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'Sucios y malvados' o el cianuro a cucharaditas

20/03/2017 07:28 CET | Actualizado 20/03/2017 08:28 CET

Nos estamos comiendo un potito de cianuro a cucharaditas. Poco a poco y sin que parezca que queramos parar de hacerlo. Cada pequeña porción nos llena la boca con su sabor amargo y el organismo con toxinas, nos produce una profunda arcada que aguantamos como podemos y seguimos adelante. La cantidad es tan mínima y esporádica que no nos mata. O no creemos que nos esté matando. O pensamos que ya estamos inmunizados, cuando en realidad estamos muertos.

Cada cucharadita de cianuro es una víctima de la violencia de género. A veces, como en este horrendo inicio de 2017, el hecho de que una veintena de mujeres hayan sido asesinadas en poco más de cincuenta días nos hace ver que hemos tragado más de lo que acostumbramos. El gusto acre que nos quema el paladar provoca la vehemencia y el compromiso. Hasta que el tiempo emborrona el mal trago; hasta la siguiente cucharadita.

La violencia machista es ese frasco de comida infantil emponzoñada que, desde 1999 hasta hoy, ha segado la vida de 1.167 mujeres. Eso supera a los 1.050 muertos con los que el terrorismo ha sembrado los surcos de los últimos 40 años (829 de ETA, 28 del Grapo y 193 del yihadismo en el 11-M). La violencia de género es un terrorismo blando, pequeño en su puesta en escena, insignificante en su disfraz de lo cotidiano y aterrador en sus cifras totales. Y no son sólo las asesinadas. Cada año se registran más de 140.000 denuncias por violencia de género. Y tiene muchas otras formas: las mafias de la trata pagan 20.000 euros por una mujer joven de África o de la Europa del Este para prostituirla porque recuperarán la inversión en tres meses. En el año 2015, los españoles se gastaron 500 millones de euros en entradas de cine y más de 3.000 en irse de putas. Solo en Valencia, más de 1.600 mujeres se dedican a la prostitución y se calcula que más de la mitad de ellas lo hacen forzadas. La violencia contra las mujeres está en todos esos rincones y en muchos más, incluso en el lenguaje: hasta cuando usamos el eufemismo de "la profesión más antigua del mundo" para definir a una prostituta estamos asumiendo que las féminas, cuando pudieron ser otra cosa que no fuera ser madres, fueron rameras.

Sucios y malvados, mi segunda novela, habla de estas cosas. Sin esperar encontrar ninguna respuesta porque no es la función del escritor de ficción establecer preceptos legales o morales, sino hacer preguntas a través de una fábula que permite que bajemos al infierno con la tranquilidad que da el saber que, si nos asustamos mucho, podemos encender la luz.

La historia surgió de esta pregunta: ¿Cuándo es justa la Justicia? ¿Cuál es la compensación adecuada que debe recibir quien es víctima de un delito, especialmente si es uno muy grave? La cuestión llena miles de volúmenes de Filosofía del Derecho, Derecho Penal y otras disciplinas jurídicas y en todas ellas está el principio de la proporcionalidad, o sea, que no es lo mismo robar una gallina que asesinar a una persona y, por tanto, el sistema legal actúa en consecuencia. Además, el sistema penitenciario está orientado más hacia la reinserción del delincuente que a la ejemplaridad o a la compensación.

Así se conduce una sociedad civilizada. Sin embargo ¿qué hay de las víctimas? Los padres que enterraron a su hija tras ser violada y asesinada: ¿obtienen consuelo en el hecho de que el responsable pase veinte años en la cárcel? Quien no consigue superar el trauma que le provocó que un profesor abusara de él sexualmente: ¿lo logrará sabiendo que su agresor pasará un lustro entre rejas? Y ¿cómo pasan página los familiares de una víctima de un coche bomba que tuvo la mala suerte de estar en el lugar y el sitio equivocado? En esos casos, y en muchos otros, ¿quién no entendería que la única compensación posible es la más primitiva y brutal, la del ojo por ojo? ¿En qué situaciones la única justicia justa es la cruel y sanguinaria venganza?

Sucios y malvados fantasea sobre esta pregunta enmarcada en la Valencia de nuestros días donde la violencia de género en todas sus formas es tan real como en cualquier otra parte. Ese es el escenario donde un hombre aparece ahorcado justo en el lugar donde se levantaba el cadalso que guardaba la puerta al barrio de los burdeles por el que la ciudad era famosa en toda Europa entre los siglos XIV y XVIII. Mientras tanto, en un edificio abandonado en la playa de la Malvarrosa, un grupo de meretrices acude, cada noche, a rezar desesperadas a la capilla de la Virgen de las Rameras. Entretanto, un abogado sin escrúpulos, un músico con la mente rota por una infancia infernal, cuatro mujeres que decidieron dejar de ser víctimas para convertirse en verdugos y un fugitivo sin nombre ni humanidad pululan por las calles donde la inspectora de Homicidios Roma Besalduch intenta resolver un puzzle diabólico mientras cree que fracasa en su intento de intentar conjugar su carrera profesional con su maternidad. Y todo ello mientras la luz del Mediterráneo valenciano, con toda su potencia, proyecta sombras más oscuras donde viven los demonios que preparan potitos de cianuro. A plena luz del día.

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