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¿En qué demonios piensa la gente?

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Foto: EFE

"La gente es idiota", solía decir mi madre. Y aunque perteneció a esa generación de españoles a los que la vida había dado razones más que fundadas para el pesimismo antropológico, sus denuestos no se dirigían a la totalidad del género humano (era un ser maravilloso), sino a esas manifestaciones de estupidez colectiva que se producen cuando un grupo de personas se convierten en gente, y actúan como tal. Últimamente, ante las noticias me veo repitiendo la amarga sentencia de mi madre, como si de un mantra se tratara. Por ejemplo, viendo a Trump.

Y no es que piense que Trump es idiota; sin duda es muchas cosas, algunas mucho peores, pero ninguno de los pelos de su absurda cabellera es de idiota. Sin embargo, no puedo por menos que pensar que esos millones de conciudadanos norteamericanos que lo van a votar entran en la categoría de lo que mi madre llamaba "gente". Yo también espero que el desastre no se produzca, y que el próximo mes los votantes manden a Trump de vuelta a sus negocios turbios, a sus reality y a sus amantes clónicas. Pero, ocurra lo que ocurra, la tragedia ya se ha producido, porque trágico es que un sujeto de esta catadura moral e intelectual tenga alguna posibilidad de ser el presidente de la nación más poderosa de la Tierra.

A gente, en concreto a gente húngara, le debe Viktor Orbán su elección como primer ministro. Porque este primo político y ferviente admirador de Trump llegó al poder gracias a que la mayoría de los ciudadanos de su país compraron su despreciable discurso xenófobo. Fueron lo que mi madre llamaba "gente", como los votantes de la señora Le Pen o del señor Farage. Y, seguramente, como los que apoyan a Theresa May, la nueva primera ministra británica, un caso digno de atención. Porque si Orbán recurre al manido repertorio del populista tabernario, y Trump se esfuerza en imitar a Krusty (el payaso preferido de Bart Simpson, que se hizo multimillonario dando su nombre a productos tóxicos), la señora May dice barbaridades xenófobas sin despeinarse y con un elegante acento oxoniense. Una especie de Angela Lansbury que, sirviendo una nube de leche en el té de su esposo, le dijera suavemente, "Querido, tal vez deberíamos deportar al jardinero español".

Las plagas de langosta están formadas por millones de insectos que poco antes eran saltamontes. Por diversas razones ambientales, los solitarios e inofensivos saltamontes sufren trasformaciones fisiológicas, cambian de color y pasan a ser langostas gregarias que arrasan con todo. Algo de eso está pasando en el mundo, aunque en la especie humana existe la figura del líder conductor: unas veces con aspecto de escarabajo pelotero, otras de delicada mariposa. Conviene estar atentos, no vaya a ser que algún día nos encontremos repitiendo consignas sin digerir, demostrando que, en efecto, la gente es idiota, o que, como sostiene Rafael Sánchez Ferlosio, el nosotros es muchísimo peor persona que el yo.