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'Los vecinos de arriba'

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De entre las decenas de lugares en los que he vivido, y de entre las tantas y tantas casas que he tenido, hay una de la que conservo especial recuerdo, quizá porque en ella se podría haber escrito una comedia, algún drama y, sobre todo, más de una novela de suspense. Todos los caminos de aquel piso céntrico, ubicado en el Madrid de los Austrias, desembocaban en el Teatro de la Latina, del que durante años había colgado el cartel de completo por Celeste no es un color. Cuando observaba aquel teatro, siendo yo niña, pensaba en lo complicada que debía ser la vida de un actor, siempre dependiendo del favor del público, de su propio cuerpo y de sus fuerzas. Han pasado algunos años y esta admiración no ha hecho más que acrecentarse.

Precisamente en La Latina se presentaba hace unos meses Los vecinos de arriba, primera obra teatral del cineasta Cesc Gay, estrenada hace dos años en el Romea de Barcelona. Els veïns de dalt, título de la pieza, estaba protagonizada originalmente por Àgata Roca, Nora Navas, Pere Arquillué y Jordi Rico, mostrando los conflictos y sinsabores a que aboca una relación en pareja. Por aquel entonces no pude acudir a verla y, desde ese momento, había deseado disfrutar de la obra y de su nuevo plantel, integrado por Candela Peña, Pilar Castro, Xavi Mira y Andrew Tarbet.

Tenía razón José Luis Garci, no es recomendable dejar para septiembre el aprobado, ni llevar a rastras una asignatura pendiente. Por ello ahora, en pleno agosto, he visto colmado mi deseo, pudiendo disfrutar a discreción con esta obra de teatro arrolladoramente divertida y también profunda. Ana (Candela Peña) y Julio (Xavi Mira) son un matrimonio envidiable y bien avenido. En el rellano o en el ascensor, aparentan ser una pareja compenetrada y abierta, padres felices de una niña. No obstante, en su fuero interno la duda y la frustración se acrecientan con el paso del tiempo, algo que solo emerge cuando los ruidosos vecinos de arriba son invitados a cenar. Gloria (Pilar Castro) y Brian (Andrew Tarbet) son célebres por sus estrepitosas noches de pasión, repletas de sonidos que hacen tambalear los cimientos del edificio y de la relación de Ana y Julio. Cuando los moradores del piso de arriba hablen de sus intimidades con la pareja, su solidez como matrimonio se irá derrumbando poco a poco.

Viendo a estos excelentes intérpretes en escena, valoro aún más la labor actoral, aquella que se celebra hoy, día de San Ginés, y que tantos pesares y cuitas alivia en los espectadores.

Desternillante trabajo de Gay, en él se atisban rastros impredecibles de cine y teatro, combinando aspectos de obras como ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee; con el planteamiento de cintas como Un dios salvaje (Roman Polanski); puntos de humor de la película francesa No molestar (Patrice Leconte), e insondables reflexiones de pareja que recuerdan al film sueco Fuerza mayor (Ruben Östlund). Todo ello, insisto, rodeado de un grueso manto de humor inteligente, sazonado con esa hondura íntima de Cesc Gay, que siempre vira hacia lugares insospechados.

Por paradójico que resulte, Los vecinos de arriba es inmensamente cinematográfica, encontrando travellings, planos generales y, sobre todo, primeros planos, logrados no solo por una dirección minuciosa y detallista, sino por la actuación de cuatro actores entregados a la causa de una manera encomiable. Estaba en lo cierto Cesc Gay al señalar que "el cine es de los directores y, el teatro, de los actores", ya que esta obra debe su pulso al proceso de encarnación que los cuatro protagonistas hacen de las palabras de Gay. La calidad del reparto es incontestable, haciéndose con el espacio creado por Alejandro Andújar con una naturalidad sorprendente.

Aunque Xavi Mira y Andrew Tarbet estén espléndidos como epicentro jocoso de la obra, destaca la facción femenina de este vecindario, con una debutante Candela Peña que rompe moldes y confirma las palabras de Isabel Coixet al definirla como "una Anna Magnani española". Intensa y sin embargo humilde (más capaz para Hedda Gabler y Lady Macbeth de lo que ella cree), nadie diría que con sus tres Premios Goya esta es su primera actuación sobre las tablas, un escenario que comparte con la siempre espléndida Pilar Castro, curtida ya en teatro, televisión y cine. A punto de estrenar El tiempo de los monstruos, de Félix Sabroso, ambas destilan profesionalismo y humanidad, algo que se confirma en las distancias cortas.

Viendo a estos excelentes intérpretes en escena, valoro aún más la labor actoral, aquella que se celebra hoy, día de San Ginés, y que tantos pesares y cuitas alivia en los espectadores. Desconozco si algún día desaparecerá el arte, el cine, la música o el teatro, pero me compadezco de un mundo en el que no haya artistas, personas que, mediante mucho talento y mayor sacrificio, logran con su ficción hacer mejor la vida real.