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¿Qué te hemos hecho, 2016?

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Foto de Debbie Reynods (d) junto a su hija Carrie Fisher

No hace falta ser muy hábil para darse cuenta de que 2016 ha sido, y todavía es, un año aciago. Doce meses repletos de noticias desbordantes, siniestras e infaustas han convertido el gesto de leer un periódico en un acto de gallardía. A ver quién es el valiente que se enfrenta a tanto desastre a golpe de un solo clic. Cuando parecía que nos habíamos sobrepuesto a la partida de David Bowie, que habíamos superado la marcha de Leonard Cohen y de Prince, e incluso nos habíamos resignado a perder a George Michael el día de Navidad, nos encontramos con un fin de año particularmente amargo.

Hace nada nos enterábamos de la desaparición de Carrie Fisher, la princesa intergaláctica más célebre de la historia del cine, y hoy, apenas un día después de su muerte, descubrimos que su madre, Debbie Reynolds, también ha fallecido. Ambas artistas habían protagonizado episodios muy distintos en el devenir del séptimo arte y, a pesar de ello, conquistaron para sí una nada desdeñable cantidad de devotos incondicionales. A Debbie Reynolds la conocimos en Cantando bajo la lluvia (1952, Stanley Donen y Gene Kelly), convirtiéndose en eterno icono del cine musical del Hollywood clásico. La determinación de Kelly para conseguir que Reynolds bailase claqué y aprendiera a cantar convenientemente (a pesar de que más tarde fuera doblada), lograron que Debbie Reynolds enfocase su carrera hacia la interpretación y la música, de lo que viviría el resto de sus días. Al igual que el personaje con el que conseguiría una nominación al Oscar, Molly Brown, también Reynolds se mantuvo a flote y, si bien no sobrevivió al hundimiento de Titánic como Brown, sí consiguió estabilizar una vida repleta de vaivenes y de rupturas sonadas, siendo injustamente popular por sus tres divorcios, en especial el de Eddie Fisher, quien abandonó su familia por su relación con Elizabeth Taylor.

Ambas fusionadas, han vivido y también han fallecido ligadas, indisolubles en el espacio y en el tiempo.

Precisamente con el cantante tendría Reynolds a Carrie Fisher (1956), quien es y siempre será, la Princesa Leia en la saga de Star Wars. En su papel más emblemático la hemos visto en 1977 con La guerra de las galaxias, y más tarde en El Imperio contraataca (1980), El retorno del Jedi (1983) y en El despertar de la Fuerza (2015). Será este rol, indudablemente, el que le granjeará popularidad hasta hoy en día, formando parte de nuestro acerbo cultural y encumbrándose en una de las pocas mujeres que, ya en los setenta, se atrevió a interpretar el papel de una princesa guerrera. Todos conocemos a Leia, constituyéndose en parte de nuestro imaginario colectivo. Imbatible hasta sus prematuros sesenta años, llegó a participar incluso en un episodio de la serie de la CBS The Big Bang Theory, junto con James Earl Jones (2014), acercando el universo de Star Wars a las nuevas generaciones de millennials. No obstante, quisiera destacar aquí un ámbito en el que Fisher es menos conocida, el de la escritura, una actividad que desempeñó en varias ocasiones y que le llevó a firmar Postcards from the Edge, uno de los guiones más espléndidos de la filmografía de Mike Nichols. Basada en la novela semiautobiográfica de la propia Fisher, en Postales desde el filo (1990) encontramos el sentido del humor sardónico de la actriz y escritora, con una historia repleta de sinsabores y de dureza llevados con el tacto propio de quien ha bajado a los infiernos en más de una ocasión. Interpretada en la gran pantalla por Meryl Streep y Shirley MacLaine, en ella Fisher hace un repaso a su vida, a la omnipotente presencia de su madre, al hecho de tener una enfermedad mental aderezada con alcohol y drogas, y a cómo afectó en su vida convertirse en leyenda siendo hija, asimismo, de otra leyenda. Les recomiendo que la vean porque, además de constituir un documento de excepción acerca del propio sentir de Fisher, dibuja un perfil de su vida lóbrego pero, al mismo tiempo, nada descorazonador.

Carrie Fisher mencionó en cierta ocasión que la celebridad era sinónimo de oscuridad y, en muchos sentidos, estaba en lo cierto. Todo aquel Star System en el que se crió no solo contribuyó a que temiera el mundo del espectáculo, tan ingrato con sus propias creaciones, sino sobre todo que se sintiera dentro y fuera del estrellato al mismo tiempo. Durante largo tiempo, pensar en Debbie Reynolds conducía irreparablemente a Carrie Fisher y lo mismo sucedía cuando se evocaba a la princesa Leia. Ambas fusionadas, han vivido y también han fallecido ligadas, indisolubles en el espacio y en el tiempo.

Ahora que ambas no están, y que resulta casi imposible comprender el alcance del amor de una madre ante la muerte de su hija, cuando esta ya había sobrevivido a casi todo, no puedo sino pensar en lo extraña que es la vida, sus vericuetos y sus años aciagos. Pidan conmigo que el 2016 acabe pronto, o necesitaremos algo más que la Fuerza para que nos acompañe.