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Los tópicos son los que agotan

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Foto: EFE

Pronto se iniciará la nueva campaña electoral, aunque cualquiera que no viva en España y nos visite en estos días, si ve cualquier tipo de prensa, podrá concluir que la campaña electoral ya está lanzada a toda pastilla. De igual manera que en los inicios de la Transición nos inventamos aquello de la preautonomía, con el paso del tiempo, también creamos lo de la precampaña, que es una forma camuflada de denominar las campañas electorales de dos meses de duración.

Quienes diariamente nos informan de los dimes y diretes de esta precampaña son los mismos que se encargan de anunciar su pesadez con el argumento de que la gente está cansada de política. Creo que de lo que de verdad se cansa el ciudadano no es de la política, sino de la reiteración de las absurdas y reiterativas noticias sobre aquellos que se dedican a esa actividad. Ser seguidor de una emisora de radio ha comenzado a convertirse en un verdadero suplicio por cuanto, desde las seis de la mañana, se repiten a cada hora los mismos titulares con las mismas frases más o menos afortunadas, más o menos estúpidas, de quienes las pronunciaron como consecuencia de la inspiración de los nuevos y expertos asesores que tuitean y retuitean sin ton ni son las idioteces que se les ocurren desde el supuesto ala oeste de la Casa Blanca y cuyo principal defecto es el de no tener más currículum que el de asesorar.

Una de esas frases absurdas es aquella que dice: "A mí lo que me dice la gente por la calle es...", y sueltan la parrafada de rigor para decir aquello que le interesa decir al candidato o responsable político, queriendo dar la sensación de que el contenido de la frasecita tiene tanta fuerza y está tan cargada de razón porque no es la consecuencia de la reflexión del que la dice, sino de la sabiduría popular.

Debería estar prohibido hacer propuestas que exigieran la coletilla de 'aunque vaya en contra de los interese de mi partido'.

Oyendo lo de "la gente por la calle" se podría sacar la impresión de que los políticos no tienen otra cosa que hacer en la vida que pasear por calles, avenidas y plazas, siendo asaltados a cada cuatro pasos por ciudadanos que, en multitud, les dicen lo que el político dice que le dicen por la calle. Y debe ser que los que se acercan serán de la clientela partidaria, porque todavía no he escuchado a uno solo que diga que la gente le dice por la calle lo contrario del discurso que él quiere colocarnos apoyado en el decir popular. Tanto pasear explica por qué, a veces, las cosas de palacio van tan despacio.

En otras ocasiones ya no es la gente la que le concede la autoridad al político cuando dice algo, sino que la apoyatura viene de su sentido más patriótico, es decir, de los intereses de España. "Voy a hacer tal cosa aunque vaya contra los intereses de mi partido" es otra de las frases más tópicas y peligrosas que se deslizan cuando el que la pronuncia quiere darle solemnidad al bocado que quiere hacer tragar a los ciudadanos. ¡Cómo serán los intereses de los partidos, que cuando se trata de hacer algo que, supuestamente, va en beneficio de España, siempre, siempre, se añade la coletilla de "aunque vaya en contra de los intereses de su partido"!

Siempre estuve convencido de que los partidos trataban de defender los intereses de España, pero oyendo el topicazo, estoy por creer que España y partidos son antagónicos. Si defendiendo los intereses de España, perjudican los interese de su partido, está claro que los intereses de nuestro país y los de nuestros partidos son antagónicos. Ramón Rubial, que fue presidente del PSOE hasta su muerte en 1999 y que pasó 23 años en las cárceles franquistas por sus ideas socialistas, siempre decía que había que ser patriota del partido socialista si este defendía los intereses de España, porque, de lo contrario, para qué se necesitaba ese patriotismo. Debería estar prohibido hacer propuestas que exigieran la coletilla de "aunque vaya en contra de los interese de mi partido". Si la medida contribuye a hacer un país más prospero, más competitivo, más igualitario y más justo, lo lógico sería que el partido del proponente se viera beneficiado por la medida; si se sintiera perjudicado, es que ese partido hace propuestas que van en contra del progreso, de la competitividad, de la igualdad y de la justicia.