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"Te pareces tanto a mí..." El Juan Gabriel en todos nosotros

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El éxito es un misterio. La música y la cultura popular en México y en el mundo han generado ídolos que aparecen solo de vez en cuando e irrumpen en la historia con su genialidad y talento, para transformar sus propios tiempos y dejar huella en los tiempos por venir.

La magia del ídolo, en este caso Juan Gabriel, está más allá de su creatividad y carisma, en poder apelar por igual a todas las clases sociales, creencias, posturas políticas, incluso gustos musicales particulares. Es la capacidad de atravesar fronteras ideológicas y llegar al corazón humano, que al parecer nos demuestra con sus canciones que es uno solo, y que a la hora de tocar el sentimiento, sucumbimos ante las mismas provocaciones que tan magistralmente logró cantar.

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Foto: EFE

Juan Gabriel era un natural. No fue un artista fabricado por el sistema, ni manejado por la industria a su manera. Trascendió los criterios de los que saben y creó su propio personaje. En el escenario y fuera de él tenía muy claro su papel. Alberto Aguilera y Juan Gabriel se hacían uno y se separaban a voluntad. Con una percepción muy clara de la vida y de su vida, fue muy privado en lo privado y en lo público supo poner límites sin deslumbrarse ante el éxito, la difusión mediática, la ambición. Él sabía muy bien quién era y cómo quería manejarse. Con una visión empresarial y una sabiduría poco usual en el medio artístico, se mantuvo al margen, más allá de la inmediatez, de las modas, de miedos y fracasos, de la danza pasajera de las vanidades. Hermético, privado, celoso de su vida como Alberto Aguilera, se transformaba ante el público como Juan Gabriel.

Desde su fallecimiento, el pasado 28 de agosto, los homenajes espontáneos, las condolencias, muestras de cariño, comentarios, reflexiones, lágrimas, valoraciones y revaloraciones han surgido en México, Estados Unidos y varias partes del mundo a donde su música llegó. Sorprende la magnitud de su importancia, de su impacto. Si ya era grande, su muerte lo ha llevado a niveles inimaginables. Y eso que apenas comienza el nacimiento de la leyenda.

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Foto: EFE

Uno de los primeros homenajes espontáneos a Juan Gabriel se realizó en Plaza Garibaldi, donde se encuentra una estatua en su honor.

Alberto Aguilera fue generoso sin límite. Y nunca presumió o hizo alarde de lo que daba para ser aplaudido. Simplemente sabía lo que se necesitaba y en el sentido más pragmático, lo hacía. Juan Gabriel fue generoso con su música, con sus canciones, con sus presentaciones. Con una producción prolífica de composiciones que llegan casi a dos mil, las cantó y también las obsequió para que otros intérpretes las cantaran, generando grandes éxitos como pocos compositores logran hacerlo.

Sus canciones, a veces simplonas pero diáfanas y directas, o con frases contundentes, quizás de lírica chabacana, pero que tocaban fibras insospechadas o sentimientos claros en quienes las escuchaban, contienen los elementos básicos para hacer de una canción popular un éxito musical. Además de ser un cronista de la vida y del corazón, tenía la envidiable fórmula de escribir estribillos pegajosos, canciones sin aristas, redondas, perfectas para recordar y permanecer.

Juan Gabriel hizo legítimo lo ilegítimo. Lo popular lo llevó a lugares insospechados. Llegó a cantar a Bellas Artes con la dignidad de un divo, de un grande. Respetuoso de su público y de los escenarios, siempre entregaba lo mejor, lo que para él era lo mejor. Producciones grandiosas, de estética abigarrada, cursi, pero que finalmente apelaba a muchos gustos, e incluso a quienes les repulsaba, lo terminaban por encontrar fascinante.

En sus presentaciones no tenía límite. Daba conciertos generosos como espectáculo e incluso con abundancia desbordada. La ropa, los movimientos, los bailes, la decoración, la música en diferentes estilos, siempre buscando adaptaciones a diversos ritmos, con intérpretes invitados que recibía como en su propia casa a compartir, a avalar, a disfrutar. Sus actuaciones se convertían en una especie de ejercicios de trance musical. Esa habilidad inigualable de tener al público en el puño de la mano, de generar momentos apoteóticos cantando, bailando, brincando, sonriendo, llorando, en una experiencia catártica inolvidable.

Sobre todo, Juanga era auténtico, la autenticidad que se reconoce y se agradece. Que se envidia. En sus actuaciones fue un provocador, irreverente, transgresor, con una libertad poco usual para expresarse en lo externo y en el sentimiento. Atreverse a llorar, a bailar, a moverse, a dramatizar públicamente con actitudes que lo colocaban en una posición de total confianza frente al público, apareciendo grandioso, amoroso, sencillo, vulnerable.

Era tan bueno en lo que hacía, que todo aquello que se le podría cuestionar, era acallado de inmediato. Las críticas y risas burlonas que algunas de sus actitudes podrían provocar, se desvanecían rendidas ante el talento del hombre que mostraba su libertad y que hacía siempre --como muy pocos-- lo que se le pegaba la gana.

Juan Gabriel es la historia del éxito en su mejor expresión. Su vida contiene todos los elementos que añora la cultura popular para generar grandes ídolos surgidos de la pobreza y que lograron superar obstáculos y condiciones adversas en la vida. "Lo que se ve, no se juzga", diría Juan Gabriel en una de sus respuestas contundentes ante el cuestionamiento respecto a su vida y preferencias sexuales. Lo que se ve, no se juzga, y en el caso de Juan Gabriel, lo que se ve es el éxito, la misteriosa magia de contener en sí mismo y en sus expresiones personales, musicales y artísticas, algo de cada uno de nosotros. Ese Juan Gabriel que implica tanta complejidad y tantas cosas, que hoy bien vale preguntarse si la frase "Te pareces tanto a mí..." de una de sus canciones, era ya una especie de consigna que nos conecta, que nos aprehende, que nos apropia, que nos descubre, que nos identifica, que nos conmueve.

Este post fue publicado originalmente en la edición mexicana de 'El Huffington Post'