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Cosas de Raquel

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Una noche Raquel Meller fue al teatro Romea de Barcelona con la intención de dar una paliza a una colega, la gran Encarnación López, La Argentinita, que, en ese teatro, representaba un espectáculo en el que parodiaba a figuras del cuplé. Una de las imitadas era Raquel, la reina del cuplé. Raquel se camufló entre bastidores y aguardó su momento. En su parodia, La Argentinita interpretaba "La violetera" y arrojaba flores al público mientras decía "Esta para ti, esta para ti...". En ese instante Raquel irrumpió en el escenario y al grito de "¡¡Y esta otra para ti!!" se abalanzó sobre La Argentinita y, fuera de sí, se ensañó con ella, ante la perplejidad del público. Eran dos mitos y a mí la anécdota me parece mítica.

Raquel Meller dio de qué hablar en su época por su talento y su carisma pero, también, por sus malas pulgas. Era un genio con muy mal genio, como tantos genios. La historia de La Argentinita es una de las muchas que se cuentan. Otra noche, Raquel, al enterarse de que María Escudero interpretaba un cuplé de su propiedad, se presentó en el teatro, subió al escenario, cogió las partituras del atril de la orquesta, las rompió, las arrojó al suelo y las pisoteó enfurecida. Cuando salía del teatro otra cupletista y su madre le increparon y Raquel pegó a las dos. En una ocasión Alfonso XIII, a través de un emisario, le propuso actuar en Palacio. La respuesta de Raquel fue: "Si quiere saber de mí, que venga a verme. La misma distancia hay de aquí a Palacio que de Palacio al teatro". El rey, al enterarse, dijo: "Cosas de Raquel". La fue a ver al teatro con la reina Victoria Eugenia e iniciaron con ella una cierta amistad. El rey le decía a menudo: "Cuando te sale la maña eres imposible". Raquel era muy testaruda y sincera hasta lo desagradable. Supongo que a eso se debía referir Alfonso XIII.

Raquel nació en Tarazona en 1888. Se educó con monjas en Tudela y Montpellier y con ellas aprendió a coser. Luego fue a vivir a Barcelona con su familia y se empleó como costurera en un taller frecuentado por artistas de variedades. Una de ellas la escuchó cantar y le animó a dedicarse al espectáculo. Cuando Raquel debutó su padre la echó de casa. En aquel tiempo, el oficio que había elegido Raquel era la pesadilla de casi cualquier padre. No se podía caer más bajo.

Raquel ha sido, qué duda cabe, la aragonesa más célebre de todos los tiempos. Revolucionó el mundo de las variedades con su estilazo, su encanto, su voz delicada y su especialísima manera de interpretar las canciones. Contribuyó de forma decisiva a que un género, el cuplé, hasta entonces despreciado por la gente más distinguida, se convirtiera en algo muy respetable. Desde 1911 -cuando se consagró en el Teatro Arnau de Barcelona- hasta los años 30 mantuvo una inmensa popularidad en España, Francia y otros lugares y encandiló a todo tipo de brillantes personalidades: Benito Pérez Galdós, Jacinto Benavente, Blasco Ibáñez, Sarah Bernhardt, Manuel Machado, los Álvarez Quintero, Aldous Huxley, Julio Romero de Torres o Joaquín Sorolla, que se coló por ella -como su hijo- y le hizo dos retratos estupendos. Fue estrella de cine en España (Los arlequines de seda y oro) y Francia (Violetas imperiales, Carmen) y otro de sus fans, Charles Chaplin, le ofreció el papel de Josefina en una frustrada película sobre Napoleón. Chaplin plagió en Luces de la ciudad la melodía de La violetera, la canción que le había fascinado en la voz de Raquel.

Era muy católica, muy tradicionalista y muy monárquica. En 1935 el maestro Guerrero le quiso presentar a Margarita Xirgu en un teatro pero Raquel se negó a saludar a la actriz, republicana y roja. César González Ruano contó que estaba con ella en Francia el 18 de julio de 1936 y que Raquel celebró con champán el estallido de la Guerra Civil.

Fue una mujer muy poco feliz. "Nunca nadie me quiso", decía, pese a que su madre siempre la quiso. Era recelosa y paranoica y debía creer que solo se le acercaban para sentir el calor de su fama. Se casó con el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo pero la pareja se deshizo pronto. Todo hace pensar que Raquel, además de deslumbrante, era insoportable. Tenía un ego disparatado, aunque tal vez superado por el de su marido. Adoptaron dos hijos, un chico y una chica. Poco después de morir Raquel el chico falleció en un accidente y la chica se suicidó. Raquel también fue madre, pero biológica y secreta, de un varón cuyo padre era un aristócrata aragonés. El hijo acudió a verla a un teatro de Zaragoza. Alguien, en plena función, gritó "¡¡Aquí tienes a tu hijo!!", y Raquel suspendió la actuación.

Si se hiciera una película sobre Raquel Meller el guión iría sobrado de emociones fuertes. Por cierto que Raquel andaba convencida de que el personaje de Sara Montiel en El último cuplé estaba inspirado en ella y llegó a poner un pleito a sus responsables. Raquel, cómo no, detestaba a la Montiel: Sara era la gran estrella de España mientras Raquel, vieja y medio tarada, compartía sus días con gatitos y perros callejeros.

En Zaragoza vive el que más sabe y el que mejor ha escrito en el mundo sobre Raquel Meller, Javier Barreiro. Gracias a él conozco todas estas cosas de Raquel. El jueves se cumplen 50 años de la muerte de la artista en un hospital de Barcelona. No se me ocurre mejor tributo que leer y oír a Javier, escuchar La violetera, El relicario o Flor de té y visitar el Museo que Tarazona le ha dedicado. Estos aniversarios sirven para impedir el olvido. Para que el paso del tiempo no devore a seres tan asombrosos como la bella y fiera Raquel.

Este artículo ha sido publicado también en el diario El Heraldo de Aragón.