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Lo dice J Lo

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Foto: REUTERS

Voy caminando por la acera cuando, a lo lejos, se atisba una pareja que se aproxima en diagonal. Son un hombre y una mujer jóvenes, que no alcanzan la cuarentena, vinculados por algún tipo de relación que no acierto a determinar. Recorren el trecho despacio, a un ritmo que se me antoja a cámara lenta, con una asincronía desconcertante. Sus cuerpos se encuentran próximos pero no están juntos. Él se encuentra ensimismado en su conversación, asido a su móvil casi románticamente. Ella intenta participar en vano. Le mira y no recibe ningún tipo de respuesta; seguidamente, por esa mezcla de miedo al vacío y al arrinconamiento, abre el bolso, saca su móvil y, negándose a ser ignorada, realiza una llamada para comenzar a hablar también. Dos autómatas se acercan entonces a mí, cada uno en su mundo, colgados de su smartphone y de su conversación privada, sin ningún tipo de unión salvo la meramente espacial; dos puntos físicos geolocalizables cuyo afecto se esfumó por entre las aplicaciones de su teléfono móvil.

Ha cambiado mucho el mundo, al menos el nuestro. Hace años bajo ningún concepto hubiéramos excedido la barrera de la cortesía, si no la del afecto. Nadie se atrevía a interrumpir a otra persona, a deambular con ella escribiendo a otra o a estar en silencio sin que ese acto, el de callar, significara algo. Se ha perdido la elocuencia de la mirada, del sigilo, de lo humano. Ahora tenemos chats a perpetuidad, conversaciones inconclusas, sucedáneos semirobóticos que interactúan y nos responden y amores que son pura artificiosidad. Hace tiempo que el cine viene ilustrando esta dinámica que se presenta como habitual en nuestra vida. Personajes que reivindican su derecho a ser adolescentes perennes y que encuentran fastidioso, y totalmente prescindible, el paso a la edad adulta. Ni qué decir tiene que desarrollan una inmediata y escabrosa alergia al compromiso, llegando a convulsionar y, en determinados casos, a fenecer ante un atisbo de responsabilidad. Solo es necesario revisar la programación de las televisiones generalistas para encontrar un sinfín de títulos con personajes fóbicos a las obligaciones personales. Desfases y resacones 1, 2 y 3 se entremezclan con amigos sin compromiso pero con derecho a roce, padres por sorpresa y por pura obligación y personajes inmaduros escritos, en el mejor de los casos, por Diablo Cody. Puede que esto suceda únicamente a nivel cinematográfico, pero se presenta como un retrato demasiado frecuente y llamativo como para pasarlo por alto o fingir que es simple narración.

El cine rara vez se equivoca, la fobia a la madurez parece ahora solo un síntoma. Quizá dentro de un tiempo se convierta en enfermedad.

Tampoco parece casual que, en este contexto, artistas como Jennifer López presenten canciones como "I ain't your Mama" (No soy tu madre), para definir en qué se ha convertido la dinámica de muchas relaciones actuales. Su letra es tan concisa como repetitiva, y en ella la intérprete reclama a su pareja que deje de comportarse como un adolescente y comience a actuar como un adulto: "No voy a estar cocinando todo el día, no soy tu madre", le increpa; "no voy a hacerte la colada, no soy tu madre"; "despiértate y ve a trabajar a tiempo", "no más jugar a videojuegos", "las cosas están a punto de cambiar aquí".

Es absurdo. Podría etiquetarse de penoso, pero lo cierto es que es simplemente absurdo. Y lo es en un doble sentido; el primero, por creer que una pareja tiene que realizar todo el trabajo de intendencia doméstica; el segundo, en asumir que la maternidad obliga a llevar a cabo estas labores de por vida, una vez la crianza ya se ha superado y la infancia ha dado lugar a nuevas etapas del desarrollo. Si un novio o novia (en desuso esta palabra, cuánto cambian los conceptos) no encuentra agradable esta tarea, no tiene sentido que una madre, que ya ha cumplido con creces su cometido, deba seguir haciéndolo sine die. "Solíamos estar locamente enamorados" continúa Jennifer López: "¿Podríamos volver atrás en el tiempo, a como era antes?", para apostillar: "Soy demasiado buena para esto".

Que el cine primero, y la música después, subrayen la necesidad de recobrar la identidad adulta resulta a todas luces trascendental. No hablamos de añorar envejecer sino de asimilar nuestro devenir de manera saludable. Encallarse en la adolescencia e incapacitarse para la edad adulta es tan negligente como desacertado, a pesar de que ha calado hondo en nuestra cultura. Ya nadie quiere crecer, nadie quiere el peso de la adultez. Es demasiado real para nosotros, por ello se opta por la vida virtual en la que no hay tiempo ni crecimiento. Si no, pregúntenselo Spike Jonze (Her, 2013), o si lo prefieren, a Siri o a Cortana.

Créanme, el cine rara vez se equivoca, la fobia a la madurez parece ahora solo un síntoma. Quizá dentro de un tiempo se convierta en enfermedad.