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¿Y la mujer de nuestra vida?

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Sábado, uno de septiembre. Juan Echanove acude a la emisora de Radio Zaragoza para ser entrevistado por Miguel Mena en el programa en el que tengo el placer de colaborar. Juan es el invitado de honor de la Fiesta de la Vendimia de Cariñena. Miguel recuerda que, hace 20 años, interpreté al lado de Juan un papelín en un episodio de la serie La mujer de tu vida protagonizado por Paco Rabal y María Barranco. Eso nos provoca para hablar de Paco y de la mujer de nuestra vida.

Paco Rabal es uno de mis temas de conversación favoritos con Juan. Con él nunca se sabía lo que podía pasar. Más de una vez nos arrastró por los garitos de Madrid y le dimos la vuelta al reloj. Paco recordaba el nombre de cada uno de los camareros de los bares en los que entrábamos, que fueron muchos. En una de esas veladas sin fin Juan acabó con Paco en un hotel donde se celebraba una comunión. Con total naturalidad, se integraron en el festejo y acabaron de juerga con los de la comunión. Hoy, en el programa de Miguel, Juan rinde tributo a Paco e imita su inolvidable modo de hablar. Juan ha crecido admirando a sus mayores -Rabal, Fernán Gómez, Galiardo, Juan Diego- y él ya hace tiempo que está entre los más grandes.

Otro asunto estrella es ese de la mujer de nuestra vida. Juan se reconoce enamoradizo desde crío. Se recuerda enamorado de algunas profesoras y de María Luisa San José, una de las actrices fetiche de "la tercera vía". Juan siempre ha sentido debilidad por las mujeres maduras. Y afirma: "Quien diga que una mujer a partir de los 40 se vuelve invisible es un imbécil".

Juan me dijo una noche que él, desde niño, sabe dos cosas: que algún día la armaría y que acabaría sus días enamorado. Armar, ya la ha armado. Pero lo otro es lo otro, que diría Chandler. Juan admite que aún no se ha tropezado con eso tan resbaladizo que se conoce como "la mujer de tu vida". Juan padece esa zozobra eterna y universal: dónde diablos está ese ser que coloniza tus sentimientos de tal manera que el resto de los seres te da un poco igual. O, mejor dicho, quién ese ser irresistible por el que apenas te cuesta fingir que el resto no existe. Juan se autoinculpa con cierta facilidad: no soy lo suficientemente constante, no soy fiel, siempre tengo a varias en la cabeza, dice. Juan pertenece al club de fans de esa canción de Joaquín Sabina que comienza así: "De sobras sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera; y, sin embargo, un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera". Con esas palabras dentro de la cabeza, algunas cosas se suelen complicar un poco. Paco Rabal, por cierto, se tomó al pie de la letra la canción de Sabina pero eso no le impidió mantener una conmovedora historia de amor con la mujer de su vida hasta el final de sus días. Pero aquello fue un milagro.

En este viaje he visto a Juan un tanto resignado alrededor de la mujer de su vida: "A estas alturas, no creo que aparezca", deja caer. Hubo un tiempo en que lo sentía, nos sentíamos, más esperanzados. Hubo un tiempo en que cada mañana nos despertábamos con la ilusión de que ese día era el señalado para que apareciera esa mujer o para que aquella mujer que creíamos que podía ser, lo fuera. Hubo un tiempo en que nos devoraba la ansiedad y creíamos ver a la mujer de nuestra vida en cada esquina. Sufríamos espejismos todo el rato y algunas pasaban demasiado deprisa por nuestro lado. Como un día me dijo Juan, no teníamos tiempo ni de tomarles la matrícula.

Qué raros somos, también en esto. Es mejor que nos andemos sin rodeos: no somos carne de pareja. La mayoría de la gente que conocemos ha encontrado en algún momento a la mujer o el hombre de su vida. Antes se utilizaba una expresión que ahora apenas se emplea: tu media naranja. Algunos la han mantenido, otros la han dejado escapar y otros la han perdido. Pero alguna vez la encontraron. Incluso, unos pocos privilegiados la han encontrado varias veces. Nosotros, tan obsesionados por buscarla, nos hemos especializado en no encontrarla. Como nos encanta darle vueltas al asunto, llegamos a insinuar que, en el fondo, nos asusta encontrarla, que no queremos que aparezca y que, aunque apareciera, igual no nos soportábamos. Demasiadas excusas, demasiada torpeza, demasiada cobardía. Nos decimos que quizá es que la mujer de nuestra vida vino cuando nosotros no estábamos o que nosotros llegamos cuando ella ya se había ido o es que tal vez nos cruzamos en el camino y nunca nos vimos.

También sucede que, a estas alturas, se nos ha apoderado la pereza. Nos cuesta un mundo ilusionarnos y tomar la iniciativa. En la memoria se nos han acumulado demasiados esfuerzos baldíos. Los chascos nos han vuelto escépticos. Y lo más importante: hemos reparado en que para ser feliz, que es de lo que se trata, no es necesario encontrar a la mujer de tu vida. Además hemos advertido, cómo no, que el no encontrar a esa mujer facilita descubrir a todas las demás. Y otra cosa: algunas de aquellas por las que un día suspiramos, son ahora nuestras grandes amigas. Al menos nos cabe presumir de eso.

A ratos tengo la sospecha de que hemos sido -somos- unos peterpanes sentimentales enamorados cándidamente de la idea del amor y sin ningún sentido de la realidad. Salíamos de las películas convencidos de que aquellas chicas que nos volvían locos existían de verdad y perseguíamos su sombra. Yo, a los ocho años, después de verla en Encadenados, le escribí a Ingrid Bergman una carta proponiéndole que se casara conmigo. Luego me he pasado la vida soñando con que apareciera alguien como ella, como Ingrid. Naturalmente, aún no ha aparecido. Pero cuánto nos gusta pensar que alguna noche aparecerá y acabaremos nuestros días enamorados.

Este artículo ha sido publicado también en el diario El Heraldo de Aragón.