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John Cassavetes y el arte de la interpretación

27/10/2017 07:23 CEST | Actualizado 27/10/2017 07:23 CEST
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Fotograma de 'Noche de estreno' (John Cassavetes, 1977)

Existen tantas vidas en una sola existencia, que cualquiera diría que nos reencarnamos una y otra vez. En el pasado, en el mío me refiero, me juré que, si algún día me acercaba al cine, nunca sería como actriz. El sacrificio y el desgarro que lleva consigo la interpretación me resultaban extenuantes; a fin de cuentas, quién si no un valiente quiere ponerse en tantas pieles, tan al límite y tan angustiosamente. Sin embargo, lo hice, interpreté un par de piezas de Lorca y de genios coetáneos, solo porque entonces, con diecisiete años, un profesor de literatura decidió convertirnos en una suerte de compañía teatral, encontrando respaldo del director técnico. A ellos les debo el placer de poder interpretar, el lujo de haberlo disfrutado y la determinación de no volver a repetirlo.

En una de esas ocasiones en que nos subíamos a las tablas y actuábamos ante el colegio, sucedió algo que solo entendería años después, cuando visioné Noche de estreno (1977). En esta obra maestra de John Cassavetes, la actriz de Broadway Myrtle Gordon (Gena Rowlands), atraviesa una profunda crisis existencial cuando se concatena la muerte de su mayor admiradora y la interpretación de un papel que le hace enfrentarse a su propio envejecimiento. Esto le lleva a entregarse al alcohol y al enajenamiento (muy habitual en sus roles con Cassavetes) hasta un final catártico de pura exoneración. En esa escena, una beoda Rowlands es obligada a salir al escenario en shock, sin apenas articular palabra, obligando a su compañero de reparto a compensar su falta de rigor. Lo más benigno, e incluso liberador, es que Rowlands no solo consigue remontar su ánimo, del todo repuesto, sino que obtiene una ovación unánime del público. A pesar de las circunstancias, Myrtle consigue sobreponerse y superar sus propias limitaciones.

En mi adolescencia, retomo, me enfrenté a una situación distinta pero igualmente dantesca. La pieza era Entremés del mancebo que casó con mujer brava, de Alejandro Casona, aunque a mí por aquel entonces me parecía, y sigue pareciéndome, una relectura de Shakespeare y su Fierecilla domada. En ella una moza impetuosa no encaja en el rol de perfecta casadera, en parte arengada por una madre con arrestos que no cede un ápice. Yo era la madre.

El entremés es realmente corto, pero su duración se me antojó eterna. Allí estaba, frente al padre de la moza, un alumno al que recuerdo mayor que yo y quien, a la apertura del telón, se encontraba absolutamente desnortado. Al igual que Rowlands en Opening night, también él estaba en un estado funesto, sin recordar el texto y sin posibilidad de pronunciar palabra. Todavía desconozco el porqué, quizá fueran los nervios, pero de vez en cuando una risa encendida se dibujaba por entre la comisura de sus labios, haciendo que el tono severo de nuestro diálogo se fuera al traste. "¿Quién sois vos para preguntarme nada señora?", debía cuestionarme mi interlocutor. Pero no, no mencionó nada. Una a una enhebré todas sus interpelaciones con mi propio discurso, ante la estupefacta mirada de un compañero con absoluto colapso artístico: "Hablad cuando os manden y mucho cuidado con enojarme", proseguía su texto y también mi improvisación. Todos miraban atónitos, no sabían qué pasaba. Decidí volverme cómplice, disfrutar y convertir el entremés, que en sí es una sátira, en una pieza aún más jocosa, una farsa para justificar su actuación; bruscamente salió de la escena sin visos de regresar. Seguí improvisando hasta que volvió al escenario, cuando todo se tornó aún más surrealista.

En la última escena, un potente tour de force, el padre amenaza a la madre con una espada tras sacrificar a un gallo, algo que ella contrarresta con convicción y, pese al miedo, burla. Súbitamente, sin saber de dónde lo había sacado, el padre de la moza trajo enganchado a su hierro un muñeco de trapo, todo él sucio, rosa y despeluchado, que provocó las más intensas carcajadas. "Ah, marido, ¿esas tenemos?" repetí mientras arrancaba el espantajo de su espada: "Por allí hubieras empezado hace unos treinta años, que ya nos conocemos demasiado y de nada te valdría conmigo que mataras a cien gallos". Mi tono de chanza, su aspecto desarmado, el peluche rosa y los profesores noqueados hicieron el resto. La obra fue un éxito, huelga decirlo, aún la recuerdan los alumnos y quedará para la posteridad como una de las comedias bufas más divertidas de la historia del colegio.

Aunque no he vuelto a actuar, y aún guardo un excelente recuerdo, en días como hoy que encuentro la emisión de Noche de estreno, pienso en lo inmensamente agradecidos que deberíamos estarle al arte de la interpretación, ese mundo de lo posible en que el drama deriva en comedia y el fracaso en triunfo. Ojalá fuera así siempre en la vida real.

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