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El mito de Carmen

14/01/2013 08:33 CET | Actualizado 15/03/2013 10:12 CET

Cuando llegué a Zaragoza en 1980 Carmen Llera ya no vivía en la ciudad. Pero no tardé en oír hablar de ella a mucha gente que conocí en esos años. Todos se referían a Carmen con una fascinación que saltaba a la vista. Esa mujer había dejado una huella muy honda. Carmen era la musa de una generación de aragoneses muy especiales. Carmen era una leyenda. Eso es algo que me quedó muy claro desde el primer momento.

En enero de 1986 Carmen Llera saltó a la fama internacional. A los 31 años se iba a casar con el escritor italiano Alberto Moravia, 47 años mayor que ella. Se habían conocido en 1978, cuando Carmen, que estudiaba en Catania, recibió el encargo de entrevistar al escritor para Il Giornale di Sicilia. El enlace se celebró en secreto, el 26 de enero, al amanecer, en el Campidoglio de Roma. El matrimonio estaba en boca de toda Italia: Moravia era toda una institución y los italianos también habían cedido al embrujo de su joven esposa, a la que llamaban La Ibérica. Un periodista escribió que la pareja había desatado "la fantasía fálica de los italianos". Carmen no se había cortado un pelo al airear su forma de ver la vida y de entender las relaciones sentimentales. En las entrevistas confesaba cosas como que su vida había estado dominada siempre "por el principio del placer", que lo que más le había apasionado de Moravia era "el contacto corpóreo y sexual", que: "el pecado es un concepto que no entiendo" o que "una mujer no puede llenar su vida con un solo hombre". Esas bombas verbales dividieron a la sociedad italiana -y española- pero contribuyeron a disparar el enorme morbo que su figura provocaba. Por si fuera poco, la escritora Elsa Morante, que había sido mujer de Moravia durante 20 años, le dijo, antes de morir: "Eres demasiado bella". La chica arrastraba, cómo no, la aureola de ser una gran seductora. Entre sus romances figuraban Klaus Kinski, Bettino Craxi o el líder druso Walid Jumblatt. Y, encima, se llamaba Carmen. Casi no podía tener otro nombre.

En ciertos círculos de Zaragoza sus andanzas se seguían con indisimulado fervor. En esos días de 1986, en las cenas de la revista Andalán en Casa Emilio, no se hablaba de otra cosa. Gente como Emilio Gastón, José Antonio Labordeta, Emilio Lacambra, Juan José Carreras (padre e hijo), Gonzalo Borrás y Carlos Forcadell habían conocido bien, o muy bien, a Carmen Llera.

Carmen había nacido en Tudela en 1954 (o 1953, quién sabe). Estudió en Pamplona en un colegio de monjas y luego en un instituto. Se casó a los 17 años con Luis Álvarez, su profesor de Literatura, con el que tuvo un hijo, Héctor. En 1972 vino a Zaragoza y se matriculó en Filosofía y Letras. Enseguida confraternizó con la gente más brillante del Aragón de la Transición: intelectuales, artistas, profesores universitarios, periodistas o políticos, buena parte de ellos asociados a la tríada Andalán -PSA (Partido Socialista de Aragón)- Casa Emilio. Pero también conoció de forma muy estrecha a Enrique Tierno Galván, Alejandro Rojas Marcos, García Trevijano o Adolfo Marsillach. Su mejor amiga era la periodista Margarita Barbáchano. Con Carmen como pretexto, Margarita podría escribir una fenomenal crónica de esa época. Sería un buen retrato de un clima social, cultural, político y, desde luego, moral. En aquellos años los vientos del Mayo del 68 no habían logrado tumbar a la España profundamente rancia, enlutada, reaccionaria, intolerante, reprimida, machista y puritana. En ese ambiente, Carmen era una revolucionaria de primera categoría.

Alberto Moravia murió en 1990. Carmen trabaja desde entonces en la Fundación Moravia y ha continuado su actividad como escritora. Algunos de sus libros son relatos más o menos camuflados de su vida. En mayo de 2011 Carmen publicó una carta en un periódico en la que defendía abiertamente a su amigo Dominique Strauss-Kahn, el expresidente del FMI, acusado de violencia sexual. Carmen escribía que su amigo no era un hombre cruel, primitivo o sádico y que la violencia no formaba parte de su cultura. Y añadía: "Ama el sexo. ¿Y qué?". Esa es mi Carmen.

La Transición está en el aire desde hace tiempo. No sé si esa es la razón secreta por la que, últimamente, Carmen Llera se me aparece a menudo en conversaciones con amigos que la trataron. Todo empezó cuando, hace un año, Andrés Cuartero nos habló de ella a Antón Castro y a mí. Antón insinúa que el personaje daría para una gran novela. Muchos la recuerdan como una buena chica, simpatiquísima y arrolladora. Emilio Lacambra refiere a menudo la noche en la que Carmen conoció en su restaurante al cantante cubano Silvio Rodríguez. Eloy Fernández Clemente coincidió con ella una sola vez: le tocó a su lado en un autobús pero cedió su asiento a uno de los que pugnaban por viajar pegados a ella. Gonzalo Borrás, que - como Guillermo Fatás o Carlos Forcadell- la tuvo de alumna, no ha olvidado el día que acudió a clase de Historia del Arte con su hijo de dos años, de pelo rubio y rizado. Se sentó en la primera fila y así siguió la clase, con el niño en brazos. Gonzalo la evoca como una joven con alma de líder y da una clave de su personalidad: "Lo que más le atraía a Carmen era la gente insólita, diferente. Rechazaba lo anodino, lo mediocre". Forcadell brinda otra pista fundamental: "Carmen sufría grandes carencias emocionales desde niña. Eso explica muchas cosas". Gonzalo recuerda una mañana de los años 90 en la que entraron en su aula para pedirle que interrumpiera un momento la clase: Carmen estaba de visita en la Facultad y quería saludarle.

Me he encontrado con gente -sobre todo mujeres- que, sin haberla conocido, desprecian el modelo de mujer que representa. Como casi cualquier personalidad realmente interesante, Carmen es compleja, controvertida, insondable, misteriosa y ambigua. Cumple todos los requisitos para ser mitificada pero, también, para resultar condenada. Nos vuelve locos juzgar a los demás. Y eso es lo que nos pierde. Carmen, vuelve, anda.

Este artículo ha sido publicado originalmente en el diario 'El Heraldo de Aragón'.

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