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Nunca se sabe

22/02/2013 21:42 CET | Actualizado 24/04/2013 11:12 CEST
Gtres

El recuerdo del 23-F no es un recuerdo cualquiera. Se trata de uno de esos episodios cuyo impacto emocional es tan enorme que solemos recordar con absoluta precisión y sin ningún género de dudas los detalles de cómo lo vivimos. Yo fui uno de los que siguieron en directo la irrupción de Tejero en el Congreso gracias a la cadena Ser que, como Radio Nacional, retransmitía el debate de investidura de Calvo Sotelo, en uno de los momentos más delicados, confusos e inestables de la historia reciente de España. A las 18.23 de ese lunes de febrero me acababa de despertar de la siesta y me lavaba los dientes con un pequeño transistor al lado. Cuando escuché aquello, dejé de cepillarme y mantuve un buen rato el cepillo dentro de la boca, totalmente paralizado. Si hubiera tenido televisión seguro que la hubiese encendido de inmediato para tratar de ver semejante espectáculo. Pero vivía en un piso de estudiantes y allí no había televisor.

Eloy Fernández Clemente -periodista, fundador y director de Andalán, Catedrático de Historia y testigo y protagonista muy atento de los años de la Transición- recuerda que él lo siguió en directo en el pequeño televisor del bar de la Facultad de Empresariales de Zaragoza. La profesora Isabel Pérez Grasa estaba con él y ella también recuerda con toda claridad cómo lo vieron juntos en directo, en el UHF de TVE, un canal entonces muy minoritario que aún no llegaba a todos los lugares de España. No fueron muchos minutos. En un momento dado, la retransmisión se interrumpió. Pero el caso es que, durante un rato, lo vieron por la tele. Eloy tenía entonces 38 años.

Muchos otros españoles recuerdan haberlo visto también en directo por la tele. Entre ellos, intelectuales, escritores, catedráticos e historiadores de muy buena memoria y que han dedicado buena parte de su vida a investigar o recrear la memoria individual o colectiva: Juan Pablo Fusi, Fernando Savater, Juan Marsé o Agustín Sánchez Vidal. O el actor Juan Diego, que recuerda muy bien cómo lo vio en la tele de un bar de carretera mientras se dirigía a Zaragoza a un homenaje al poeta Ángel Guinda en la sala Oasis.

Si yo no tuviera ninguna otra información, todos esos testimonios serían suficientes para que yo no dudara de que unos minutos del 23-F se emitieron en directo por la tele. Yo no soy quién para dudar de los recuerdos de gente de tan ilustre memoria, sobre todo cuando evocan cómo vivieron un suceso tan inolvidable.

Las portadas del 23F

Sin embargo, hay muchos más que sostienen -también, sin ningún género de dudas- que el 23-F se emitió en directo por la cadena Ser y por Radio Nacional pero de ninguna manera por televisión, ni siquiera unos minutos. Según ellos, las primeras imágenes de la entrada de Tejero en el Congreso se emitieron en la primera cadena de TVE -el VHF- a partir de las 12.30 del mediodía del martes 24-F, después de que Tejero se entregara a las autoridades.

Entre los que mantienen esa convicción se encuentran investigadores del 23-F tan rigurosos y fiables como Javier Cercas -autor de la imprescindible Anatomía de un instante- y Javier Fernández, responsable de una monografía clave sobre el intento de golpe de Estado. Y, también, se encuentran dos altos cargos de la televisión pública en febrero de 1981, Fernando Castedo -director de TVE- e Iñaki Gabilondo, que acababa de ser nombrado director de los servicios informativos. Castedo y Gabilondo son, quizá, los dos seres humanos con mayor autoridad para sostener esa tesis. En una entrevista que concedió hace cuatro años a Sara Pulido, Castedo recordaba que el Consejo de Administración de RTVE decidió unos días antes del 23-F no emitir en directo por televisión el debate de investidura de Calvo Sotelo. En otra entrevista Pedro Erquicia, subdirector de los servicios informativos en el 23-F, recordaba que él, en Prado del Rey, pudo ver en directo esas imágenes gracias a la transmisión que, por circuito interno, realizaba TVE.

Y yo tampoco soy quién para dudar de los recuerdos y las convicciones de testigos tan privilegiados.

El desacuerdo entre unos y otros es realmente inquietante: tanto unos como otros tienen razones aparentemente imbatibles para no dudar. Pero no todos pueden tener razón.

Este asunto insinúa cosas muy interesantes sobre la condición humana y nuestra inutilidad para abdicar de ciertas convicciones o, simplemente, para permitirnos que esas convicciones se tambaleen un poco. Si me pongo en la piel de Castedo, por ejemplo, no habría nadie capaz de persuadirme de que estoy equivocado y me sacaría de quicio que alguien se empeñara en que lo había visto en directo y que fuera incapaz de bajarse de ese burro. Pero si me pongo en la piel de Eloy Fernández Clemente, por ejemplo, también me quemaría un poco por dentro que no se diera crédito a mis recuerdos en un asunto así. Porque incluso aunque barajara la remotísima posibilidad de que mi memoria me traicionara, me parecería imposible que también le engañara a todos los demás que lo recuerdan como yo, sobre todo a Isabel Pérez Grasa, que siempre ha recordado cómo lo vio conmigo y que, por lo tanto, también es una testigo insuperable. Porque esa es otra: los que afirman que lo siguieron en directo por la tele lo llevan recordando así desde la misma noche del 23-F. No hablamos de un episodio cualquiera que habían olvidado y que ahora, tantos años después, se ven obligados a rescatar. Se trata de una vivencia que han relatado infinitas veces desde el mismo instante en el que se produjo.

La controversia es apasionante y anda sobrada de detalles muy raros, muy confusos. Sobre ella flota, todo el rato, una endemoniada ambigüedad que a mí me resulta totalmente hipnótica.

De entrada, resulta muy llamativo que Castedo señale que la decisión de no emitir en directo la investidura de Calvo Sotelo requiriera de una reunión del Consejo de Administración y que se tomara por "unanimidad". Y, desde luego, parece francamente sospechosa la razón aducida: se entendía que la sustitución de un presidente del Gobierno dimitido es un acontecimiento que debe considerarse "normal" en un país democrático. Cualquiera podría pensar que ahí había gato encerrado: ¿cómo es posible que un acto de esa relevancia fuera considerado "normal" e indigno de emitir en directo por televisión -ni siquiera en el UHF- cuando la Ser y RNE -que dependía del mismo ente público que TVE- no habían tenido ninguna duda al respecto?

En otra entrevista para Periodista Digital en la que Castedo recuerda los detalles de su vivencia del 23-F comete algún error fácilmente detectable. Él señala que cuando le avisaron de lo que sucedía en el Congreso -poco después de las 6.23 tuvo que ser- él se dirigía en coche al diario El País, donde se iba a celebrar una reunión de directores de diversos medios informativos. Entonces, decidió volver de inmediato a su despacho de TVE al que llegó, según él, "entre 6 y 6.30". Es muy raro que Castedo señale ese intervalo horario cuando él debería saber -por haberlo escuchado y leído un millón de veces desde entonces y, fundamentalmente, por ser él quien era- que la entrada de Tejero en el Congreso se produjo justo a las 6.23.

Por descontado, los que están seguros de haberlo seguido en directo por televisión sí que dudan de los recuerdos de Castedo y podrían subrayar algo: mientras Castedo no estaba delante del UHF a las 18.23 del 23-F, ellos se recuerdan con todo lujo de detalles viendo esas imágenes en el UHF. En realidad, todos los que han sostenido públicamente la tesis de Castedo admiten que no estaban viendo el UHF justo en el momento fatídico. (Los profesionales de TVE que lo seguían en directo lo veían por circuito interno). Es decir, no se trata de que unos recuerden una cosa y otros recuerden otra. El desacuerdo se da entre unos que creen recordar algo con precisión y otros que niegan esos recuerdos no desde su propia memoria sino a partir de evidencias y argumentos, eso sí, muy poderosos.

Se ha desarrollado una teoría para tratar de aclarar la confusión: los que mantienen que lo vieron en directo son víctimas de una especie de alucinación mental que les hace estar seguros de que vieron lo que en realidad no vieron. Esas imágenes las han visto tantas veces desde el 24-F que, de forma equivocada, las han instalado en su memoria en la misma tarde del 23-F. La teoría es muy sugerente y seductora: también hay otros -como el catedrático de Historia del Arte Gonzalo Borrás- que creen haberlo visto en directo pero admiten que no se atreven a asegurarlo. Pero eso no significa necesariamente que esa teoría se corresponda a la verdad.

Entre los testimonios más favorables a los que sostienen que lo vieron en directo, se encuentran algunas declaraciones y cosas encontradas en la prensa de los días siguientes. Carmen Menéndez, esposa de Santiago Carrillo, en una entrevista concedida la misma mañana del 24-F -y que El País publicó el día 25- recuerda cómo se enteró de la entrada de Tejero: "Supe lo que sucedía en el mismo momento en que ocurría porque lo estaba siguiendo por la radio y la televisión". Resulta muy verosímil que ella -una de las personas más interesadas en los acontecimientos: su marido estaba condenado si el golpe triunfaba- tuviera encendidas al mismo tiempo la radio y la televisión y parece extraño que si sólo lo hubiera escuchado en la radio añadiera por su cuenta lo de "y la televisión". Y, desde luego, cuesta creer que solo unas horas después del intento de golpe la memoria traicionara a la mujer de Carrillo. Por otro lado, en el editorial de El País de ese mismo día 25 se incluye esta frase: ""Gracias a la radiotelevisión el golpe de estado se pudo seguir en directo".

Aunque, sin duda, el testimonio más desconcertante que apoya la tesis de que se emitió en directo procede de la mismísima TVE. Hace unos años un periodista interesado en aclarar la polémica investigó en los archivos de TVE, en los que las cintas de los programas aparecen señaladas con una pegatina que indica si el programa que contienen se emitió en directo o en diferido. Pues bien, en la cinta del 23-F aparece esta palabra: "Directo". Eloy Fernández cuenta cómo, en efecto, hace unos años su amigo Víctor Juan Borroy logró una carta de TVE en la que confirmaban que esas imágenes se emitieron en directo.

23F en vídeos y audios: realidad y ficciones

Todo es muy raro y cada nuevo dato que se encuentra no hace más que alimentar la confusión y la perplejidad. Y, según te empeñes en tratar de demostrar una u otra postura, puedes apoyarte en grandes argumentos para cuestionar la contraria. Por ejemplo, puedes pensar que la mujer de Carrillo se equivocó al decir "por la radio y la televisión" o que el periodista se equivocó en la transcripción; y puedes pensar que el que escribió el editorial de El País erró al escribir "radiotelevisión"; y puedes pensar que alguien se equivocó al escribir "directo" en la cinta del 23-F que permanece en el archivo de TVE o que ese "directo" se refiere a la transmisión por circuito interno; y, por supuesto, puedes pensar que, pese a la potencia del suceso, la memoria les engaña a todos y cada uno de los que sostienen que lo vieron en directo y también les engaña en pareja. Sí, puede ser que todo se deba a un monumental equívoco. Pero hay que admitir que quizá se hayan acumulado demasiados errores a la vez.

No hay que olvidar algo: en 1981, en las redacciones de las radios y los periódicos, apenas había televisores, si es que había alguno. Si los hubiera habido, seguro que habría muchos más periodistas que recordarían si la tarde del 23-F se habían emitido o no las imágenes en directo por el UHF. En las redacciones de los diarios los sucesos se siguieron por la Ser y también -aunque a menudo se la ha ninguneado- por RNE.

La periodista Cristina Marinero, procurando arrojar un poco de luz, aventuró una hipótesis interesante. Los golpistas del 23-F tenían muchos cómplices civiles. Lo más natural es que dentro de TVE hubiera varios de ellos, incluidos técnicos o realizadores. Cristina sostiene que entre los que urdieron el golpe existía un diferente criterio -también- sobre la difusión que había que realizar de él. Unos creían que, para asustar y paralizar al país, había que darle la mayor difusión posible y otros, la gran mayoría, apostaban por lo contrario. Cristina piensa que uno de esos cómplices de los golpistas pudo ser el que activó de forma inesperada la retransmisión del golpe por el UHF, hasta que, pasados unos minutos, los partidarios de la discreción la interrumpieran violentamente.

Esa hipótesis adquiere cierto sentido si se repara en el testimonio que encontró Guillermo Fatás de Joaquín Arozamena, director del informativo diario Redacción de noche que el UHF emitía en 1981 entre 19.47 y 20.35. Arozamena recuerda que él también estaba viendo en directo las imágenes por circuito interno. Y añade: "A eso de las 18.55 un guardia civil avanza hacia la única cámara que está grabando y la rompe y lo último que se ve es el control de acceso. Ahí nace una de las incógnitas que yo he intentado resolver: ¿cómo supieron los golpistas que esa cámara estaba grabando? Porque sólo rompieron esa. Lo único que se me ocurre es que alguien de TVE les tuvo que llamar y decirles a los golpistas '¡So-gilipollas, que os está grabando la cámara tal'. Por cierto, esas grabaciones se lograron gracias a José Marín, un hombre ignorado por la historia, cuando fue el que tuvo los reflejos de darle a grabar apagando la lucecita".

(Hay que recordar que muchos de los cronistas resaltaron que, al seguir grabando, no se cumplió la orden dada por Tejero cuando un guardia civil le advirtió que "estaban saliendo" en televisión: "¡Que corten esa transmisión!", gritó Tejero-, y alguien no le hizo caso).

La hipótesis deslizada por Cristina Marinero puede sonar algo "conspiranoica" y absurda. Pero tal vez no es menos absurda que la persistencia de la misma controversia.

Aunque uno no se lo proponga demasiado, no se puede evitar oler algún gato encerrado.

La duda es formidable y sugiere mucho más de lo que parece. Fernando Fernán-Gómez decía que muchos libros de historia consisten en demostrar que los libros de historia anteriores estaban equivocados. Y, desde luego, este episodio del 23-F es uno de esos que hacen tambalear la precisión de los hechos históricos que nos cuentan: si no somos capaces de saber exactamente qué pasó alrededor de algo que sucedió en 1981, qué será de los hechos localizados hace mucho más tiempo.

Alfred Hitchcock llamó "Mcguffin" a esos apoyos narrativos aparentemente irrelevantes que, sin embargo, resultaban fundamentales para, a través de ellos, contar algo mucho más hondo. Esta polémica del 23-F en apariencia naif - "que más da que se emitiera en directo o diferido"- es un Mcguffin impresionante. La ambigüedad, la rareza, la confusión y los cabos sueltos que encierra este asunto "intrascendente" es un espejo perfecto de la ambigüedad, la rareza, la confusión y los cabos sueltos que encierra el mismo 23-F y, en general, la Transición. Son, sin duda, un caso no cerrado.

Se puede incluso ir más allá: ¿de verdad es verdad todo lo que creemos que es verdad? La vida es esencialmente ambigua y, tal vez por eso, ansiamos detectar certezas. Las certezas nos relajan, nos hacen sentir seguros y nos provocan la ilusión de que la vida y el mundo pueden ser algo ordenado. Pero, como sostenía Buñuel, el misterio, la ambigüedad y los sucesos sin explicación encierran una fuerza y una poesía irresistibles. Por eso, a Buñuel, genial artista de la ambigüedad, le fascinaban cosas como el milagro de Calanda o, cómo no, la existencia de Dios.

Pero cuando nos enfrentamos a un suceso como este, nos resistimos como gato panza arriba a encontrar alguna gracia en la ambigüedad. Nos da una rabia enorme: ¿Pero cómo es posible que no podamos demostrar de forma incontestable si en la tarde del 23-F pudo haber españoles que siguieran en directo por la tele el intento de hundir la democracia española?

Cuando a Rafael Azcona le preguntaban si estaba totalmente seguro de algo en esta vida, el guionista evocaba al dueño de los hoteles Hilton cuando afirmaba que solo estaba totalmente seguro de una cosa: en el cuarto de aseo, mientras te duchas o te bañas, es mucho mejor que la cortinilla se coloque por dentro de la bañera que por fuera. Una de las frases que más veces le he escuchado a mi madre, desde mi infancia, es esta: "Nunca se sabe". Tal vez por eso yo suelo dudar hasta de mis propias dudas.

No sé si algún día se va a superar para siempre la controversia del 23-F. Si se consigue, dudo también de que me alegrara. Nos sentiríamos muy aliviados pero esta historia habría perdido, quizá, todo su encanto.

Este artículo ha sido publicado originalmente en el diario 'El Heraldo de Aragón'.

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