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El valor de Tío Jess

03/04/2013 08:22 CEST | Actualizado 02/06/2013 11:12 CEST

En la última edición de los Goya, entre los seleccionados para la categoría de cortometraje documental, había uno que se titulaba Tío Jess. Es un homenaje sobrio y admirado de dos directores jóvenes, Hugo Stuven y Víctor Matellano, a Jesús Franco, un director hiperprolífico que ha conseguido labrarse una leyenda y crear una obra respetada a base de... ¿de qué?

En el corto, en silla de ruedas, fumando sin parar mientras dirige dos películas a la vez y bandea las dificultades que le plantea el reparto, repite una y otra vez que a él su cine la parece una mierda. Una opinión que seguramente compartirá cualquier espectador que mantenga una mínima objetividad no enturbiada por esa admiración esnob que ha conseguido ganarse como autor de culto... diabólico.

No soy uno de esos friquifans que se ha visto todo el cine de Jess Franco, ni de esos intelectualoides modernillos que comentan los valores underground de su cine. Y no puedo evitar preguntarme cuál es el valor que se le atribuye. Podría ser su capacidad de supervivencia, su resistencia, o su eficacia para "optimizar recursos", sacándole todo el jugo a localizaciones, equipo y actores.

Al cabo de un rato de reflexión, dos tés y una manzana (sigo a dieta), concluyo que su valor es su valor. Su valor (de validez) es su valor (de valentía).

Es frecuente que ante un proyecto de cierta envergadura, y una película lo es, uno se paralice, asustado por la responsabilidad y se aferre a tablas de salvación que puedan ayudar a mantener la seguridad del proyecto. Franco era todo lo contrario. Siguiendo la tradición de otro maestro del cine cutre, Ed Wood, obedecía a una máxima: tengo cuatro duros y ganas de hacer una peli... A por ella. Y se lanzaba sin detenerse a darle más vueltas.

Hizo un cine muy malo, pero lo pasó en grande y le dedicó toda su vida a su gran pasión. Ojalá todos pudiéramos hacer lo mismo.

Ese ha sido su legado para las siguientes generaciones, la osadía para hacer lo que más deseaba hacer sin dejar que naderías insignificantes como la falta de dinero, de un buen guion o la conciencia de la falta de talento, le detuviera. Esa osadía que han recogido sus continuadores con un aire de ironía posmoderna en títulos tan fascinantes como Kárate a muerte en Torremolinos o La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos, pero que en él era pura desfachatez. Y no es poca cosa.

La vida de Franco

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