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A hombros de gigantes

07/03/2017 15:55 CET | Actualizado 08/03/2017 19:53 CET
Getty

Recordamos para saber que existimos, nosotros y quienes nos rodean, para que el tiempo no pase en vano, para no olvidar. Recordamos porque la vida es corta y porque la historia, siempre desapegada, discurre mientras sepulta, reemplaza y sigue. Depende de nosotros recordar. Depende de nosotros no olvidar.

De entre todos los chicos que conocí en mi adolescencia, solo uno indolente, apático y sandio me hizo reflexionar más allá del temor lógico hacia el futuro de la humanidad. "¿Por qué defiendes a las mujeres, si no han hecho nada en la vida?", me inquirió. "Si alguna mujer fuera inteligente, ¿por qué no se habla de ellas en los libros?". Él tenía dieciséis años, yo quince. Su fallido silogismo contenía, no obstante, una pregunta acertada: "¿por qué no se habla de ellas?". ¿Por qué?

A nivel global, las mujeres estamos sumergidas en un mundo en el que parecemos vivir de prestado, y en el que nos expresamos en la medida en que se nos conceda la gracia de la palabra. A lo largo de las décadas, de las centurias, a todo el esfuerzo de las mujeres le ha seguido el silencio, un callamiento que da como resultado una continua sensación de pionerismo. Nuestro empeño parece el primero, cada una tiene una cima, y no hay un destino común ni manifiesto sino caminos desvencijados, por los que discurrimos sin conocer el pasado y frente a un futuro incierto.

En el mundo cinematográfico, esta realidad no es diferente. No existe manual, enciclopedia o compilación de la historia del cine que ose eludir nombres como Lumière, George Méliès, G. W. Griffith o Robert Porter; sin embargo, convendrán en que son muchos menos los volúmenes que mencionan la aportación de alguna mujer. Ni siquiera una. Al estudiar la historia del cine no encontré citada, ni de soslayo, a ninguna mujer. Allí no estaban Alice Guy-Blaché (primera mujer cineasta), ni Lois Weber (realizadora y guionista, iniciadora del sistema de polivisión y primera mujer en dirigir un largometraje); nunca conocí a Lotte Reiniger (directora de animación), ni a Olga Preobrazhenskaya (una de las primeras cineastas rusas). Nadie me presentó a Sakane Tazuko (primera directora japonesa), ni a Dorothy Arzner (única mujer cineasta del Hollywood de los treinta). En aquellos libros nada se sabía de Ida Lupino (primera directora de cine noir), ni Jacqueline Audry (exitosa cineasta francesa de la posguerra).

Si estamos aquí es porque un día hubo mujeres sobre cuyos hombros precursores ahora nos elevamos. Sobre las mujeres hay mucho que decir, pero poco escrito. Escribámoslo.

Hoy en día, estos nombres no forman parte de los programas de casi ninguna universidad; sus aportaciones no se alejan de cursos puntuales desde la perspectiva de género, lo cual no deja de redundar en su confinamiento. Lo que no se entiende, lo que no comprendo, es por qué sus aportaciones deben formar parte de otros libros, de otra historia, cuando esta también es su historia. Todos conocen a Sofia Coppola, no lo refuto, pero la hondura de ese conocimiento es tan fútil como una insidiosa pátina de modernidad.

Precisamente por ello, del 13 al 17 de marzo la Academia del Cine Español ofrecerá un ciclo de cine destinado a conocer a algunas de nuestras pioneras, aquellas mujeres que consagraron sus vidas al cine, sin que apenas encontremos espectadores, exceptuando a teóricos o académicos, que conozcan y reconozcan su existencia. Porque sí, en España también hubo mujeres cineastas desde sus comienzos, aunque su número y su volumen de trabajo quedaran constreñidos a los márgenes en los que la sociedad, la de entonces y la de ahora, situó su vocación y sus aspiraciones.

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Josefina Molina, directora de cine.

A quienes hemos visto sus películas, nos sorprende la calidad de sus trabajos, el resultado brillante de sus decisiones técnicas, el enfoque acertado de sus planteamientos. Pero apenas se les conoce. ¿Quién ha oído hablar de iniciadoras como Carmen Pisano, Anaïs Napoleón, Elena Jordi o Helena Cortesina? Apenas nadie. ¿Quién ha profundizado en la obra de Rosario Pi, de Margarita Alexandre o de Ana Mariscal? Pocos nos hemos atrevido a ahondar en el trabajo de Cecilia Bartolomé, a revisar la obra de Josefina Molina o de Pilar Miró.

El mundo del cine está repleto de mujeres que, impensadamente, han creado nuestro universo tal como lo conocemos. Mujeres que, actuando en pro de su libertad creadora, soslayaron las limitaciones que la sociedad bienpensante les dictaba. A algunas de ellas las conoceréis en el ciclo de la Academia de Cine (todos los días, a las 16:00), pero al resto os invito a conocerlas por vuestra cuenta.

Porque si estamos aquí, es porque un día hubo mujeres sobre cuyos hombros precursores ahora nos elevamos. Porque sobre las mujeres hay mucho que decir, pero poco escrito. Escribámoslo.