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De 'Julieta', 'La novia' y 'El olivo'

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Intentar ser objetivo con los gustos en el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es una quimera de dimensiones épicas. Por ello no soy tendente a sentar cátedra o establecer dogmas en cuanto a gustos se refiere, ni los que parecen exclusivos ni los que son globales. En el cine tampoco se puede ser objetivo salvo en aspectos obvios, casi siempre técnicos y muy evidentes: algo se ilumina bien o no; algo se escucha bien o no; algo se entiende bien, o no. Pero los gustos, ¡ay, los gustos!... Poca gente está capacitada para juzgarlos y mucha menos dispuesta a meterse en camisa de once varas para mantenerlos. Y lo entiendo.

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Esta mañana se ha sabido que Julieta, el vigésimo largometraje de Pedro Almodóvar, va a iniciar su andadura para la obtención del Oscar a la Mejor película de habla no inglesa. Junto a ella estaban preseleccionadas otras dos cintas, La novia y El olivo, dirigidas respectivamente por Paula Ortiz e Icíar Bollaín. No era la primera vez que Bollaín se encontraba en estas circunstancias, También la lluvia estuvo igualmente en la recta final en 2010, aunque en esta ocasión había conseguido llegar al pódium de honor con otra mujer, Paula Ortiz, competente cineasta que supo condensar toda la emoción lorquiana en su espléndida La novia. Las tres tenían en común un palpable gradiente de dolor, que se desplaza del melodrama familiar al drama postcrisis, o más allá de la tragedia en la adaptación de Bodas de sangre. En cualquiera de las tres hay tiempo para la meditación, la reflexión y el recogimiento.

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Tal como hemos adelantado, en la elección se ha impuesto Almodóvar, con una historia que comenzó titulándose Silencio pero que, por sincronías con Martin Scorsese y Shûsaku Endô, terminó llamándose Julieta. Honestamente, cualquiera de las tres, desde mi particular gusto (menos subjetivo que técnico), era susceptible de estar donde finalmente ha llegado el póster bicolor de Almodóvar. Las tres son generosas narraciones repletas de aquello que siempre se le ha reprochado al cine español, ese algo que tiene mucho de nosotros mismos. Pocos se habrán percatado de ello pero, las tres son tan típicamente españolas que, bajo ningún concepto, podrían entenderse de otra forma que no fuera la nuestra.

Y eso que sus historias, todas ellas, son tremendamente universales y poliédricas. Detrás de Julieta está una mujer, la canadiense Alice Munro, a quien todos conocerán por habérsele otorgado el Premio Nobel de Literatura en 2013, y cuyas obras, especialmente algunos relatos de Escapada, dan forma libre a la cinta de Almodóvar. Tras La novia encontramos a Federico García Lorca, poeta resquebrajado de pasión sin límites, puro duende y pura genialidad que sobrecoge allende nuestras fronteras. Y por último, tras El olivo está el guionista escocés Paul Laverty, imprescindible de Ken Loach e Icíar Bollaín, nacido en Calcuta pero con mirada al infinito transnacional que comparte con la cineasta española.

Que esta hubiera sido una ocasión única para celebrar que una directora española se adentra en la carrera de los Oscar, es incuestionable.

Parapetados en unas etiquetas sencillas, siempre siniestras, hemos subestimado de continuo a nuestro cine, un cine que es más de lo que se le presupone y que ha salido adelante a pesar de las barreras y las hueras acepciones de cerrado, lánguido, sórdido o importuno. Hoy le ha tocado su turno a Julieta, cinta comedida, sutil, llena de los ecos y de silencios en honor a su inicial nombre. Pero detrás de Julieta no está solo Pedro Almodóvar, están ellas, todas ellas: Emma Suárez y Adriana Ugarte; Rossy de Palma, Michelle Jenner, Inma Cuesta, Nathalie Poza, Pilar Castro, Susi Sánchez, Bimba Bosé y Priscilla Delgado. También está ella, la productora Esther García, amén del siempre sublime Jean-Claude Larrieu en la dirección fotográfica, y el preciso Alberto Iglesias en la música.

Que esta hubiera sido una ocasión única para celebrar que una directora española se adentra en la carrera de los Oscar, es incuestionable. Sin embargo, en España hay tantas y tan brillantes cineastas que, dentro de poco, si su tesón y el techo de cristal nos lo permiten, será inevitable que el nombre de alguna de ellas sea pronunciado en su viaje hacia Hollywood. O hacia donde ellas deseen transitar. Cineastas como Isabel Coixet, Gracia Querejeta, Inés París, Chus Gutiérrez, Lara Izagirre, Helena Taberna, Judith Colell, María Ripoll, Clara Roquet, Ángeles González-Sinde, Azucena Rodríguez, Belén y Juana Macías, Patricia Ferreira, Eva Lesmes, Cristina Andreu, Carla Subirana, Roser Aguilar, Dolores Payás, Laura Mañá, Teresa de Pelegrí, Manane Rodríguez, Rosa Vergés o Mar Coll, entre otras muchas, junto con Bollaín y Ortiz, seguirán al pie del cañón cinematográfico, cueste lo que cueste.

Hoy es el día de festejar Julieta y su carrera hacia los Oscar. Mañana, como todos los siguientes, será momento para reflexionar acerca del futuro de nuestro cine. Y esta discusión no será ya cuestión de gustos, sino de personas que, jornada tras jornada, hacen de él el cine español que conocemos hoy.