los próximos cuatro años. Aunque acabamos de ver que, a veces, la legislatura dura solo unos meses por la incapacidad de negociar. Entre todos y a través de nuestros votos, saldrán los que tendrán que negociar para formar Gobierno. En estos meses, la mayoría de candidatos ya han dado muestras de pasividad, de no saber renunciar para llegar a acuerdos, de intransigencia, de manipulación...

Por lo que hemos visto en el pasado, al final será una pequeña parte, si eso, lo que acabará cumplido de todo lo prometido en el programa electoral. Un pena, la verdad. No es agradable el escenario que veo ante las próximas elecciones en España.

Se supone o se debería suponer que los que nos gobiernan son los más capacitados para hacerlo, los que más cualidades tienen para ese difícil oficio de cuidarnos, protegernos, tomar las mejores decisiones para que el pueblo mejore su calidad de vida, para que el país funcione, que la riqueza y el patrimonio del Estado y de los ciudadanos crezca o, al menos, se mantenga. Son muchas las funciones que tendrán que ejercer y muchas las aptitudes que necesitan para poder afrontar su tarea con éxito.

Por lo tanto, los políticos deberían ser unas personas cualificadas para esas funciones. Si pienso un poco en cómo debería ser un gobernante, lo primero que me viene a la cabeza es, como un buen padre. Con todas las cualidades que debe tener un buen padre o una buena madre, que aquí no hablo del género de la persona, sino de la función. Cuidar, proteger, ser justo con los hijos, nunca abandonarlos ni traicionarlos, amarlos, educarlos, respetarlos, darles un modelo sano (honesto, sincero, buena persona, respetuoso, que esté en la realidad...), enseñarles mejores formas de vivir, ayudarles en su desarrollo... Son muchas más, pero para esta reflexión nos vale con estas. Añadiré algo fundamental: que la intencionalidad de sus decisiones y acciones parentales sea hacia los hijos.

Me gusta más hablar de gobernantes que de políticos, porque cuando pienso en los primeros, me imagino a una persona que, sin estar dentro de un partido, ha sido elegida por su trayectoria personal y profesional para ejercer un cargo en el Gobierno. Por el contrario, cuando pienso en un político, veo a alguien que ha pasado años subiendo peldaños en un partido político que, por lo poco que sé, me parece, cuando menos, un escenario poco sano en cuanto a las relaciones entre personas.

Si el sistema permitiera elegir a sus dirigentes entre la población en virtud de sus valores, de su saber, de su capacidad de entrega, de su honestidad o de su respeto a los demás, el país y la vida en él serían bastante diferentes. Mucho mejores.

Entonces, ¿cómo deberían ser los gobernantes? Para mí está claro que deberían ser personas cualificadas para ejercer las funciones que tengan su cargo. No es fácil que eso sea así, puesto que para ascender en política son necesarias unas habilidades que nada tienen que ver con las funciones del futuro cargo. En la base de los partidos no progresa el que más cuida, ama o respeta a los demás. Probablemente sea más importante ser un hábil maestro en estrategias de dilación, manipulación, en hablar sin comprometerse demasiado... Tampoco quiero ir por ahí, pero cuando me imagino el día a día en ese escenario me acuerdo de mi amigo Ricardo, que me decía: "No te imaginas lo que es tener que colocarte un cuchillo entre los dientes antes de entrar a trabajar por las mañanas".

¿Qué deberíamos buscar en los candidatos para votar por ellos en las próximas elecciones? Lo primero es que sean honestos. Ya eso es difícil de asegurar, puesto que todos dicen que lo son. Debe parecer honesto y, además, que su trayectoria lo manifieste. Deben ser coherentes en su comunicación. Es decir, que lo que dicen y lo que expresan con su cuerpo y con sus acciones, hablen de lo mismo. Que sean buenas personas. Que cumplan las reglas y que, si no están de acuerdo con ellas, que luchen honestamente para cambiarlas. Que podamos confiar en ellos. Necesitamos poder confiar en quien decide por nosotros. De lo contrario, estaríamos en un escenario en el que nosotros mismos no podríamos confiar en nuestra vida, que desafortunadamente es lo que está pasando, al menos en parte.

Que sean autónomos y libres a la hora de tomar decisiones. Que no estén al servicio de otros poderes (corporaciones, poderes económicos, religiosos, lobbies, narcos, etc.) y que esas decisiones sean con la intencionalidad puesta en el país y en las personas a las que gobierna.

También debemos buscar que los objetivos de su programa coincidan con los míos, al menos en parte. También es importante que sus valores y los míos coincidan. Aunque esto último no nos debe cegar los anteriores puntos. Estoy convencido que viviría mejor si quien preside el gobierno es honesto, si trabaja para el bien de mi país y de sus habitantes con seriedad y rigor. Si toma decisiones con la independencia necesaria. Si elige a sus ministros y cargos buscando la excelencia en su trabajo. Si adopta un programa económico pensando en la mayoría de la población en vez de en la minoría acaudalada y con poder. Si tiene todo lo anterior y no coincido completamente en ideología o religión, no creo que deba importarme demasiado. Los datos de la realidad me estarían confirmando que ese presidente es el adecuado.

Para saber a quién votamos, ayudaría mucho un cambio en la ley electoral y que pudiéramos votar a las personas y no a los partidos. Las listas abiertas depurarían convenientemente las posibilidades de mejorar el resultado final.

Si el sistema permitiera elegir a sus dirigentes entre la población en virtud de sus valores, de su saber, de su capacidad de entrega, de su honestidad, de su respeto a los demás..., el país y la vida en él serían bastante diferentes. Mucho mejores.