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Contra el antisemitismo, y contra el discurso del odio: 70 años después

05/02/2015 07:08 CET | Actualizado 06/04/2015 11:12 CEST

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Para quienes aún no lo sepan, el 27 de enero se celebra el Día de la Memoria del Holocausto, conmemorando la fecha de la liberación en 1945 del campo de exterminio de Auschwitz (Polonia).

Con ocasión de esta efemérides, los días 26 y 27 de enero tuvo lugar en Praga una gran conferencia internacional con el patrocinio del European Jewish Congress y con la participación de un importante panel de líderes europeos (presidentes de varios Estados miembros de la UE, presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, vicepresidente de la Comisión Europea, Timmermans, junto a varios comisarios...), expertos y profesores de distintos ámbitos académicos (Derecho, Historia, Ciencia Política, Filosofía, Diplomacia...). Tan imponente panel de intervinientes incluía al actor Ben Kingsley (La lista de Schindler).

Como presidente del Grupo contra el Antisemitismo del Parlamento Europeo (PE), tuve el honor de participar en un apasionante debate sobre libertad de expresión y discurso del odio (Hatred Speech), moderado por el periodista británico Stephen Hucker (conductor del prestigioso espacio de entrevistas y debate Hard Talk, de la BBC).

La polémica central de ese debate confrontó las tesis del profesor Dershowitz (Universidad de Harvard) frente a los del profesor Dentsin (Universidad de Tel Aviv). De acuerdo con el primero, la defensa de la libertad de expresión exige la tolerancia frente a la intolerancia: el discurso del odio debe ser derrotado por la superioridad moral de la libertad inclusiva frente a sus enemigos. Por el contrario, para el segundo, la democracia no sólo puede sino que debe prevenir y evitar que la semilla del odio y la discriminación acaben con la libertad y con la igual dignidad de las personas. Hitler no surgió sin más de la "hiperinflación de Weimar", sino de un caldo de cultivo en el que fue posible estigmatizar a los judíos explotando prejuicios socialmente arraigados y espoleados largamente por medio de patrañas tan grotescas como la del conspiranoide panfleto pseudohistórico sobre "los Protocolos de Zion".

De acuerdo con esta tesis, el relato verdadero no es el que enfrenta los límites de la libertad individual frente a la seguridad colectiva, sino el que enfrenta a la libertad de hoy -siempre amenazada y frágil ante sus enemigos- y la tiranía mañana en caso de que no sepamos preservar la libertad.

Viene todo esto a cuento del reverdecido escenario de la política del miedo, desatado tras los últimos atentados yihadistas en suelo europeo (Paris, 2015). Es cierto que nos abisman a la amenaza real de un fanatismo asesino y cruelmente despiadado, dispuesto a matar y a morir, y sobre todo a morir matando. Pero también que es urgente iluminar este escenario propenso al pánico, ante la enormidad de una violencia que no se sujeta a los parámetros con que los europeos hemos hecho frente anteriormente a otras formas de terrorismo separatista o mafioso.

Primera advertencia: el enemigo no es el Islam, sino el fanatismo asesino, cualquiera que sea la alegada motivación ideológica o religiosa argüida en su trasfondo. Habrá que recordar de nuevo que la peor matanza terrorista en suelo europeo de los últimos cinco años tuvo lugar en Noruega, y no la perpetró un musulmán, sino el ultraderechista Anders Breivik, contaminado por el odio al Islam y consiguientemente al pluralismo religioso e identitario sobre el que vertió su locura asesina acabando con la vida de casi 200 jóvenes socialistas en un campo de verano.

Segunda advertencia: el restablecimiento de los controles en las fronteras interiores de la UE no sólo es contrario a Schengen, sino innecesario (ya existen mecanismos extraordinarios frente a amenazas o situaciones excepcionales en el actual Schengen Information System II) y, sobre todo, inútil: los atentados yihadistas que más han dolido en los últimos años no fueron perpetrados por foreign fighters (terroristas que regresan de territorios de conflicto en Libia, Irak, Siria, el Estado Islámico), sino por personas que ya residían legalmente en el territorio del Estado en que cometieron sus crímenes. Los yihadistas que atentaron contra Charlie Hebdo y contra la tienda judía este trágico enero en Paris eran ciudadanos franceses, nacidos en Francia, ante lo que los valores republicanos de integración, cohesión y respeto a la diversidad deben fortalecerse, nunca desmoronarse, ni tampoco traicionarse.

Sí que procede, insisto una vez más, una iniciativa europea contra el discurso del odio. Como presidente de la Comisión de Libertades, Justicia y Asuntos de Interior del PE durante 5 años (2009-2014), he abogado en todos los Consejos de ministros de Justicia e Interior de la UE, y continúo haciéndolo ahora, en favor de la adopción de una iniciativa legislativa europea por la que el PE actúe como legislador penal contra la criminalidad grave transnacional. E indudablemente, la instigación al odio y la incitación al crimen en la red debe ser considerado delito transnacional.

En España hemos tipificado penalmente la incitación al crimen, el ensalzamiento y enaltecimiento del terrorismo y la humillación a las víctimas. Y no parece dudoso que haber previsto este tipo en el Código Penal ha resultado útil para achicar espacio a la violencia terrorista y aislar y castigar a los que apoyan la violencia.

La UE debe incorporar esta estrategia penal. Actuando con cabeza. Tanta sofisticación del procedimiento legislativo europeo como la complejidad del proceso político y de la composición de intereses, impiden que la UE "legisle en caliente, como sí sucede en los EEMM. Pero la UE debe actuar. Por descontado, sí debe. Debe saber defender la libertad de los europeos y su seguridad, frente las amenazas opuestas por sus enemigos: el fanatismo y el odio.