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Los 'millennials' españoles estamos jodidos

15/03/2017 14:29 CET | Actualizado 21/03/2017 07:29 CET
REUTERS

Nací en 1988, por tanto soy millennial, milénico, perteneciente a la Generación Y. Así lo dice la Wikipedia y así lo dicen centenares de artículos donde se habla de esta mi generación. Los millennials somos aquellos que nacimos aproximadamente entre el año 80 y el 95, aunque algunos amplíen el rango hasta bien entrados los dos mil, lo cual es controvertido cuanto menos si se tiene en cuenta que el nombre hace referencia a aquellos jóvenes que pasamos a ser adultos alrededor del cambio de siglo (en mi caso, en el 2006). Los millennials somos, resumiendo, la última generación analógica, una generación que aún concibe el mundo de manera semejante a como lo hacen las anteriores (un mundo lento de publicaciones en papel y gestiones cara a cara en un mostrador), pero que tiene un pie firmemente asentado en el mundo que se nos ha echado encima sin aviso en los últimos años (un mundo superficial e impersonal donde la información pulula en forma de tweets, gifs, memes y doodles).

Aunque a muchas personas de cierta edad les haya cogido con el paso cambiado (véanse políticos o literatos de cierta edad), lo cierto es que hemos sido nosotros, los milénicos, los que hemos salido peor parados con el cambio de paradigma: el paso del mundo analógico al digital, del papel a la tablet. Puede parecer extraño, pero es así. Me explico. Alguien que hoy ronde los cuarenta o cincuenta años habrá tenido que sobreponerse a muchos obstáculos para comprender cómo ha evolucionado la sociedad en apenas década y media, pero posiblemente ese alguien haya contado con el auxilio de un trabajo fijo, quizás una casa, o puede que hasta un esposo o esposa y unos hijos, lo que se dice un hogar al que volver cada día después del duro bregar. Pero alguien que hoy ronde los veinte o los treinta (un milénico empedernido como yo), habrá tenido que sobreponerse a esos mismos obstáculos sin ningún asidero vital; habrá tenido que aprender a manejarse en un mundo nuevo, desconocido, a la vez que trataba de buscar su lugar, asentarse, echar raíces.

Un contable con cuarenta años de antigüedad, pongamos por caso, puede que se haya visto obligado a familiarizarse con modernos programas informáticos o aplicaciones para realizar el mismo trabajo que realizaba antiguamente con un cuaderno de cuentas y una calculadora, pero mientras se formaba para manejarse con esos programas y aplicaciones, su sueldo seguía llegando cada mes a su cuenta corriente, su hipoteca se iba saldando, y sus hijos iban superando etapas escolares. Es decir, estaba firmemente integrado en la sociedad cuando lo alcanzó ese nuevo mundo, ya tenía unas raíces que lo sujetaran, y pudo seguir adelante solo con realizar algunas modificaciones en su vida. Pero a nosotros, los milénicos, el nuevo mundo se nos ha llevado por delante antes de tener dónde aferrarnos, antes de que nuestras raíces crecieran lo suficiente. Nos hemos encontrado de repente, al cumplir los veintidós, los veinticinco, o los veintiocho, en un mundo donde muy poco de lo que habíamos aprendido en el colegio o la universidad, de lo que nos habían enseñado nuestros mayores, nos sirve para salir adelante.

Hemos perdido el mundo en el que nos criamos y que creímos que iba a pertenecernos. Nos lo han arrebatado.

Un mundo no ya hostil (que eso siempre lo ha sido), sino directamente homicida. Homicida de sueños y aspiraciones tan legítimas como tener un puesto de trabajo fijo, poseer una casa propia, o formar una familia más o menos bien avenida. Porque en el caso concreto de España, la propagación del mundo digital ha venido de la mano de una crisis económica todavía sin visos de mejora. O peor aún: con visos de mejora, pero en el sentido de que solo supondrá una mejora para el bolsillo de unos cuantos, debido a la precarización brutal del empleo que nos afecta especialmente a nosotros, los jóvenes, quienes por el camino a la madurez hemos ido perdiendo, casi sin darnos cuenta, todos y cada uno de nuestros referentes.

Hemos perdido la referencia de nuestros padres, que asisten impotentes a nuestra búsqueda de estabilidad laboral y familiar sin saber cómo ayudarnos; la referencia de los líderes políticos con los que crecimos, implicados casi todos en casos de corrupción o, lo que es más grave, en consejos de administración de grandes empresas; la referencia de las cabeceras de periódicos con que nos formamos, cada día más denostadas; o la referencia de los grandes autores y eruditos, aún más denostados si cabe en su mayoría que los mismos medios tradicionales en que publican.

Hemos perdido, en definitiva, el mundo en el que nos criamos y que creímos que iba a pertenecernos. Nos lo han arrebatado. Y para colmo de males, así como quien no quiere la cosa, se nos ha echado encima una crisis sin precedentes del sistema neoliberal, del multiculturalismo y de la globalización. Una profunda crisis de valores a nivel mundial y europeo cuyos resultados están a la vista: Trump, Brexit, o auge de partidos filofascistas, en Europa. O sea, que se acabó lo que se daba. Occidente ya no es el reducto de felicidad que fuera hasta hace poco tiempo. El fantasma del fascismo recorre Europa y el mundo entero, haciéndose más fuerte, más corpóreo, con cada oleada de migrantes o cada acción terrorista, gasolina en las manos de líderes pirómanos a uno y otro lado del Atlántico.

Ante este panorama adverso, disparatado, ante esta realidad líquida inmisericorde, cambiante e indignante, algunos miembros de mi generación se resignan, otros emigran, la mayoría nos cabreamos sin saber hacia dónde dirigir nuestra ira, y unos pocos continúan sin percatarse de la situación tan delicada en que se encuentran (aunque estos últimos son los que se informan a través de los post compartidos en Facebook y echan el tiempo libre en ver reality shows). Pero sea cual sea la postura que adoptemos los milénicos españoles poco importa. Lo único cierto es que estamos bien jodidos. Mucho más de lo que lo estuvo ninguna generación de las que nos precedieron, exceptuando la generación de la posguerra (la de «los hijos de la ira»). Pero incluso ellos podían mirar al futuro con esperanza. A nosotros es precisamente eso lo que nos falta. Esperanza. Es lo que nos han robado entre todos. Desde aquí, en nombre de mis compañeros, os doy las gracias.

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