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En busca de Felipe González

28/01/2014 07:28 CET | Actualizado 29/03/2014 10:12 CET

En 1976, poco después de la muerte de Franco, oí hablar a mi padre, por primera vez, de Felipe González. Yo tenía 14 años. Mi padre era un obrero de pueblo que leía a Flaubert y a Machado. Él intuía que aquel deslumbrante joven de 34 años, al que algunos aún llamaban "Isidoro", era la gran esperanza para salir del pozo. Felipe fue una de las pasiones que mi padre me contagió. En 1977 yo estudiaba primero de BUP en la Universidad Laboral de Huesca. Todo el rato hacíamos manifestaciones y huelgas contra el rector, esos días en los que aprendí a jugar al mus. En junio de ese año se celebraron las primeras elecciones democráticas desde la II República. Durante la campaña electoral, en la habitación que compartía con otros tres adolescentes, colocamos un póster de Felipe. En el congreso del PSOE de 1979 le escuché a Felipe en la tele una frase que sintetizaba muchas cosas y que, no sé por qué, aún me retumba en la cabeza de vez en cuando: "Hay que ser socialista antes que marxista". Unos años después, en octubre de 1982, asistí en la plaza de toros de Zaragoza al mitin de Felipe, unos días antes de las elecciones en la que arrasó. Me acompañaron Santiago Castán, Fernando Baldellou y Paco Puértolas, compañeros de la universidad. Teníamos 20 años. La plaza estaba desbordada de gente y el ambiente era eléctrico. Se respiraba el entusiasmo. Cuando Felipe apareció, la euforia se desató. Era una estrella. Esa tarde, en ese escenario, había sobredosis de brillo y de carisma: al final salió José Antonio Labordeta y, con él, toda la plaza entonó el Canto a la Libertad.

Felipe despertó tantas ilusiones que lo tenía muy fácil para defraudarnos. Y así lo hizo. Más allá de los chascos puntuales y los crueles baños de realidad, sufrimos algunos golpes bajos insoportables. Y, sin embargo, ahora, las sombras de su mandato se van difuminando y se advierte con más claridad el enorme calado histórico de su figura. Luis María Ansón -que no solo nunca lo habrá votado ni loco sino que animó una conspiración para echarlo del poder- sostiene que Felipe es el gran político español del siglo XX. Felipe permaneció casi 14 años en la Presidencia del Gobierno. Es el político de la historia democrática de España que más ha resistido -y tal vez resistirá- al frente del Gobierno. Su obra maestra fue contribuir de manera decisiva a fortalecer el Estado del bienestar y a disparar la autoestima del país que había sido destrozada por el franquismo. Hasta sus detractores no talibanes le reconocen ese mérito. Y, como prescriptor de lujo, Felipe nos descubrió las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

Sobre todo para la gente de mi generación, Felipe González es una presencia muy poderosa en nuestra vida. Felipe forma parte de mi paisaje desde hace 38 años: seis años como líder de la oposición, 14 como presidente y 18 como jarrón chino. Felipe deslizó en una ocasión una metáfora muy afortunada para retratar su lugar como expresidente: "Los expresidentes son como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños. Se supone que tienen valor y nadie se atreve a tirarlos a la basura, pero en realidad estorban en todas partes. Nadie sabe bien dónde ponerlos y todos albergan la secreta esperanza de que, por fin, algún niño travieso les dé un codazo y los rompa". Pero, desde que es jarrón chino, Felipe no ha parado de observar el mundo y de reflexionar sobre él. Ahora, buena parte de esas reflexiones las ha reunido en un libro, En busca de respuestas.

El libro es una destilación de su ideario de rojo pragmático. En él habla de su manera de entender la política, el liderazgo, la globalización, la crisis o la economía, cuenta algunas cosas que ha aprendido de cómo funciona el mundo y detalla los desafíos a los que nos enfrentamos en esta época endiablada. El libro es muy estimulante y tiene algo de manual de instrucciones: qué hemos de hacer para que nuestra época no nos devore, para sobrevivir a esta pesadilla. El reto que propone Felipe es descomunal: para salir a flote hemos de dar un vuelco radical a la manera de hacer las cosas y a nuestra personalidad individual y colectiva. La apuesta de Felipe exige una revolución ética y mental que nos convierta, sencillamente, en otro mundo, en otro país, en el que, por ejemplo, nuestra relación con la educación, el espacio público o la cultura del riesgo, el emprendimiento y la innovación deje de ser tan lamentable. Cambiar la manera de ser de un país y superar sus debilidades enquistadas es muy complicado. Pero Felipe insinúa que esta crisis salvaje es una ocasión de oro para que nos empeñemos en conseguirlo.

Miércoles 22 de enero. Felipe viene a Zaragoza, al Teatro Principal, a celebrar alrededor de su libro un coloquio en el que, con Eva Pérez Sorribes, Daniel Gascón, Eva Sáenz y María López Valdés, tengo la oportunidad de participar. Solo había estado una vez con Felipe, en su despacho de Madrid, en el año 2000, cuando le hice una entrevista con Concha García Campoy. Nuestra única intención es que nos hablara de su amigo Antonio Banderas, al que íbamos a dedicar un monográfico en la tele, en La gran ilusión. Felipe nos confesó que había sido una de las entrevistas más raras y relajadas que le habían hecho en su vida. Él no estaba acostumbrado a que, en una entrevista, ninguna pregunta fuera un disparo.

Felipe se encuentra en un momento muy interesante para leerle y escucharle. Los políticos, en general, son unos consumados expertos en el arte de la ocultación y, con ellos, es casi imposible tener la sensación de que te están diciendo lo que de verdad piensan, sienten y saben. Pero Felipe cumple algunos requisitos: es una personalidad de gran relieve, lleva casi 18 años alejado del poder- con la distancia, la libertad de pensamiento y el desparpajo mental que da eso-, su intensa actividad internacional le ha situado en un lugar privilegiado para tener una visión panorámica del planeta y, sobre todo, a sus 71 años, el cuerpo le pide decir lo que le viene en gana. Nunca Felipe ha estado más cerca de decir lo que de verdad piensa, sabe y siente. No va a ocurrir. Pero si algún día lo contara todo, ese testimonio sería uno de los mejores de la historia España. Con algunas cosas nos echaríamos a temblar. Pero merecería la pena.

Felipe, en las distancias cortas, es muy cálido pero impresiona. A Zaragoza acudió con Miguel Aguilar, el editor del libro, y de su hija María, su gran cómplice, una chica brillante y encantadora. Veía a María y la recordaba con cuatro años, cuando entró en la Moncloa, el lugar en el que vivió hasta su mayoría de edad. Ser hija de Felipe González no es cualquier cosa y ella ya no lo puede llevar mejor.

El miércoles pasado el Teatro Principal se llenó. Y cayó rendido. Dentro de su cabeza Felipe tiene una máquina, que no se detiene nunca, con la que procura entender, explicar y mejorar el mundo.

Este artículo se publicó originalmente en el diario 'Heraldo de Aragón'.