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Metronator

08/02/2017 07:23 CET | Actualizado 08/02/2017 07:23 CET

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Foto: EFE

Lunes.

- Disculpe, ¿me da un billete sencillo?

Seis y media de la tarde.

- Debe adquirirlo en la máquina expendedora.

Metro de Madrid.

- Ya, pero es que solo tengo un billete de veinte y no quiero que me devuelva todo el cambio en monedas.

Vestíbulo de una de sus muchas estaciones.

- Nosotros aquí ya no despachamos billetes, joven. Debe comprarlo en la máquina.

Lo importante no es cuál...

Lo importante no es cuál.

- Vale, pero ¿me podría cambiar el billete de veinte para que no me lo devuelva todo en monedas?

Sino las reflexiones consecuentes de la animada conversación que mantenemos la "cajera" del Metro y un servidor.

- Nosotros aquí ya no disponemos de efectivo, joven. Ni billetes ni monedas. Si quiere cambio, inténtelo en el quiosco que hay arriba. O en el bar de enfrente, la panadería del al lado...

Hace tiempo que noto pequeños cambios en el Metro de La Capital. Y no me refiero a las continuas obras de remodelación que suponen el cierre de una línea entera durante meses. Sino a la progresiva desaparición de las "taquillas", esa especie de búnker protegido por cristales del grosor de un turrón del duro, repleto de pantallas que muestran lo que ven esas "miles de cámaras" que velan por nuestra seguridad, paneles con lucecitas y, cómo no, un dispensador de billetes y una máquina registradora. Si una estación tenía varias entradas, cerraban las taquillas de aquéllas que, supuestamente, tenían menos uso y solo dejaban un par de esas máquinas expendedoras a disposición de los clientes. Cuando se trataba de estaciones importantes con correspondencia con otras líneas, las taquillas de la entrada principal se sustituían por puestos informativos donde un empleado del suburbano, escoltado por dos guardias de seguridad, mostraba a los pasajeros con "dudas" cómo conseguir un billete en una de esas máquinas expendedoras sin sufrir un ataque de ansiedad. Más o menos lo mismo que ocurre en las entidades bancarias cuando intentas realizar una operación en ventanilla y uno de sus empleados te arrastra hasta otra MÁQUINA, a ésta la llaman cajero, para que realices allí tus gestiones, tratando de convencerte de que es lo más cómodo. Porque si reconociesen que en realidad te obligan a hacerlo de ese modo, también a ellos, porque la "empresa" está reduciendo gastos, les despedirían. Que es lo que finalmente le va a ocurrir a la mayoría tarde o temprano. Todos a la puta calle. Como en el Metro de la capital.

Pero había algunas de esas taquillas que resistían. Y yo, ingenuo de mí, pensé que sería para siempre. Hasta que la "cajera" que tan amablemente me está atendiendo pero, eso sí, no puede darme un ticket ni cambiarme un billete de veinte, me dice que tienen los días contados.

- ¿Y qué van a hacer ustedes?- le pregunto.

- Capear el temporal...- responde refiriéndose al temor a los despidos, las jubilaciones anticipadas, los cambios de horarios, funciones y responsabilidades...

- No, no... Quiero decir qué trabajo van a desempeñar ustedes si ya no venden billetes, ni bonometros, ni abonos transporte. Si todo eso lo va a hacer la MÁQUINA.

- Pues lo que hacemos cuando no vendemos billetes, ni bonometros, ni abonos transporte, joven.

Yo nunca les he visto hacer otra cosa ahí dentro. Quizá es que nunca he prestado la debida atención... O que son cosas que se hacen a escondidas...

Pero no tendremos que esperar mucho para averiguar en qué consisten dichas tareas. A partir del 1 de abril de 2017, todas esas taquillas que aún nos daban servicio a las clientes, por mucho que prefieran denominarnos usuarios, y poco a poco han ido siendo desmanteladas sin que apenas nos diéramos cuenta, con folios o distintos tipos de cinta adhesiva blanca o amarilla recubriendo a la altura del mostrador parte del cristal que nos separa de su interior, como si tratasen de ocultar algo (¿que ya no tienen monedas?), cerrarán definitivamente... o mutarán en nuevos puntos de información. Para cualquier otra gestión te las tendrás que ver con la MÁQUINA. Esa que cuando no se traga el dinero, te lo escupe (¿existe mayor milagro que una de ellas acepte uno de tus billetes antes del décimo intento?), tiene celofán amarillo tapando la ranura que ibas a utilizar, la pantalla rota, solo acepta el pago con tarjetas de crédito o, simplemente, luce un letrero de "AVERIADA".

A menos funciones que desempeñar, menos empleos. También para aquellos que recogían la recaudación de las máquinas. ¿Quién va a necesitarlos cuando todas ellas sólo acepten el pago con tarjeta? Porque, qué cojones, de eso se trata. Y ya está pasando.

Sin embargo, el Gobierno regional de Cristina Cifuentes anunció hace un par de meses que Metro de Madrid había puesto en marcha un proceso de selección para crear 590 puestos de trabajo que "incrementarán la plantilla dedicada a la atención del material móvil e instalaciones, mejorando así la calidad del mantenimiento de la red, y se acometerán mejoras tecnológicas que dan soporte a la prestación del servicio del transporte".

Atención al material, no al cliente. Mejoras tecnológicas, no humanas. Por eso, si la máquina te da todo el cambio en monedas... te jodes. Y si escupe repetidamente tu billete de cinco euros, también. Porque en ninguno de esos puestos informativos habrá dinero en efectivo para solucionar ese tipo de problemas. Por eso no hará falta ningún tipo de ventanilla. Porque, al contrario de lo que me enseñaron cuando tuve que trabajar de cara al público en mis tiempos mozos, el cliente nunca más llevará la razón. ¿Quién coño te la va a dar? ¿La MÁQUINA? ¿Me puede explicar alguien cómo vas a intentar hablar con una y conseguir que razone?

Te acercarás resignado al punto de información con un billete en la mano, después de quince minutos de frustrante batalla por conseguir un maldito ticket de metro y acudir a una reunión importante a la que ya llegas tarde y la solución que, como cliente, te van a dar, será:

- Si quiere cambio, inténtelo en el quiosco que hay arriba. O en el bar de enfrente, la panadería del al lado...

Como a la empleada de Metro de Madrid que me ha explicado todo esto, quizá a mí, que soy joven (he tenido que darle las gracias, que los 42 recién cumplidos se me están haciendo cuesta arriba), todo esto también me dé un poco igual, pero a los clientes de edad avanzada con quienes interactúan cada día, les dan los buenos días, les piden un plano o les preguntan dónde tienen que hacer un transbordo para llegar a El Corte Inglés, les va a resultar muy complicado convertirse en un simple usuario. Como les está resultando serlo en el banco, resignándose a que el señor que está al otro lado de la ventanilla, con o sin blindaje del grosor de un turrón del duro, y que en ese momento está muy relajado, le diga que no puede ayudarle cuando pide que le hagan una transferencia. Y no porque no quiera. Sino porque sus jefes no se lo permiten. Y las cámaras que lo graban todo, ¿para velar por nuestra seguridad?, tampoco.

Pero lo siguen llamando MEJORAS.

Y los clientes somos tan estúpidos que, o nos lo creemos...

O nos importa una mierda.

Sin darnos cuenta de que, como clientes, deberíamos ser quienes tienen la sartén por el mango.

De momento, y según el consultor digital estadounidense Scott Klososky, en los próximos 20 años desaparecerá el 35% de los empleos actuales debido a la sustitución de los seres humanos por MÁQUINAS.

¿Alguien cree que con el paso de los años ese porcentaje no irá en aumento? ¿O que alguna de esas máquinas le dará alguna vez la razón a alguno de sus clientes?

Cuando llegue el momento en que todo sean MÁQUINAS y, de repente, dejen de funcionar, algunos se llevarán las manos a la cabeza.

Yo me las llevaré al bolsillo donde, esta vez sí, espero tener un montón de monedas, porque no había nadie para darme cambio. Y se las tiraré a alguien a la cabeza.

No, no será una impertinencia una impertinencia por mi parte...

Si acaso, un acto de supervivencia.

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