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La tragedia de los desposeídos: una 'Numancia' alegórica y moderna en el Español

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¿Como poner en escena modernamente un teatro que ya era considerado antiguo en los tiempos de Lope de Vega? Éste parece el principal reto al que se enfrenta Juan Carlos Pérez de la Fuente en su versión de La Numancia cervantina.

Dentro de esta corriente de recuperación del teatro del siglo XVI (el Triunfo de amor de Juan del Encina y los entremeses cervantinos puestos en la Abadía, el Rinconete y Cortadillo de los teatros del Canal, La Celestina de la CNTC, todas referidas en este blog), la Numancia de Pérez de la Fuente ocupa un lugar privilegiado (más, si tenemos en cuenta que, como augura ese monstruo llamado rumor, será ésta su última producción en su brillante etapa al frente del Español).

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Foto: Teatro Español.

Esta versión de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño, con dirección de Pérez de la Fuente, explota precisamente los aspectos más clásicos de la tragedia cervantina: los largos monólogos, los parlamentos hechos por personajes alegóricos y el juego con las referencias históricas indudablemente anacrónicas. Y, por medio de estos rasgos clásicos, desempolva la que, en palabras de Max Aub, era la primera tragedia moderna, en cuanto era la primera secularizada.

Con respecto al primero de los puntos, el texto original de Cervantes es en sí bastante clásico en términos grecolatinos. La comedia de la destrucción de Numancia muestra el punto de vista de los perdedores en una contienda desigual, y se sitúa en el lado de los desposeídos. Sigue, pues, a Las troyanas de Eurípides, Las traquinias de Sófocles, o, sobre todo, a Los persas de Esquilo; textos en los que los vencidos y su visión dominan la escena.

En su versión, Pérez de la Fuente enfatiza estos personajes y convierte el texto en una suerte de alegato pacifista que denuncia la insolidaridad contemporánea. En este sentido, el director acierta al centrarse en tres o cuatro personajes principales de la gran tragedia cervantina: Lira y Leonelo, Teógenes y sus hijos, y el niño suicida final (Bariato), transmutado, eso sí, en una muchacha.

Pérez de la Fuente, si es que ésta ha sido su última producción al frente del Español, se despide a lo grande.

Con respecto al segundo de los elementos, Pérez de la Fuente enfatiza, precisamente, la fuerza de los personajes alegóricos cervantinos. Los mismos actores, Beatriz Argüello y Alberto Velasco (con cuyas "lorzas" juegan escénica y dramatúrgicamente en todo momento), aparecen a lo largo de las distintas escenas (Hombre-Mujer, Embajadores, Partera, Guerra, Hambre y Enfermedad) en las que se deposita la carga de los parlamentos alegóricos del original (el Duero y su profecía, España, Guerra, Hambre y Enfermedad), haciendo de hilo conductor de la obra.

Argüello y Velasco, ambos magníficos, abren y cierran la obra con un remedo de las loas y fines del teatro áureo. Luis Alberto de Cuenca y Pérez de la Fuente unen personajes (Duero, España) y parlamentos, subrayando el sentido ahistórico de la obra.

En otro momento destacable, los dos actores aparecen representando el parto de la muerte del que nacen dos hijos, Hambre y Enfermedad. Éste es el momento de mayor guiño al teatro del siglo XX. La caracterización de Muerte recuerda enormemente a Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht. La realización de la escena es principalmente simbólica y juega con el grotesco, lo que subraya, en mi opinión, bastante bien el trasfondo de absurdo y barbarie de toda la escena, y puede epatar al público más tradicional.

Asimismo, el travestismo de Velasco, actor que representa España, y la continua presencia escénica de su cuerpo, lejano a los estándares de belleza contemporáneos, otorgan a la escena un sentido provocador muy interesante.

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Foto: Teatro Español.

Otro de los aspectos más destacables es, en mi opinión, el mensaje contemporanista de la obra, que estaba ya muy presente en el original cervantino, aunque con un sentido distinto. El Cervantes de los 80 del siglo XVI mantiene en su teatro trágico un cierto sentido imperialista y épico. La visión de Pérez de la Fuente es casi opuesta. Si Cervantes subrayaba que, de las cenizas de Numancia, saldría la España imperial, Pérez de la Fuente continúa con el mensaje original del desarraigo y los desamparados, muy en la onda de la recepción escénica francesa de la obra (como las bellísimas producciones de Robert Cantarella o la clásica de Jean Louis Barrault). La España contemporánea, precisamente, utiliza muros para separarse de los nuevos desamparados que vienen pidiendo refugio y ayuda. Es un mensaje interesante que actualiza el sentido de un clásico.

Juan Carlos Pérez de la Fuente y Luis Alberto De Cuenca cortan mucho el original, dejando la obra en poco más de 100 minutos. Aunque he echado en falta alguna escena interesante, como la del sacrificio pagano del segundo acto, esto dota de unidad narrativa a un texto cuya coralidad favorece la dispersión. El trabajo actoral es muy correcto y, a ratos, brillante. Por ejemplo, encontramos escenas muy difíciles de realizar por el juego de poleas que se utiliza en muchas ocasiones, y los actores (Markos Marín, Miryam Gallego, Julia Piera) salen airosos.

Por su parte, la escenografía es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta puesta en escena: muy espectacular, funciona tanto para dar a entender signos dramáticos de cerrazón, como de suicidio y de libertad.

En breve, una puesta en escena interesante y, en ocasiones, brillante, de un texto luminoso pero complicado de poner en escena sin caer en fetichismos innecesarios, y Pérez de la Fuente lo logra. El director, si es que ésta ha sido su última producción al frente del Español, se despide a lo grande.